EL-SUR

Sábado 04 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

El Morro o Farallón del Obispo

Anituy Rebolledo Ayerdi

Julio 24, 2025

Promontorio rocoso que sobresale en el mar cerca de la línea de la costa.

El huracán

Acapulco es azotado por un huracán terrible y los acapulqueños buscan refugio en los cerros del anfiteatro como lo han hecho siempre ante esta clase de fenómenos naturales. Sorprende a los porteños porque se vive el mes de mayo de 1630 y está aún lejana la temporada de grandes vientos. Toman las de villadiego incluso los marinos de un galeón resguardado en la caleta llamada Santa Lucía, fondeadero habitual de la flota española.
El sacerdote J. Olaguibel es guía espiritual de la guarnición de milicianos negros acantonada en la fortaleza de San Diego . Reza con ellos en la cercana parroquia de San José (hoy, edificio Manper), cuya techumbre ha empezado a volar.
–¡Dios ampáranos… Dios protégenos!
De pronto, Olaguibel se pone de pie movido por un impulso irrefrenable y sin más solicita del grupo a dos voluntarios. Todos ellos se ofrecen pero es el sacerdote quien elige a los más corpulentos:
–¡Tu y tú… síganme!
Los tres hombres bajan venciendo el ventarrón hasta la playa de enfrente para abordar una canoa atada a un árbol. Una vez que los milicianos se han apoderado de los remos, el cura señala el rumbo con el brazo derecho. La frágil embarcación navega sobre la cresta de las olas y el guía deberá animar a los remeros cuyos semblantes los mostraban ya derrotados.
Finalmente llegan a El Morro, el objetivo secreto del cura. Un hombre muy delgado vistiendo los ropajes de la orden de los franciscanos. Su evidente fragilidad y el peso del vestido empapado le dificultan el ascenso al peñasco de 30 metros. Lo ha emprendido apenas salta de la embarcación ordenando a los remeros quedarse a cuidarla.

El milagro

Una vez en la cima de El Morro, abrazado de un arbusto, el padre Olaguibel implora al cielo poner fin a tan duro castigo para Acapulco, ofreciendo a cambio respeto, devoción y humildad por parte de los acapulqueños.
–¡Perdónanos, Dios mío, cesa tu santa ira!
Cuenta la leyenda que pocos minutos después de aquella imploración amainaron el viento y la lluvia, suceso que el prelado no dudo en calificar como un “¡milagro… milagro… mila-gro!”. Lo aprovechará para descender del promontorio y emprender el retorno a su parroquia. Con tan mala surte que apenas instalado en la canoa una gigantesca ola remisa la envolverá para hundirla en las profundidades marinas. Acapulco entero participará en la búsqueda de los cuerpos pero todo será inútil. De la canoa, ni una astilla.

El farallón del Obispo

Consternados, los habitantes del puerto no dudarán en calificar como milagrosa la acción del padrecito, dedicándole solemnes oficios religiosos y sentidos honores cívicos a sus acompañantes. Uno de ellos será bautizar el lugar del evento como “Farallón del Obispo”, ello a sabiendas de que Olaguibel había sido el más humilde de los hombres al servicio de Dios.
A los severos daños causados por el meteoro a la ciudad – casas destruidas, caminos anegados y arboles caídos– se sumará el espectacular hundimiento en su propio fondeadero del galeón Nuestra Señora de la Concepción. Su propietario, el capitán Ignacio Figueroa, quien había desdeñado la fuerza del meteoro, solicitará ayuda oficial para rescatarla. La obtendrá autorizada por el Virrey, a cargo de la fragata Santa Isabel.

Fantasmas en el cielo

A partir de aquél desastre, no serán pocos los porteños que avisten en el cielo versiones fantasmagóricas de la canoa, Olaguibel y sus dos remeros. El espectáculo etéreo será visible únicamente por las noches sin luna, perfilando a los personajes iluminados con fuego de plata.

El pez mero

Otra leyenda en torno al Morro de Acapulco se refiere a la existencia en su entorno de un gigantesco pez mero, de más de dos metros y 120 kilogramos de peso, celoso vigilante no de tesoros áureos sino simplemente de un árbol de coral negro. Según la misma leyenda, las escamas del mero eran redondas y en cada una de ellas se dibujaba la efigie de la virgen de los Reyes. Se advierte, finalmente, algo asombroso: que se trataba de un pez mero (cefinnephelos lance-lotus ) como todos los de su raza, que cambian de sexo a los 12 años, de hembra a macho.

