Ángel Aguirre Rivero
Diciembre 26, 2025
El Pendón no se mira: se siente.
Amanece en Chilpancingo y el aire trae un rumor antiguo, como si las calles recordaran antes que la gente. Hay un murmullo que se acomoda en las banquetas, en los balcones, en la memoria. El Pendón está por salir y la ciudad se recoge un poco, como quien se alista para recibir a un viejo amigo.
Su origen no está en el ruido, sino en el aviso. Hace dos siglos, cuando las fiestas no se anunciaban con pantallas ni altavoces, un estandarte recorría el pueblo para decir que venían días distintos. El pendón era señal y palabra: convocaba, ordenaba, daba sentido. En 1825, ya con la nación aprendiendo a caminar por sí misma, esa costumbre se formalizó en Chilpancingo para anunciar la feria de San Mateo, Navidad y Año Nuevo. Desde entonces, el estandarte dejó de ser solo un objeto y se volvió rito. Salir con el Pendón era afirmar que la comunidad estaba viva y dispuesta a reunirse.
Con los años, aquel aviso sencillo aprendió a caminar acompañado. Llegaron las danzas, los sones, los colores. Cada paso fue sumando identidad. El Pendón empezó a contar una historia más amplia: la de los barrios, la de los pueblos cercanos, la de las regiones que, una vez al año, encontraban en Chilpancingo un punto de encuentro. No era solo el inicio de una feria, era la confirmación de un nosotros.
Quien ha crecido aquí sabe que el Pendón no es un desfile cualquiera. Es un hilo que cose generaciones. Los abuelos lo narran como si hablaran de un pariente antiguo; los padres lo recuerdan con la emoción de la primera vez; los niños lo viven como un descubrimiento que se les queda pegado en los ojos. Es el domingo previo a Navidad, sí, pero también es el momento en que la ciudad se permite celebrar sin pedir permiso.
El simbolismo es sencillo y profundo a la vez. El estandarte abre camino, las danzas lo custodian, la música lo empuja. No hay protagonista único: todos cuentan. El Pendón dice que la diversidad no divide, que la tradición no es inmóvil, que la fiesta también puede ser orden y memoria. Dice, sobre todo, que pertenecer importa.
Pero la historia no se detuvo en el pasado. En los años recientes, el Pendón ha tenido que aprender a ca-minar en tiempos difíciles. La inse-guridad –esa palabra que pesa– ha querido colarse en la fiesta. Ha redu-cido la afluencia, ha impuesto vallas, ha cambiado recorridos. Hay fami-lias que prefieren mirar desde lejos, otras que se quedan en casa por prudencia. El Pendón, aun así, sale.
Sale con pasos más cuidados y con un mensaje más nítido. No igno-ra la realidad, la enfrenta con memo-ria. No pretende borrar el miedo, de-cide que no mande. Sale con pro-tocolos y resguardos, sí, pero tam-bién con la convicción de que la cul-tura es una forma pacífica de resis-tencia. En cada danza hay disci-plina, en cada acorde, comunidad, en cada aplauso, una afirmación silenciosa: seguimos aquí.
Cuando el estandarte avanza, algo se ordena por dentro. La música no resuelve los problemas, pero los coloca en su justa dimensión. Las danzas no cancelan la violencia, pero recuerdan que el cuerpo también puede hablar sin lastimar. La gente aplaude con cautela, sonríe con reserva, pero aplaude y sonríe. Y eso, hoy, ya es mucho.
El Pendón termina su recorrido y la ciudad respira. No porque todo esté bien, sino porque la promesa se cumple: volver a encontrarnos. El estandarte se guarda, pero no se va. Se queda en la conversación, en la anécdota, en la certeza de que mientras El Pendón siga saliendo, Chilpancingo seguirá recordándose a sí mismo.
Del anecdotario:
El general Irineo Rauda, era un pintoresco personaje de la Revolución. A él se debe la famosa frase que sintetizó de modo magistral el sentido de las luchas entre las diversas facciones revolucionarias (maderistas, zapatistas, villistas, obregonistas, carrancistas) y todas las demás. Dijo a ese propósito el general Irineo Rauda, de Michoacán: “Éramos los mesmos, nomás que andábamos un poco divididos”.
Don Irineo era garrulo y decidor. Sus anécdotas podrían llenar un tomo y un lomo. Presumía de ser muy “leído y escribido”, pues gustaba de lecturas de Antonio Plaza y José María Vargas.
Por desgracia, se le enredaban los conceptos y entonces le salían de la boca graciosos despropósitos.
En cierta ocasión se hablaba de hazañas de gula y se discutía quién de los presentes había comido más de tal o cual cosa.
–Pos una vez –se jactó el general Rauda– en La Piedad me comí diez pesos de mampostería.
Quiso decir de repostería.
A una señora que le ofreció su casa para que viviera algunos días, don Irineo le dijo al despedirse: “Le agradezco su honorabilidad”.
El general quiso decir su hospitalidad.
Presumía de culto y refinado el general Irineo Rauda. Al rendirle parte a un superior, le dijo pomposamente: “Mi general, en este día que hoy fina no hubo ninguna novedad que altere vuestro semblante”.
Algún periodista le preguntó si podría llegar por automóvil de un lugar a otro y el general le contestó solemne: “La verdad no sé, hijo. Como ha llovido mucho, a lo mejor los caminos están abnegados y se ponen intransigentes”.
El general quiso decir anegados, inundados, encharcados, etcétera, y se ponen intransitables.
En otra ocasión, al bajar del tren en la Ciudad de México, un reportero lo reconoció y lo quiso entrevistar. “No se va a poder, muchacho –se negó categórico el general– vengo de inepto”.
Quería decir que iba de incógnito.
Otro día, algún periodista zumbón le preguntó si le gustaría que le hicieran una estatua.
–Pos pa’ qué digo que no, si sí– respondió don Irineo.
–¿Ecuestre?– continuó la burla del periodista.
Lo pensó un poco el general y luego respondió:
–No tan ecuestre, nomás regular.
Estos hombres, como el general Irineo Rauda, fueron los que dieron un nuevo rumbo a la nación, los que ofrendaron su vida por la libertad y la justicia. Quizá el error de los científicos –los intelectuales que gobernaban con Porfirio Díaz– fue haber esperado demasiado tiempo antes de convencerse de que no se puede gobernar sin el pueblo.
Tomado de: La otra historia de México, Armando Fuentes Aguirre “Catón”.