EL-SUR

Miércoles 10 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

El mito fáustico del editor literario

Federico Vite

Enero 06, 2026

En las conversaciones de sobremesa con algunos colegas siempre salían a relucir anécdotas enrarecidas por una especie de maldición, pues quien buscaba a toda costa un nicho para sus libros terminaba vendiéndole el alma al diablo. Es decir, un autor que necesitaba de un editor de grandes alcances hacía todo, pero de verdad todo, por ser publicado en editoriales de gran impacto. No importaba si el editor ordenaba cuestiones en detrimento de la obra. Escuché anécdotas que rayaban en la miseria; además, en ningún aspecto estaba de por medio la literatura, sino otros espejuelos como la fama y el ego –ninguno de esos dos relumbrones es sinónimo de calidad literaria. En suma, aprendí mucho, pero en cuanto pude leer la novela Il diavolo nel cassetto (Italia, Einaudi, 2018, 127 páginas), del escritor italiano Paolo Maurensig, entendí muchas cosas más acerca del ecosistema editorial.
La historia describe la bulliciosa vida literaria de una villa de Suiza, Dichtersruhe, donde miles de almas se interesan por la expresión escrita. El texto inicia con un narrador desconocido que ordena una recámara de su casa y ahí, en el escritorio, encuentra el manuscrito titulado El diablo en el cajón (título de esta novela que se publicó ya en español en 2019 como Un asunto del diablo, cuya traducción estuvo a cargo de Carlos Gumpert. No sobra decir que este libro ha pasado sin pena ni gloria en nuestro idioma y tiene exiguas referencias). En este manuscrito se narran hechos que el lector va entendiendo, primero, como relato de suspenso, pues el narrador del manuscrito (Friedrich) cuenta que en Dichtersruhe todos quieren publicar un libro; desde el párroco (Cristoforo) hasta una muchacha inocente (Marta Bauer) que escribe cuentos infantiles. Todos de alguna u otra manera están involucrados con lo literario y quieren, a toda costa, hacer que un editor de prestigio, en este caso de Lucerna, los tome en cuenta y, por supuesto, muestre al mundo el rostro de un autor desconocido. Así que la novela se pone en marcha cuando Bernhard Fuchs (cuyo nombre real es Bernardo La Volpe. Algo así como “Bernardo El Zorro”) propone la creación de un premio en el que sólo los habitantes de Dichtersruhe pueden participar; también habrá, por supuesto, una cantidad económica generosa para el vencedor. Hasta ahí todo va bien, el problema es que nadie sabe de dónde sacará el dinero el editor; tampoco se conoce el proceso de selección para la mejor obra. ¿Cómo es un libro mejor que otro y por qué? La respuesta a estas interrogantes siempre tiende a las afinidades selectivas. Así que Bernhard ordena: “el padre Cristoforo, Friedrich y una chica que labora con Fuchs integrarán el jurado”. Se procede a la lectura de las obras y entre los libros enviados a concurso encuentran cosas horrendas, mediocres y algunas otras “interesantes”, pero insustanciales. El problema mayor es que no había un parangón ni méritos para premiar una obra. ¿A quién premiar? En eso se devana los sesos el jurado; no el diablo, porque el diablo nunca pierde: si no hay ganador, el dinero del premio en efectivo se queda en la editorial.
A la bulliciosa presencia de los escritores locales debe sumarse la amenaza de una plaga: hay lobos rondando la villa y contagian la rabia. Se les atisba por todos lados y, sin duda, Friedrich asocia los lobos con la presencia del diablo, ¿qué otro animal puede representar el diablo?
Friedrich encuentra al padre Cornelius en un coloquio de escritores y atestigua la ponencia del sacerdote: “El religioso afronta el problema del mal y de su emisario (el diablo) con varias digresiones en el mundo del arte y de la literatura, pero arribó a un particular punto de vista, sosteniendo la tesis de un diablo encarnado que se confunde entre la gente y puedo revestir múltiples roles, asumiendo a veces la identidad y el aspecto de personas aparentemente normales, con las cuales hablamos todo los días de cosas personales”.
Durante una conversación entre Friedrich y el padre Cornelius afloran cuestiones que aumentan la intensidad de los hechos. Un ejemplo es la siguiente charla:
“La literatura es la más grande de las artes –continúa el padre–, pero es también un campo peligroso.
–¿En qué sentido peligroso?
–Todas las veces que se agarra un lapicero atómico con la mano, nos preparamos para encender dos velas: una blanca y una negra. A diferencia de la pintura y de la escultura, las cuales quedan ancladas a un sujeto material; y la música, que a veces trasciende toda la materia; pero la literatura puede dominar los dos campos: el concreto y el abstracto, el terreno y el ultraterreno. Además se difunde y se multiplica en la mente del lector. Los escritores, sin saberlo, pueden devenir en formidables egregores; pueden formar una cadena de pensamientos intensos al grado de dar vida e inteligencia a una figura considerada por todos como imaginaria, tal como se piensa que es el diablo”.
El padre Cornelius sabe que Fuchs es “el diablo, pero encarnado en una persona legal y con ciudadanía definida, con derechos y obligaciones”.
En la novela de Maurensig se habla de un diablo menos sobrenatural que lo expuesto en otros relatos, además, es mucho más listo. Asusta a todo el mundo cuando se fusiona con los lobos y en ese punto del relato el poder de un editor maléfico es extraordinario, porque los lobos vigilan, amenazan y asustan a los escritores en potencia. Los dominan. Este libro no se convierte en un cuento de terror, ni en una parábola; mucho menos en un cuento de hadas oscuro. No, sólo adquiere la elegante estructura de una parodia metaliteraria.
Un guiño espléndido para lectores avezados es que el padre Cristoforo, a quien el diablo embabuca prometiéndole la publicación de sus memorias, pretende titular a su libro Diario de un párroco de campiña, una franca referencia al libro espléndido de Georges Bernanos: Journal d’un curè de campagn (1936). Por cierto, este escritor francés también escribió la maravillosa novela: Sous le soleil de Satan (1926), titulada en español Bajo el sol de Satán.
Pero de todas las certezas que Maurensig dicta en este breve libro me quedo con la siguiente: “La gente a menudo confunde el talento literario con la integridad moral. Es tomada la existencia como la medida de la literatura banal, aquella en la que se exaltan los valores positivos, donde todas las cosas se resuelven en el nombre del bien colectivo, en el cual los malvados pierden y los buenos triunfan. Pero si todo fuera así de simple no estaría yo acá contando esta historia”.
La resolución de la novela consuma una parodia metaliteraria. De verdad, no puede haber más goce en un libro que ver al diablo defendiendo a los optimistas y elucubrando en contra de los talentosos, peor aún más es el placer cuando sabemos que el diablo, aunque lo sabe todo, también acepta su derrota. Si le interesa el Continente Literario acérquese al libro más conocido de Maurensig. No le va defraudar.

* La traducción de los párrafos entre comillas es mía.

@FederìVite