EL-SUR

Viernes 19 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

El mercadito Vol. I

Alan Valdez

Noviembre 29, 2025

Hoy les ofrecemos una nueva sección de frutas y verduras, carnes y semillas, pescado y abarrotes. Pásele, pásele, hay queso, chilate también:

* El equilibrista

Una madre y su hijo esperan en la parada de camión. El camión no ha tardado más de lo usual, pero el niño, inquieto por el calor, no deja de husmear entre las bolsas de plástico. La madre lo instruye en la paciencia, pero ya en el tercer regaño, la señora también inquieta decide buscar una solución. La madre no quiere ceder tan fácil ante el niño, pero cansada y con las bolsas del súper haciéndole montón, la única salida que encuentra es darle una moneda al niño.
Detrás de la parada de camiones hay una farmacia. La bocina repite en una voz intercalada con canciones de moda, ofertas en pomada para los pies, vitamina C, pañales y lubricante. El niño le pregunta a su madre qué hacer con la moneda mientras imita el baile de la botarga que ondea un letrero hecho con una cartulina fosforescente.
La botarga sostiene un micrófono y de vez en cuando, logra aprovechar la letra de las canciones para remarcar el pregón de la oferta en sus productos. El niño detiene la coreografía. La moneda se le ha caído. Llega un camión, la madre se aleja del niño para leer con más claridad los nombres escritos en el parabrisas del urbano. Baja gente por la puerta de atrás. Las otras personas que esperaban ese camión se empujan al querer entrar con las personas que también descienden por la puerta de adelante.
La moneda, por su parte, sigue, manteniendo bastante bien el equilibrio, sin perder ante ninguno de sus dos costados. La madre hace un gesto de desánimo y se incorpora de nuevo a la acera donde tiene acomodadas las bolsas del mandado. Cuenta las bolsas, pero rápido su vista se dirige a un punto muy específico del suelo, donde su hijo está casi acostado, con la mano estirada, tratando de alcanzar los diez pesos que han quedado detenidos cerca del zapato de un señor que lee el periódico.
La señora toma todas las bolsas. Ambas manos se estrangulan con los lazos de plástico que a cada lado presumen el logo azul de la tienda. Camina y grita el nombre de su hijo, pero la música y las ofertas hacen que su voz se pierda entre el sonido de una cortina de metal abriéndose y el sonido de un claxon.
Por fin alcanza a su hijo. Pone el mandado en el suelo y jala de la oreja al niño. Mientras lo regaña, la señora se inclina a su altura, suelta un quejido al agacharse y continúa hablando sin pausa:
—A ver, chamaco, qué te dije, ya estás todo sucio del pantalón, mírate nomás, pero te vuelvo a comprar algo, orita en la casa vas a ver. Es que no es posible que traigas así toda la ropa, pero te vuelvo a comprar un pantalón otra vez, pero cómo es posible, mírate las manos, todas cochinas, y luego te las metes a la boca, pareces…

El hombre que lee el periódico se retira, la moneda queda completamente expuesta. La madre lo regaña mientras le sacude el pantalón con las manos marcadas por las asas. Llega otro camión. La señora detiene la reprimenda. Se apura a tomar las bolsas. Empuja al niño que no consigue agarrar la moneda. Ambos corren hasta la orilla de la acera que se va llenando de transeúntes que quieren subir al camión. De nuevo la madre se cerciora de leer con atención los nombres de las paradas en el cristal del urbano. Exhala al terminar de leer. El camión se aleja y ella y el niño vuelven a hacer un círculo de bolsas un poco más adentro de la acera.
Al lado de ellos hay otra madre con un niño un poco más grande que no deja de hablar en voz bastante alta. Anda mamá, anda. Anda Mariana, águila o sol, águila o sol, Mariana. Y la madre solo le contesta al niño que trae uniforme de fútbol que no debería andar agarrando cosas sucias del suelo.
El niño jala el pantalón de su madre y le dice que ese otro niño de allá enfrente ha encontrado la moneda que le dio hace rato. La señora lo escucha, por un instante siente la necesidad de ir a decirle a la otra señora y al otro niño, pero termina por reprimir a su hijo diciéndole que ha perdido el dinero, y que eso le pasa por no hacerle caso.
El niño voltea a ver al otro niño. La madre voltea a ver a la otra madre. Por el tráfico o quizá por el calor las señoras tardan en darse cuenta de que ambas se conocen porque sus hijos van en la misma escuela.
La señora sin bolsas se acerca a la madre con bolsas.
—Hola, Lupita, ¿cómo ha estado?, ¿ya viene del súper?
—Sí, Mariana, ya venimos, usté cree —contesta Guadalupe, acomodándose la falda arreglándose el cabello—. Y mire, Robertito tan grande ya, cómo le va en la escuela, ¿ya pasa a quinto o a sexto?
Mariana se quita los lentes de sol que usaba como diadema y se los pone de nuevo en los ojos.
—Muy bien, nos salió deportista, fíjate. Ya lo metimos a las clases de futbol allá en la deportiva. Mi marido dice que es bueno que los muchachos tengan algo que hacer por las tardes, si no, andan en la calle haciendo quién sabe qué, aunque mi Robert puro estudio.
Ahora Mariana busca algo en su bolsa mientras le toca el cabello al niño que carga el pantalón todo sucio.
—Y Manuelito, cómo le va a él en sus clases. Pero, amiguita, ¿se te cayó el niño?, ¿qué le pasó? Mira, te presto una toallita, anda.
—Ándale, sí, Mariana. A ver, Manu, ven para acá. ¿Y ustedes también van para la colonia? ¿Están esperando el camión?
—No, Lupita, como ya se compró coche mi esposo, le dije que nos pasara a recoger después de que le cortaran el cabello a Robertito. Ya ve que los muchachos siempre se quieren parecer a esos futbolistas de la tele, y mi Robert, pues como su papá, muy guapos los dos.
Lupita mete la toallita usada en una de las bolsas de plástico. Manuel ve cómo Roberto avienta la moneda al aire y la atrapa con la palma.
—¿Y tú, Lupita? Me han contado… pero esas cosas pasan, amiga, uno siempre se arregla, no te apures manita. De todas formas, salúdame al Jorgito. Yo y Robert nunca hemos tenido problemas, su madre, eso sí, ya es otra cosa… Pero como te decía, amiguita, Robert y yo jamás hemos tenido problemas así, él tan trabajador, tan bueno. Es que hay que saber escoger, ¿verdad? Y mira nada más, uno aquí hablando del diablo. Te ofreceríamos raite, amiga, pero no vamos para allá.
Manuel le dice a Roberto, águila. La moneda no alcanza a caer en sus palmas. La señora de los lentes de sol apura a su hijo futbolista a que se suban a un coche que ha detenido el tráfico. Manu no deja de ver la moneda rodando en equilibrio hacia la calle. Guadalupe agarra las bolsas y se acerca rápido a la orilla de la acera a ver si este camión es el camión. El urbano suena el claxon. Guadalupe se estrangula más los dedos. Los transeúntes suben y bajan del camión. Manu se lanza por la moneda. El urbano suena aún más fuerte el claxon y gente formada afuera del vehículo grita para que los pasajeros que van descendiendo se apuren. El camión suena una vez más el claxon.
Guadalupe ve al niño aún más sucio que hace rato, pero ya no dice nada. El niño sube primero y le ayuda a su madre con dos bolsas. La madre, sostenida del pasamanos, abre su monedero mientras le reclama al chofer.
—¿Desde cuándo el pasaje subió de precio?
El niño juega con la moneda mientras mira por la ventana. El chofer solo le responde:
—Ya se la sabe, jefa, ni que el camión fuera mío.
Al decir esto, el chofer pisa el embrague. La caja del camión truena al meter la velocidad, y enseguida el reparo sacude a todos los pasajeros.
Manu avienta la moneda y la atrapa. Guadalupe cuenta el cambio con una mano mientras sigue agarrándose con fuerza del tubo. Al terminar de contar, hace una mueca muy larga y grita el nombre de su hijo mientras trata de guardar el equilibrio.

