EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

El juez Moro en México

Humberto Musacchio

Abril 19, 2018

Hay que insistir en que Brasil no queda tan lejos. Con nuestro país metido de lleno en un sucio proceso electoral del que no hemos visto lo peor, la presencia de Sergio Moro en México sólo puede augurar alguna canallada seudojurídica, antes o después de los comicios, pues se trata, ni más ni menos, que del siniestro personaje que ordenó encarcelar a Luiz Inacio Lula da Silva con acusaciones baladíes e imprecisas.
Moro estuvo en México a fines de febrero de este año traído por la agrupación de ultraderecha Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad. Fue llevado a la Cámara de Senadores para impartir una conferencia dizque magistral. Asistieron el ex panista Ernesto Cordero, Pilar Ortega del PAN, Enrique Burgos del PRI, el independiente Manuel Cárdenas y unos pocos más.
Se esperaba una cátedra sobre la técnica del golpe de Estado “jurídico”, pero ante la exigua concurrencia, el conferenciante, presentado como paladín de la justicia, optó por agradar a sus anfitriones abordando el caso Odebrecht y hasta prometió –el prometer no empobrece– evidencias que involucran a funcionarios mexicanos en casos de soborno por parte de empresas brasileñas.
Más precisamente, dijo que las autoridades de su país llegaron a acuerdos con las empresas brasileñas involucradas en las “coimas o propinas” que se pagaron a funcionarios gubernamentales de ocho países, incluido México. Sobre las evidencias de que supuestamente dispone, dijo esperar que sean empleadas contra los funcionarios comprometidos en esos tratos, aunque no dio nombres ni datos concretos, pues no podía hablar de la soga en casa del ahorcado.
Más tarde, Moro acudió a El Colegio Nacional, donde lo recibió, ni más menos, que un miembro distinguido de ese cuerpo y actual ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, José Ramón Cosío, quien presidió un acto solemne en el que las palabras de la analista Amparo Casar dibujan el alto aprecio que les merece el invitado a sus anfitriones: “Gracias por estar aquí, juez Moro, usted es conocido por haber juzgado a personas de la élite gubernamental de su país y lo admiramos. Si usted estuviera contratado en México ¿qué claves podría decirnos para tomar en cuenta y combatir a la impunidad?”
El público, sin ocultar su indignación por el trato de prócer que le ofrecieron a Moro tanto en el Senado como en El Colegio Nacional, le lanzaba gritos de “golpista” e “inmoral” mientras desplegaba pancartas que lo acusaban de encabezar la persecución política contra Lula. Como también le hacían preguntas que el juez no respondía, su colega, el ministro Cosío, para calmar los ánimos pidió que se hicieran las preguntas por escrito y dijo que éstas serían respondidas al término de la perorata del brasileño.
Sin embargo, mañosamente, el paladín de la ley y el orden eludió las preguntas comprometedoras, respondió algunas a medias y de plano se salió por la tangente cada vez que se le exigían respuestas precisas. A la pregunta de “¿Por qué condenó a Lula por actos de oficio ‘indeterminados’, y qué quiere decir eso?”, leyó solamente: “¿Por qué condené a Lula por actos de oficio…?” y evitó la palabra “indeterminados”, que era crucial.
La seudorrespuesta fue: “Tienen que leer la sentencia y saber que la corte de apelaciones confirmó la condena, pero eso es todo lo que voy a decir sobre eso”. Como los presentes insistieran en exigirle precisión, contestó: “No me gusta hablar a niveles personales, así, de casos individuales. Lo he evitado, no he dicho el nombre de nadie aquí (…) y preferiría no tratar casos individuales, porque existe una serie de limitaciones en cuanto a los jueces, así que si hay preguntas, nuevamente, de porqué condené a X o no, pido disculpas, pero no las voy a responder.”
Pese a la reticencia del togado, la andanada del público continuó. A la pregunta de por qué había ignorado 73 testimonios que mostraban la inocencia de Lula, leyó sólo una parte y repitió: “Aquí también son consideraciones sobre los casos concretos. Hay que ver la sentencia, leer la sentencia…”
Cuando se reclamó desde el público que no se estaban leyendo las preguntas completas ni se estaban respondiendo, José Ramón Cosío dijo: “Es una decisión de él, ¿qué quieren que hagamos aquí, lo conminamos…? Como moderador tendría la obligación de callarlos a ustedes y los he dejado hablar. Esa es mi obligación como moderador”. Sí, su obligación era proteger al que torció la ley para oponerse a la voluntad popular.