EL-SUR

Lunes 27 de Junio de 2022

Guerrero, México

Opinión

El nuevo PRD

Jorge Zepeda Patterson

Noviembre 19, 2007

 

Algo de fondo está sucediendo con el PRD quizá sin darnos cuenta. Hay indicios de que el
partido podría convertirse en algo distinto de lo que ha sido hasta ahora. Si tales indicios se
confirman podríamos hablar de una refundación o de una tercera etapa. Si no lo hace
estará condenado a regresar a sus cuotas de 17 por ciento y a seguir haciendo el eterno
papel de plañidero de las injusticias del modelo, pero sin posibilidad real de cambiarlo.
López Obrador fue el factor detonante para colocar al partido en una situación excepcional.
Lo convirtió en segunda fuerza política con 35 por ciento de la votación. Carlos Fuentes
comentó hace unos días que AMLO perdió la ocasión histórica de crear un gran movimiento
de izquierda, luego de la derrota, al empeñarse en el desagravio y en la desestabilización
del gobierno de Calderón. Yo también así lo creía. Pero bien mirado, quizá eso termine
siendo lo mejor para el PRD.
El tabasqueño catapultó al partido, ciertamente, pero a un alto precio al profundizar el
caudillismo que aqueja a esta organización desde sus inicios. Por más amable o no
autoritario que fuese el liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas, es evidente que el ingeniero
constituía el factótum de la vida interna del partido. Por su parte, AMLO arrasó con toda
pretensión de vida institucional. Su equipo constituyó un gobierno paralelo, sobrepuesto a
la organización. Los candidatos fueron impuestos directamente por el líder y las redes
ciudadanas corrieron paralelas a los cuadros del partido. La célebre frase de López
Obrador “la estrategia de campaña soy yo”, bien pudo haber sido “el partido soy yo” sin que
los hechos lo desmintieran.
Salvo el propio Cárdenas, los cuadros perredistas lo aceptaron porque en la práctica AMLO
ofrecía la oportunidad histórica de llegar a Los Pinos. Pero hay indicios de que no están
dispuestos a convertir en hipoteca de largo plazo el alto precio que pagaron por ello. La
posibilidad de que López Obrador se transforme en el gran líder social de un movimiento
de resistencia resulta atractiva, pero podría ser desastrosa para el PRD. Perpetuaría su
naturaleza caudillista y populista.
Hasta ahora el PRD ha sido un partido de tribus gestionadas por un gran jefe. Comparado
al PRI o al PAN, tiene menor desarrollo institucional y formación de cuadros. Sus
elecciones internas son accidentadas, por decir lo menos. Falta rigor en sus procesos de
afiliación y su padrón es poco confiable. El caudillismo en la cúpula se reproduce al interior
de las distintas facciones, lo cual demerita la disciplina partidaria que caracterizan al PAN o
al PRI.
Por otra parte, el PRD debe resolver en algún momento de su vida la relación incestuosa
con el PRI. Los fundadores del FDN, que dio origen al PRD, fueron ex priístas y también lo
han sido seis de los nueve presidentes que ha tenido el partido. Decir que muchos
perredistas son ex priístas no es peyorativo, es un dato real. El asunto es cuándo dejarán
de serlo. Es legítimo que ante el neoliberalismo de los últimos presidentes priístas
muchos miembros del partido hayan optado por cambiar a un partido de izquierda. Pero no
es posible que el PRD adquiera identidad si cada camada de ex priístas tránsfugas
ingresa al partido para tomar posiciones claves. No debe ser sencillo para los militantes de
izquierda de la primera época aceptar que la posición más encumbrada que tendrá el
perredismo en el sexenio la ocupe Marcelo Ebrard, con Manuel Camacho detrás.
No es causal que se adviertan signos de cambio. ¿Cuáles? Uno. La designación de los
coordinadores de las bancadas perredistas en ambas cámaras y en la Asamblea del DF
no fue favorable a AMLO. Carlos Navarrete, en la de senadores, y Víctor Hugo Círigo en la
Asamblea capitalina son de Nueva Izquierda (Chuchos), González Garza, en la de
diputados, es más cercano a Cárdenas. Dos. Los gobernadores perredistas, salvo Ebrard,
han expresado su intención de negociar con el gobierno de Felipe Calderón, contraviniendo
la directriz de El Peje.
Tres. En los últimos días se han reagrupado en dos grandes corrientes los perredistas
tradicionales: por un lado Nueva Izquierda convocó a un frente común con algunas tribus
sueltas; por otro, el Foro Nuevo Sol (vinculado a Los Amalios) hizo lo propio para reagrupar
a ocho corrientes distintas. En ambas reorganizaciones no dominan ex priístas o pejistas.
Ambas constituyen un intento para asumir mayor control de la vida institucional que se
avecina.
Cuatro. Entre diputados y senadores hay una rebelión callada, que terminará por
imponerse, para que sus sueldos no sean rasurados con donativos al movimiento de
AMLO.
Quinto. En los últimos días diversos dirigentes han comenzado a deslindarse de la
resistencia civil. Confesarlo abiertamente es un tema políticamente incorrecto, pero las
insinuaciones son evidentes. Entre ellos hay una especie de consenso de que el PRD le
debe a AMLO una protesta categórica el día en que Calderón tome posesión. Pero saben
que es un acto simbólico (la toma y la protesta). A partir del 1 de diciembre hablan ya de
una nueva etapa.
Son meros indicadores quizás, pero dan cuenta de una tendencia. López Obrador seguirá
siendo una figura influyente, incluso útil como medida de presión del PRD sobre el
gobierno, pero cada vez menos decisivo en las relaciones institucionales. El partido tiene la
oportunidad histórica de escapar del caudillismo y convertirse en un instituto político
profesional. No se trata de tomar partido a favor o en contra de AMLO, sino de entender que
el PRD debe transitar a una nueva etapa. El asunto es saber si sus dirigentes tendrán la
madurez y la claridad para hacerlo. Se ha dicho con frecuencia que en un país con tantas
desigualdades se requiere de un canal democrático para procesar la inconformidad y los
cambios, y que si no existiese un partido de izquierda habría que inventarlo. Ha llegado el
momento.