* Mango

Es medio día, después del desfile celebrado en la avenida principal del pueblo, Martín regresa con su abuela y su mamá a la casa. Ambas señoras le celebran lo guapo que se ve vestido de revolucionario. Mientras cocina el almuerzo, fríen frijoles y voltean unos hígados, hacen un recuento del desfile.
Martín se sienta en el sillón de la sala a ver televisión. Pone las caricaturas, pero tiene que subirle el volumen porque el sonido de la musiquita de la serie navideña que rodea el cuadro de la Virgen no lo deja escuchar lo que dicen los animales cuando se persiguen.
Ante el volumen tan alto, regañan al revolucionario y lo mandan a que se salga a jugar en lo que está el almuerzo.
Martín les truena la boca, pero ellas solo siguen celebrando su vestuario en lo que el niño sale por la puerta que da a la calle.
—Míralo, con ese bigotito… hasta se parece a su tata —dice la abuela, y luego se sopla los dedos después de voltear una tortilla.
En la calle hay otros niños que también desfilaron. Algunos traen sombrero de palma y paliacate rojo. Otros usan cartucheras cruzadas. Hay quienes van vestidos con camisa blanca y pistolas de plástico. Martín les pregunta si quieren jugar a las escondidas. Los niños, mitad armados mitad civiles, eligen al más chaparro para que empiece a contar. Le tapan los ojos con un paliacate. Le dan tres vueltas y lo ponen contra la pared para evitar que haga trampa.
Martín se trata de subir a un árbol donde un soldado y una campesina ya han acaparado las mejores ramas. Les pregunta si hay espacio para él, pero ambos lo callan y lo mandan a otro lado.
Martín sigue husmeando en otros huecos y hendiduras que hay entre las casas y los autos, pero todas están ya ocupadas, así que decide una maniobra final. Su idea es subirse al poste de luz para de ahí alcanzar una de las ramas más altas del mayor árbol de mango.
Mueve un pie y luego la mano con mucho cuidado, pero es tal la altura que, nervioso, decide aventar el sobrero.
Sudado, logra llegar a la última varilla del poste, y de ahí se trepa a una rama. Escondido, ve cómo los niños uno a uno caen bajo la mano dura del pequeño centinela con pistola de plástico, que resultó para bien o para mal, buen policía.
Martín nunca había tenido una visión tan amplia de la calle. La vista es tan extensa que hasta puede ver adentro de las casas de los otros vecinos. En una, un señor clava las patas de una silla, en otra una vecina está sacudiendo ropa recién lavada, y en aquella, una señora echa agua con jabón sobre la azotea y comienza a barrerla.
Escucha las risas de todos los niños. Al parecer solo falta él y una adelita. Ante su acrobacia, se mofa de los atrapados y de su suerte, y decide subir un poco más alto.
Llega a la siguiente rama. No es suficiente, desea ir a la última rama.
Nunca se había sentido tan valiente. Es tal su heroísmo que no solo ha decidido subir hasta la punta del árbol de mango, también ha tomado una decisión importante: jamás borrarse el bigote que trae pintado, para que nadie dude de su mayoría de edad.
Pisa una rama, pisa la otra y en esa huella escucha la fractura de la corteza del árbol.
Se asusta.
Cierra los ojos.
Caen frutas con rapidez hasta el suelo.
Cuando llega por fin a la punta, una niña con dos trencitas lo saluda.