EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

El oficio más antiguo del mundo no se paga

Saúl Escobar Toledo

Marzo 15, 2017

En nuestras sociedades, la desigualdad es una constante: entre las personas, entre los que son asalariados y los que emplean esa fuerza de trabajo; entre las regiones geográficas y al interior de las ciudades. Pero una de las más antiguas y persistentes es la que existe entre hombres y mujeres. Esta desigualdad se manifiesta, hoy en día, en el siglo XXI, en la casa, en las calles y en el trabajo. La exclusión, la discriminación y la violencia que sufren las mujeres y de la que toman ventaja los hombres sigue siendo uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.
Dejemos a un lado, por ahora, algunas de las facetas de este problema. Baste mencionar que, según la ONU, en la gran mayoría de los países, incluyendo los más desarrollados, el porcentaje de mujeres que sufren algún tipo de violencia sigue siendo muy elevado: en Francia o Suecia, por ejemplo, entre el 26-28% pero en México llega a una cifra alarmante, extremadamente alta, 47%.
Concentremos estas notas sólo en un aspecto: el trabajo.
Las mujeres han trabajado siempre al lado de los hombres, quizás incluso lo han hecho con mayor esfuerzo y le han dedicado más tiempo, pero en casi toda la historia de la humanidad sus labores no han sido ni reconocidas ni valoradas. En las sociedades capitalistas, en las cuales la inmensa mayoría trabaja para obtener una remuneración monetaria y sostener los hogares, el trabajo de las mujeres, en una proporción muy alta, no se paga.
En los tiempos actuales, las mujeres siguen soportando la mayor carga de trabajo en labores no remuneradas como preparar y servir alimentos para la familia; limpiar la casa, lavar o planchar; y hacer las compras para la comida o limpieza del hogar: en estos casos, según el Inegi, mientras que las mujeres se dedican a estas labores en un 67-74%, los hombres solamente lo hacen en una mucho menor proporción, 26-33%. Aún más, el cuidado de personas enfermas, mayores de 60 años o con discapacidad también es realizado por mujeres en mayor proporción que los hombres: 64 contra 36%.
En contra del mito histórico, de inspiración misógina, podría decirse que el oficio más antiguo consiste, en realidad, en ocuparse, sin retribución alguna, de las tareas hogareñas. No es sorprendente entonces que las mujeres, actualmente, trabajen más horas que los hombres: ellas laboran alrededor de 75 horas a la semana mientras que los hombres lo hacen en un promedio de 64. Pero el trabajo no remunerado de las mujeres les toma la gran mayoría de su tiempo: 55 horas, por lo que sólo destinan 20 al trabajo pagado, mientras que el trabajo remunerado de los hombres equivale a 44 horas y el no remunerado a 20 horas a la semana.
Estas cifras nos hablan de una división del trabajo injusta que da pie a otras desigualdades. Y es que el tiempo que dedican las mujeres al trabajo no remunerado les arrebata horas y capacidades para incorporarse al mercado de trabajo o las obliga a laborar en condiciones precarias. Así la proporción de hombres mayores de 15 años que obtienen una remuneración por su trabajo es de 68.5% mientras que representa apenas un 33.5% para las mujeres. Atadas a las tareas del hogar o al cuidado de otras personas de la familia, la mujer no puede salir de su casa y dedicarse a ganar un ingreso como lo hacen los hombres. Aunque se trata de un fenómeno mundial pues en ningún país la fuerza de trabajo se divide en 50/50, el caso de México es mucho más grave que el de otros países como Estados Unidos, Europa e incluso Brasil o Colombia.
Para tener una idea del valor del trabajo no remunerado, se ha calculado que en México éste equivales a un 24% del PIB, del cual el 18% lo aportan las mujeres y el 6% los hombres.