Don Tomás Otero

El doctor Tomás Otero fue un personaje célebre en Acapulco por sus variados talentos y ocupaciones. Alternará su profesión de médico militar con la pintura, la farmacopea y la perfumería, con pleno dominio de las cuatro.
Hablamos aquí de su faceta de pintor porque don Tomás tuvo al Farallón del Obispo como tema obsesivo de cuadros. Lo pintó de todos los ángulos y tamaños posibles, siendo pocos los amigos que no colgaran un Morro en sus residencias. Sus acuarelas del peñasco son verdaderamente notables.
Su colega y amigo Ricardo Morlet Sutter (alcalde de Acapulco) gozaba embromán-dolo durante sus encuentros casuales:
–¡Si continúa pintando El Morro te lo vas a acabar, Tomás… ya ni la chingas!

Requerimiento de pago

Un día don Tomás Otero recibe en su botica de la calle de La Quebrada un requerimiento de pago por parte de la Tesorería Municipal. Teniendo la certeza de estar al corriente de sus obligaciones fiscales, se dispone a visitar a su amigo el alcalde Morlet Sutter. Cuando lo tiene enfrente estalla:
–¡Son chingaderas las tuyas, Ricardo. Mira nomás lo que me está cobrando tu gente por mi pequeño changarro! ¡A esto, cabrón, yo lo llamo robo en despoblado!
–¡Escúchame, Tomás, escúchame! ¿Ya te fijaste por lo que estamos cobrando una suma tan enorme? ¡No es por tu farmacia, Tomás! Te estamos cobrando los derechos por pintar El Morro, Tomás, al que ya desmoronaste de tanto pintarlo!
Luego de una doble y estrepitosa carcajada, el alcalde le explica a don Tomás que esa era la única manera de que lo visitara en la presidencia. Y le dice el para qué:
–¡Para encargarte dos acuarelas que me urgen para obsequiarlas a gente muy importante! A guevo, Tomás, acuarelas de El Morro! ¿De dónde más?

El Chorro de El Morro

No se sabe bien a bien de quien fue la idea, si de Guillermo Carrillo Arena, director del Fideicomiso Acapulco, o de Rosa Luz Alegría, secretaria federal de Turismo. La idea de convertir el Morro en una fuente luminosa, única en el mundo.
De quien haya sido, la idea se materializó sin reparar en gastos. Las noches de pruebas entusiasman a propios y extraños. La impresionante columna de agua impulsada por potentes motores se eleva muchos metros para luego caer formando un hongo cristalino que baña el peñasco entero. Los efectos de las luces harán del conjunto un espectáculo original y hermoso. Se le bautiza inmediatamente como el Chorro del Morro y lo inaugurará el presidente de la República, José López Portillo , junto con otras obras turísticas.
Y llega la fecha, finalmente. Acompaña al mandatario la secretaria de Turismo, Rosa Luz Alegría y entre ambos se disponen a la inauguración. Ella viste con gran sencillez un camisero crudo con un collar de perlas. El viste una camisola blanca con cuatro bolsas bautizada como guayabana, creación del sastre Gámez, de la sastrería México, para el alcalde Israel Hernández. Este le enviará a Jolopo una docena luego de que éste se la chulee.
El presidente de la República y la secretaria de Turismo, tomados discretamente de la mano, escuchan una canción romántica que habla de una pareja de amantes. Su autor, Armando Manzanero, la habría compuesto solo para los dos y será por ello que no se volverá a escuchar jamás.
Desde la Costera, teniendo enfrente el impresionante coloso, la pareja presidencial se acerca al switch para conectar el chorro de El Morro. Ella se niega ostensiblemente a soltarle la mano derecha, obligándolo a usar la izquierda para apretar el botón. El chorro de agua coloreada por la iluminación se elevará a los aires. celebrado con un ¡aaaaaaaaaaaahhhhhhhhhh! multitudinario y sostenido surgido de miles de gargantas.
El chorro de El Morro se convierte pronto en una maravilla del tercer mundo y José López Portillo en benefactor de Acapulco. No mentirá cuando pronuncie su frase preferida en el puerto: ¡Acapulco vive, Acapul-co vivirá!

Chisguete

Pero como la felicidad nunca es completa y tampoco eterna, muy pronto aparecen en Acapulco los aguafiestas ecologistas y ambientalistas. Traen la mala nueva de que el agua salobre del chorro de El Morro está acabando con la escasa vegetación del peñasco, además de que su acción erosiva está afectando gravemente al milenario farallón.
Y entonces de aquel enorme chorro no quedó ni un mísero chisguete.

Monumento

La propuesta de este columnista de un monumento sobre El Morro fue rechazada por el alcalde Morlet Sutter. Un Ariel con el nombre de El Chilango Desconocido, único salvador de Acapulco en momentos de crisis.