EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

El pendiente de una revolución ética

Jesús Mendoza Zaragoza

Noviembre 30, 2020

Un fruto inmediato de la “guía ética” que promueve el gobierno federal, podría ser el impulso de una reflexión colectiva para recuperar el alma de nuestro México, tan deteriorada por una historia tan difícil, por una economía excluyente, por la violencia que aún engulle a muchos mexicanos y por la apatía cultivada desde la política.

El gobierno federal acaba de publicar su Guía ética para la transformación de México, que incluye 20 puntos con principios, valores y normas. Con esta guía, el gobierno busca establecer un respaldo ético al proyecto de transformación, en el que se ha “propuesto erradicar la corrupción, construir un Estado de bienestar y de derecho y heredar un país libre, democrático y soberano, en el que la política se oriente por el principio del servicio a los demás y en el que el desarrollo no deje fuera a nadie”. En principio, es un acierto el hecho de poner énfasis en la dimensión ética de la vida pública y de la convivencia social, describiendo los valores que se desean promover.
De hecho, la cuestión ética ha sido una asignatura pendiente en la historia de México. El desarrollo de la economía y sus principales protagonistas han rechazado sistemáticamente cualquier consideración ética alegando que “negocios son negocios” y deslindando las actividades económicas de cualquier sentido social. Y en cuanto a la práctica política, prevalecen condiciones desastrosas al colocar el poder como un absoluto sin referentes éticos.
En la sociedad tenemos claroscuros y graves contradicciones que tienen un componente ético. La violencia, la indiferencia social, la complicidad en la corrupción y en la impunidad, el individualismo y la insolidaridad son ámbitos en los que la sociedad manifiesta carencias éticas de fondo. Y, por otro lado hay segmentos sociales en los que se dan iniciativas de gran generosidad, de solidaridad y de servicio hasta el heroísmo.
Hay que insistir en que las transformaciones sociales requieren de una transformación cultural que incluye una ética, así como una visión de la historia y una filosofía de la vida, para sostener a largo plazo dichas transformaciones. Una nueva política y una nueva economía solo pueden sostenerse sobre una nueva cultura, impregnada de valores para generar actitudes y conductas, no impuestas desde fuera mediante las leyes o las instituciones, sino nacidas de las convicciones personales y comunitarias. Por ejemplo, el respeto a la ley tiene que llegar a ser un factor cultural necesario para mejorar las condiciones de vida en nuestro país.
Es preciso tomar en cuenta, a propósito de esta “guía”, la no neutralidad de la ética, que en la práctica puede estar representando intereses, implícitos o explícitos, de grupos o de instituciones de cualquier índole. Son diferentes los valores que promueve una empresa trasnacional o una empresa social y solidaria, o un gobierno, o una universidad, o una iglesia. La ética que promueve cada actor social, político o económico privilegia valores o supuestos valores a la vez que margina o desecha otros valores o supuestos valores.
Este es un límite que hay que considerar siempre. Incluso, la manera de entender o de conceptualizar dichos valores suele ser muy diferenciada ya en la práctica. Un ejemplo muy concreto lo tenemos en el valor de la sostenibilidad, comprendido de una manera por las trasnacionales y por los gobiernos de otra muy diferente por los pueblos originarios. Todos dicen ser sostenibles en el cuidado del medio ambiente, pero las prácticas dan resultados tan diferentes.
Esta “guía” puede dar lugar a un proceso de diálogo y de profundización ética con una gran participación social que, de manera pedagógica, impulse la reflexión y la asimilación de los valores que queremos imprimir en la vida del país desde diferentes lugares. Una guía que viene desde el gobierno puede provocar otras visiones éticas desde otros lugares: desde las universidades, desde las comunidades indígenas, desde las organizaciones empresariales, desde las iglesias, desde los movimientos feministas, desde las organizaciones sociales, en fin, desde las perspectivas de todos. Lo valioso sería la sensibilización y la profundización colectiva acerca de la dimensión ética de la vida y de la necesidad de generar cambios que pongan condiciones de vida para el bien de todos. Y, derivado de esto, pueden surgir nuevas síntesis éticas asumidas y asimiladas por todos.
Por otra parte, el país tiene la mejor herramienta para la transformación de las conciencias, que aún no se valora lo suficiente: la educación. Es la educación la que puede inducir la transformación de las personas mediante procesos pedagógicos, para sostener las transformaciones sociales, políticas y económicas que necesitamos los mexicanos. La educación incursiona en el ámbito cultural, donde se elaboran principios de vida, valores y actitudes para construir personas sanas, solidarias y responsables.
La ética, aunque incluye una doctrina, no entra por el camino del adoctrinamiento. La ética se arraiga en el espíritu humano, que es el territorio de los valores y de los principios de vida. Es el territorio tan descuidado por todos, que necesita ser recuperado desde diversas perspectivas. Un fruto inmediato de la “guía ética” gubernamental, podría ser el impulso de una reflexión colectiva para recuperar el alma de nuestro México, tan deteriorada por una historia tan difícil, por una economía excluyente, por la violencia que aún engulle a muchos mexicanos y por la apatía cultivada desde la política.
De que necesitamos despertar la dimensión ética de la vida pública, sí. Espero que no nos quedemos solo en pronunciamientos. Se necesita el coraje para hacer este camino de la recuperación ética, que levante nuestra identidad nacional y nos abra caminos de verdadero desarrollo para todos, sin exclusión alguna.