EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

El Paseo del Pendón en una ciudad asustada

Silvestre Pacheco León

Diciembre 21, 2015

Son apenas las 10 de la mañana y la gente de la capital del estado se ha echado a la calle formando ríos humanos procedentes de los cuatro puntos cardinales. La mayoría son jóvenes que van en grupos de más de cuatro. Su vestimenta es casi uniforme: playeras y blusas de colores llamativos alusivas al Paseo del Pendón; pantalones de mezclilla, sombreros de tejido calado y botas de diferentes modelos.
Pese a la violencia de los últimos días, la alegría predomina entre los que participan en esta fiesta masiva que se ha hecho famosa por el abundante consumo de mezcal que se reparte gratuitamente y que en unas horas emborracha a miles.
Es la principal fiesta anual en la capital del estado con la que se anuncia el inicio de la feria de Navidad y Año Nuevo.
Todo indica que los preparativos para el desfile de danzas se han hecho con anticipación porque los locales para las instituciones del gobierno se construyeron desde la víspera, aunque eso no influye para modificar la costumbre de la borrachera generalizada que se vive con singular alegría.
Desde la calle peatonal de Emiliano Zapata hasta el zócalo la gente se nota impaciente porque son casi las 11 y el desfile no comienza, aunque para esa hora ya se ha cortado el tránsito vehicular alrededor de la alameda Granados Maldonado y el helicóptero que usaban Zeferino Torreblanca y Ángel Aguirre, ahora reparado con un gasto de 3 millones de pesos, ha iniciado sobrevuelos en la ciudad para vigilar la fiesta.
Más tarde se suma a la vigilancia aérea un helicóptero blanco de la policía estatal que sobrevuela a escasos metros de altura dejando ver a sus pasajeros: policías embozados y con armas de alto poder.
En el cruce de la calle de Nicolás Catalán y Emiliano Zapata es la gente la que bloquea el paso de las personas que quieren cruzar de una calle a otra, adueñándose desde temprano del espacio público por donde pasará el desfile de las danzas de los cinco barrios capitalinos y de aquellas procedentes de todo el estado que han sido convocadas para dar realce a la festividad.
Frente a mí un grupo de jovencitas ha llegado provisto de su hielera con las bebidas para la ocasión, ocupando un lugar estratégico para presenciar el desfile, mientras al lado mío dos familias jóvenes están en animada plática con sus hijos pequeños acerca de lo que esperan ver cuando los danzantes pasen frente a ellos.
Son casi las once y media sin que aparezcan las danzas. La gente se entretiene mirando el desfile de vendedores que ocupan el centro de la calle en un paseo incesante ofreciendo sus mercaderías: sombreros, gorras, playeras, chirriones, máscaras, helados, aguas frescas, dulces, churros, máscaras.
El niño de cinco años que está junto a mí, exige a su madre que le compre su chirrión de tlacololero mientras su hermanita mejor pide dinero para decidir ella su compra. El niño se llama Brando y su hermana Yara. Han venido de la colonia Hermenegildo Galeana con todo el ánimo de pasarla bien, aunque la mamá hace cuentas de que a esta hora ya habría vendido quinientos pesos si en vez de venir a la fiesta hubiera abierto su puesto de chácharas, pero de todos modos celebra que estén todos en familia.
Las muchachas de enfrente abren su hielera de la que extraen las cervezas de gran tamaño que reparten entre ellas preparándose para el espectáculo que viene.
Brando ha logrado su objetivo y ensaya con el chirrión recién comprado tratando de hacerlo tronar mientras su hermana dice que quiere agua porque siente que se le ha atorado la pizza que almorzaron.
Casi a las 12 del día aparece como avanzada el grupo de motociclistas de la Policía Estatal indicando con el ulular de sus sirenas la apertura del Paseo. Son cinco motociclistas que van abriendo paso al contingente que arropa al gobernador Héctor Astudillo, a su esposa Mercedes Calvo y al presidente municipal de Chilpancingo, Marco Antonio Leyva Mena. El primero con una camisa verde a cuadros, la presidenta del DIF siempre sonriente, luciendo el uniforme de su institución, un atuendo claro, y su anfitrión en la capital, con camisa blanca y pantalón de mezclilla.
