EL-SUR

Miércoles 28 de Septiembre de 2022

Guerrero, México

Opinión

El legado del obispo

Héctor Manuel Popoca Boone

Mayo 15, 2021

Para Abelina López Rodríguez, por sus convicciones, valentía y firmeza demostrada.

Le solicité una entrevista al obispo Salvador Rangel con motivo del término de su responsabilidad encomendada en la Diócesis de Chilapa-Chilpancingo, en el estado de Guerrero. Me la concedió y platicamos extensamente de su quehacer pastoral –de seis años– realizado en determinados municipios, ciudades y comunidades rurales, ubicadas en las regiones Centro, Sierra y Montaña baja de Guerrero.
Tuve coincidencia inmediata con él, cuando me aseveró que la pandemia vino a trastocar la vida de los guerrerenses, principalmente en la salud, educación, economía y en la pérdida de estabilidad y certidumbre familiar. Recomienda, a manera de legado, no disminuir el grado de cumplimiento y observancia de las medidas sanitarias establecidas y no cejar en la aplicación masiva de las vacunas contra el Covid-19, para contrarrestar sus mortales síntomas; ya que no estamos exentos de rebrotes o nuevas oleadas del virus o mutaciones del mismo; como está aconteciendo en la actualidad en varios países de Europa o en la India, por ejemplo.
Continuó diciéndome el obispo Salvador Rangel: “Sin duda, la pandemia trastocó la economía estatal. Sobre todo, la de los más pobres. Siempre tengo presente en mi mente, un principio que dice que el hambre es la madre de todas las guerras”. Reflexionó que, si la pobreza se extiende y se profundiza más, cundirá también el hambre y sobrevendrá, por consecuencia, una mayor delincuencia acompañada de violencia. Que son actos de última instancia de la gente pobre para saciar el hambre familiar, al no encontrar empleos u oportunidades reales lícitas para hacerlo. “A Guerrero, lamentablemente, le esperan todavía tiempos difíciles y complicados en el corto plazo”.
Advierte Monseñor Rangel que, si los gobiernos venideros no se esfuerzan para que existan opciones reales de progreso humano y comunitario, los jóvenes verán como tabla de salvación, la migración masiva hacia el país del norte; o el dinero fácil que ofrece la delincuencia de todo tipo. Ambas opciones –subrayó–, ya empiezan a ser una realidad palpable en la Sierra y en algunas comunidades indígenas de la Montaña.
“Incluso –reiteró– éste fenómeno viene desde tiempo atrás de la pandemia, cuando se derrumba la economía de aquellas zonas, por el fuerte desplome del precio de la goma de amapola; actividad agrícola de por si ilícita, pero que daba de comer a las familias rurales.
Ya que toca el tema de los estupefacientes en su diócesis –interrumpí al señor obispo–, permítame decirle que, en mi apreciación personal, usted ha sido de los pocos sacerdotes de alta jerarquía, que han intervenido activamente, con palabra y obra, en paliar esa situación de inseguridad pública.
“Pues los resultados están a la vista”, me respondió Monseñor. “El logro de la pacificación de la diócesis; la real, pero frágil aún, recuperación de la paz, de la tranquilidad, movilidad y estabilidad social perdida, es lo más satisfactorio que me ha dado mi misión pastoral en estas tierras; salvo algunas perversas eventualidades recientes, como fue sacar a niños armados a la calle, donde lo más grave y obsceno fue la mano negra gubernamental”.
Me lo suponía, le contesté. Somos uno de los estados de la república donde la narcopolítica y el narco gobierno regional están muy acentuados y, en estos tiempos electorales, las narco-campañas electorales se dejan notar, ya sea con su plata o con su plomo. Ese es el legado de gobernabilidad que nos está dejando el gobierno saliente, exclamé.
Retomando la palabra monseñor Salvador Rangel, me afirmó: “Cuando llegué a la diócesis, la región estaba teñida completamente por la violencia, el temor y la incertidumbre de la población en general, tanto en las ciudades, como en el campo. Tan aguda estaba la situación que, en una reunión de obispos del estado, llegamos al acuerdo de tener mayor protagonismo y coadyuvancia en la búsqueda de soluciones posibles y su puesta en práctica para conquistar la paz perdida.
Dimos inicio entonces, a una mayor predisposición de escuchar, con mayor atención, a las víctimas, pero también a los victimarios; puesto que seres humanos también lo son. Usé el diálogo, como un instrumento de oro, para desbrozar un sendero a la paz y recuperar la movilidad social perdida.
El ser facilitador del dialogo entre partes que son antagónicas por naturaleza, es tarea harto difícil, de mucha paciencia y, a veces, medio frustrante; por la inercia, los intereses ocultos y la hipocresía imperante, le dije al obispo. Con rostro compungido, me pidió que recordara el poema de Rubén Darío: “Los motivos del lobo” Inmediatamente se me vino a la mente, la frase latina: homo homini lupus. (El hombre es el lobo del hombre).
Dio fin a nuestra entrevista, por compromisos de agenda, diciéndome lo siguiente: “Algunos de los principales victimarios, me han expresado que ellos también están cansados de llevar el tipo de vida a que fueron forzados por circunstancias reinantes en el pasado. ¡Ellos también quieren participar en la reconstrucción de Guerrero!”.
PD. El voto nulo expresado en la boleta electoral para gobernador, será indicador de repudio a la partidocracia mediocre imperante. Créanme, somos mucho más que dos, los que votaremos de esa manera.

Por el [email protected]