A ello hay que agregar que, en las últimas décadas, el trabajo bien pagado se ha vuelto escaso, por lo que la mujer está mucho más presionada para completar el ingreso de los hogares, ya que el salario o la remuneración de una sola persona, normalmente el jefe de familia, ya no alcanza. La mujer, entonces, tiene que cubrir varias jornadas de trabajo, dedicándole tiempo y esfuerzo al trabajo remunerado y no remunerado, lo que ocasiona que en muchas ocasiones se vea obligada a aceptar ocupaciones pagadas de pocas horas o en condiciones más desventajosas e inseguras que en el caso de los hombres. Por ello un número cada vez mayor de mujeres trabaja en la informalidad. La proporción de mujeres en esta condición también es superior a la del género masculino.
En algunos hogares, una minoría, las mujeres pueden contratar a otras personas para realizar el trabajo doméstico, sobre todo preparar y servir alimentos o limpiar la casa y lavar y planchar. Pero en estos casos, el 90% de las personas que reciben un ingreso por desempeñar esas tareas son también mujeres y la gran mayoría laboran en la informalidad.
Según el informe de la ONU Mujeres (UNWomen):
En todo el mundo, demasiadas mujeres y niñas dedican un número excesivo de horas a las responsabilidades del hogar… En muchos casos, esta división desigual del trabajo tiene lugar a expensas del aprendizaje de las mujeres y las niñas, y de sus posibilidades de obtener un trabajo remunerado, hacer deporte o desempeñarse como líderes cívicas o comunitarias. Esto determina los patrones de desventajas y ventajas relativas, la posición de las mujeres y los hombres en la economía, sus aptitudes y lugares de trabajo.
La situación no termina aquí pues incluso cuando las mujeres logran conseguir un trabajo asalariado en condiciones formales, se tienen que enfrentar, principalmente por la cultura machista dominante, a un salario menor, aunque desempeñen el mismo trabajo o uno similar. Según las estadísticas de un estudio encargado por la ONU al McKinsey Global Institute (disponible en http://www.mckinsey.com) de septiembre de 2015, la brecha salarial entre ambos géneros equivale en México al 0.46% en relación con los hombres, una cifra excesivamente alta. En los países desarrollados, la brecha salarial es menor, pero sigue siendo considerable: en Estados Unidos 0.6 y en el Reino Unido 0.64, lo que quiere decir que no se trata únicamente de un problema ligado al nivel de desarrollo sino también a la persistencia de prácticas discriminatorias que sobreviven aún en las sociedades más prósperas.
La condición de las mujeres ha mejorado notablemente si la comparamos con la que tenía en el siglo XIX. El siglo pasado representó un cambio mayúsculo en la participación de las mujeres en la vida política y económica de las sociedades. Ese cambio representó, según algunos, la única revolución victoriosa de nuestra historia contemporánea. Sin embargo, no ha logrado aún cambiar la base material de esa desigualdad: el trabajo no pagado en el hogar. A pesar de todo, y esto también representa un avance, ahora se reconoce que la discriminación de que son objeto y su posición desventajosa en el mercado laboral, es también una traba para el desarrollo. Así, se considera que, si hubiera plena igualdad laboral en los próximos años, por ejemplo en el 2025, el PIB mundial aumentaría en 28 billones de dólares, es decir en un 26%.
Trabajar sin pago ni reconocimiento en labores indispensables para el sostenimiento de la sociedad representa una deuda pendiente que crece todos los días. La vida simplemente no podría funcionar normalmente en un hogar donde no se cocina ni se lava. En otras actividades, el trabajo sin pago se hace necesario por falta de asistencia del Estado para hacerse cargo de los niños, los ancianos y los enfermos. Pero aún en estos casos, el afecto familiar es insustituible y solo puede delegarse a otros parcialmente.
Cambiar la división del trabajo entre los géneros, empezando por el hogar y la familia, es un asunto que se aloja en el corazón de la cultura machista pero es también una condición indispensable para la futura prosperidad social.
Afortunadamente, cada vez más se entiende que este cambio no es un asunto sólo de mujeres.

Twitter: #saulescoba