Los gobernantes van precedidos de una ambulancia, seguida de una patrulla de bomberos y detrás el grupo responsable de la feria. Es tan compacto el contingente que encabeza el desfile que puede generar su propio caos.
Después comienzan a desfilar los carros alegóricos de cada uno de los barrios históricos de Chilpancingo y las numerosas paradas de tlacololeros, diablos, moros cabezones y grupos folclóricos.
Los tlacololeros son los que más entusiasman con sus bromas y chirriones que causan susto a los espectadores de la primera fila. Uno de los danzantes se abalanza de pronto sobre las muchachas de la hielera, agarra a la más próxima del grupo y la carga sobre sus hombros paseándola por un buen tramo de la calle aferrada a su cerveza que lleva en la mano como símbolo de confianza. Después el danzante la devuelve a su lugar en ese ambiente festivo.
De mi lado otro tlacololero repara en Brando, el pequeño espectador que presume su chirrión, se plante frente a él y luego ambos se miran retadoramente. Brando da dos pasos hacia el centro de la calle y queda frente al danzante que es el primero en tronar su chicote, pero lejos de amilanarse por la demostración, Brando hace lo propio y entonces se baten los dos en un duelo de truenos que dura unos segundos y finaliza entre aplausos de quienes han estado atentos a la acción.
Así van desfilando todas las danzas representativas de las siete regiones del estado, algunas con sus carros alegóricos como insignias, otras con el estandarte a cargo de hermosas jovencitas.
Llaman la atención la danza del Cortés o de la conquista que viene de la Costa Grande, y los famosos Diablos de la Costa Chica; también los Moros de la Montaña y los danzantes con sus máscaras gigantes de Teloloapan.
Apenas ha pasado el medio día cuando se produce un zipizape entre un grupo de tlacololeros contra dos civiles que son perseguidos entre la gente que corre asustada, pero el pleito no escala porque en pocos segundos llega una decena de policías antimotines que resguardan el desfile apostados en la esquina del ex Edificio Docente de la UAG. Después viene la calma y la gente respira tranquila de vuelta a su lugar.
Un día antes, el sábado tres combis del servicio público fueron incendiadas en una acción que el gobernador Astudillo atribuyó a bandas del crimen organizado que se disputan la ciudad y el ambiente ayuda a que la gente se ponga nerviosa.
Al contrario de las danzas que avanzan, en la avenida Juárez se encuentran detenidos los charros en espera impaciente para cerrar el desfile. Ocupan todo el tramo de la avenida Juárez la calle al costado de la alameda. Las cinco bandas de música y los magníficos ejemplares que bailan cargando a sus jinetes atraen a parte del público que se aglomera en derredor, a pesar de los montones de excremento caballar cuyo olor invade la zona.
No son menos de 500 caballos los que cierran el desfile después de una espera para avanzar en la que los charros venidos de los poblados vecinos están al borde de la borrachera.
Entre los caballos pura sangre que participan sobresale un azabache de la raza frisón autóctona de los Países Bajos, un animal monumental, de crin ondulada y espesa con el que todo mundo quiere retratarse, alimentando el ego de quien lo monta.
Son casi las 3 de la tarde y el desfile aún no termina de pasar por la esquina de la alameda, en cuyas calles los estragos del mezcal y la cerveza se notan en el comportamiento de muchos de los participantes de la fiesta que ya han perdido la compostura y caminan tambaleantes.
Una pareja de jóvenes que camina por la avenida en sentido contrario al desfile se encuentra con el contingente de charros y comenta en voz alta:
–¿Más caballos?
El tránsito vehicular ha sido cortado una calle más atrás de la Cruz Roja sin explicación aparente, y cuando ya pasa de las 3 de la tarde entran por fin en escena los charros con sus cabalgaduras, seguidos de las bandas de música cuyo ruido estridente se ha ensañado en los oídos de quienes se encuentran cerca.
Y, como ya se sabe, el Paseo del Pendón continúa hasta la plaza de toros Belisario Domínguez en la colonia Los Ángeles, donde un duelo de tigres resolverá la supremacía de alguno de los barrios de la asustada ciudad capital.