EL-SUR

Miércoles 26 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

El Peje, ave de tempestades

Jorge Zepeda Patterson

Agosto 01, 2005

Hugo Sánchez, Arnold Schwarzenegger y López Obrador tienen algo común. A nadie dejan indiferente. Son aves de tempestades que inspiran pasiones a favor o en contra. Son la pluma de vomitar de sus detractores; son orgullo y fuente de fervor de sus seguidores. Pero Schwarzenegger y Hugo Sánchez no quieren ser presidentes de México (espero), López Obrador sí. Y eso seguramente dividirá a los mexicanos en los próximos meses.

La controversia es notoria ya desde ahora cuando se trata de evaluar su gestión al frente del Distrito Federal. López Obrador es populista y demagógico, según unos. Para otros, en cambio, es un político que intenta promover obra y ayudar a los pobres. Lo cierto es que ambos bandos podrían tener la razón. Su gestión estuvo plagada de claroscuros.

Comencemos por los claros. Nadie puede decir que El Peje sea perezoso. Su gestión fue hiperactiva, casi febril. Comparada con la parálisis que exhibió el gobierno federal, destaca la cantidad de programas y obra realizada. Resultaría imposible evaluar la calidad y pertinencia de cada una de estas obras, en los límites de este espacio. Pero la sola mención de la lista habla de un esfuerzo ejecutivo notable: la remodelación del centro de la ciudad, los segundos pisos, el subsidio a los ancianos, las verbenas del Zócalo, los sorteos de transporte público, el Metrobús, las becas de desempleo, el rescate de Chapultepec, la fundación de la Universidad de la ciudad de México y las preparatorias populares, el préstamo de libro en el metro y la entrega de útiles escolares, el programa de créditos para la remodelación y construcción de viviendas, el proyecto de salud popular.

Se puede cuestionar el resultado final de algunas de éstas acciones; pero no puede acusársele de que no “intentó los cambios”. Fueron programas aplicados, con beneficiarios e impactos específicos, lo cual contrasta con muchas de las promesas de Fox que quedaron en meros buenos deseos. Para algunos sectores de clase alta y clase media todas estas acciones puede parecer meros esfuerzos demagógicos. Pero no hay que perder de vista que para muchos habitantes de menos recursos la posibilidad de una plaza en la Universidad de la ciudad de México o un cheque de casi 700 pesos de la pensión de anciano, constituyen una diferenta significativa. Sin embargo, el impacto va más allá de estos efectos inmediatos. Resulta aún más significativa la percepción de la población de escasos recursos de que alguien intentó gobernar para los pobres.

López Mateos (1958-1964) fue el último mandatario que podría haber sido considerando como un “presidente de los pobres” (hablo de percepciones, no necesariamente de resultados). Fox puede atribuirse virtudes como mandatario respetuoso de la democracia y del ejercicio no autoritario, pero difícilmente podría decirse que dirigió un gobierno en favor de los sectores desprotegidos. Justamente esa es el gran talento de López Obrador.

Los oscuros no son cosa menor. López Obrador ha cometido muchos errores políticos a lo largo de su gestión. Oponerse a la magna marcha ciudadana del silencio, que protestaba en contra de la inseguridad, fue de una insensibilidad inexplicable. Su reacción tibia y a la defensiva en el caso de los video escándalos que exhibían la corrupción de dos de sus funcionarios es imperdonable políticamente. La puesta en marcha apresurada del Metrobús antes de terminar la obra, por simple vanidad, neutralizó buena parte del impacto y del beneficio para la población. Y si bien resulta evidente que sus adversarios inflaron el caso de El Encino para orquestar el desafuero, también es cierto que López Obrador pudo atajarlo cuando apenas era un incidente administrativo y no lo hizo por descuido o soberbia. Es también un error confrontar la campaña de televisión que muestra a Talina Fernández y a una víctima de secuestro acusando a las autoridades. Tiene razón El Peje en mostrar suspicacia porque se trata de una campaña nacional pero sólo se refiere al secuestro en la ciudad de México y, por ende, los reclamos van dirigidos a su persona (a pesar de que los secuestros en Morelos, Veracruz o el estado de México son tan alarmantes o más que en el DF). Sin embargo, el Jefe de Gobierno equivocó su argumentación al acusar a los testimonios de alarmistas y contraproducentes, en lugar de referirlos a un fenómeno nacional.

Parte de estos errores resultan del afán de aprovechar políticamente las obras efectuadas. Es innegable la importancia del trabajo realizado, pero también es innegable que ha habido un uso demagógico de esta obra. En eso López Obrador no sería distinto de cualquier otro político en precampaña.

Pero en cambio hay otro tipo de equivocaciones totalmente innecesarias. Muchos de los problemas arriba señalados derivan simplemente de la personalidad de El Peje y no de errores de cálculo. Hace tanto tiempo que combate a la defensiva, en contra de algo o alguien, que no parece entender la política de otra manera. Desde sus tiempos de activista en Tabasco, sus movilizaciones en el pacto ribereño o en contra de los fraudes electorales, López Obrador ha hecho política a contrapelo de fuerzas más poderosas. En ese sentido, su impresión de ser objeto de un “complot” no es una táctica sino una convicción que resulta de haber sido en muchas ocasiones víctima de las maquinaciones del poder.

El balance de la gestión de López Obrador es un fiel reflejo de su personalidad. Es un líder de equipos con gran capacidad de realización; es un político profesional pero muy condicionado por la confrontación; su identificación con los intereses de los pobres es auténtica pero es aún más leal con sus ideales y proyectos. El balance de su gestión es distinto al de cualquier otro gobernador. Representa la vía hacia el cambio por una ruta distinta. Muchos se espantan y otros se entusiasman. A nadie deja indiferente. Y con razón.

 

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