EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

El peor de los escenarios

Humberto Musacchio

Enero 19, 2017

La llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos abre una etapa de incertidumbre mundial y de grandes retos para México, lo que debe entenderse como la oportunidad de retomar viejos y olvidados valores de nuestra política exterior y de asumir que la extrema dependencia de otra nación conduce a un callejón sin salida.
Hasta ahora no se ha visto que el gobierno mexicano se proponga la reelaboración de la política respecto de Estados Unidos y, para desgracia nuestra, se apuesta por la sumisión como la mejor manera de entenderse con el gigante del norte. Prueba lo anterior el nombramiento de Luis Videgaray como canciller, pese a que –según confesión propia– no tiene la más remota idea de la responsabilidad que implica ser secretario de Relaciones Exteriores.
Es absurdo que Donald Trump modifique su actitud hacia México mediante una Cancillería-tapete, parte de un gobierno mexicano débil, sin ideas, sin brújula ni apoyo popular y, para colmo, representante de un Estado cuyas instituciones se hallan en franca descomposición.
La respuesta a las bravuconadas de Trump no pasará de una retórica tibia e intrascendente, con llamados a una improbable unidad nacional. La prometida deportación de indocumentados agravará el problema del desempleo y, por consecuencia de la inseguridad. La única respuesta que se antoja viable, si se tienen las agallas para adoptarla, es la legalización de la mariguana y quizá de otras drogas, por supuesto con un proyecto que cree un monopolio estatal de la producción y venta nacional de las sustancias hoy prohibidas y una mezcla de estímulos y presiones que orille a las mafias a invertir sus fortunas en actividades productivas y legales. Eso es precisamente lo que hizo Franklin D. Roosevelt en 1933, de modo que no sería algo nuevo, y podrían generarse empleos suficientes para paliar los efectos de la deportación masiva.
Por supuesto, habrá que negarse en todos los tonos a pagar por la construcción de un muro fronterizo. La sola mención del asunto es agraviante para México, aunque cabe recordar que gobiernos “amigos”, como el de Obama, han construido varios kilómetros de la cerca en los límites entre ambos países y que al presidente saliente le debemos la deportación de casi tres millones de mexicanos. Dicho de otra manera, los problemas migratorios van a continuar, pero ahora agravados por un racismo feroz y un inmenso  desprecio por los mexicanos.
Ante ese panorama, tal vez convenga abrir más la frontera sur, propiciar el tránsito de migrantes hasta la frontera norte y dejar de hacerla de policía a favor de los vecinos. No está en manos del gobierno mexicano impedir el flujo de peregrinos, lo que aconseja dejar la solución en el país de destino.
Si como ha prometido, el flamante mandatario decide terminar con el Tratado de Libre Comercio, México tendrá que replantearse el camino seguido en los últimos decenios en materia de comercio exterior. La solución no está, como se ha sugerido, en vitalizar otros tratados e instrumentos de libre comercio.
De acuerdo con Arnulfo R. Gómez, quien le sigue la pista al funcionamiento de estos instrumentos de intercambio internacional, entre 1993 y 2015, los tratados de libre comercio firmados con 33 países le generaron a México un déficit de 577 mil 784 millones de dólares, a lo que se suma la desgravación unilateral dictada por nuestros gobiernos con países con los que no tenemos tratados de libre comercio, hecho que generó a su vez un déficit de 934 mil 312 millones de dólares, “ya que prevaleció el esquema de importar para exportar con reducido y decreciente valor agregado”.
A la luz de estos hechos, resultaría suicida seguir el mismo camino, por muy grandes que sean los compromisos políticos de nuestros gobernantes neoliberales. Lo aconsejable, en vista del proteccionismo que impulsa Donald Trump, es que México se repliegue sobre sí mismo y confíe en sus propias fuerzas. Se puede argumentar que la historia marcha en sentido contrario, como muestra la inmensa apertura internacional de los últimos años, pero todo indica que se trata de un ciclo que está por cerrarse y que terminará inevitablemente si Trump convierte sus amenazas en realidades.
En cualquier caso, el actual gobierno mexicano saldrá perdiendo, pues huérfano de los apoyos de Washington y sin respaldo popular interno, carece de fuerza para negociar. El escenario no puede ser peor.