EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

El Plan Municipal de Desarrollo para Zihuatanejo Cómo producimos. Qué hacer.

Silvestre Pacheco León

Septiembre 09, 2006


(Segunda de tres partes)

Dice el Plan Municipal de Desarrollo (PMD) que la pérdida de dinamismo del sector primario, (principalmente del agrícola), se registra como respuesta a factores que van desde las condiciones geográficas del municipio hasta la propia política sectorial del país que ha dejado de considerar a la agricultura como el motor del desarrollo.
En realidad, la agricultura hace mucho tiempo que dejó de ser la actividad predominante en el municipio, pero más por el efecto del turismo que por las limitaciones geográficas.
Es cierto también que el desarrollo turístico de Ixtapa y Zihuatanejo se produjo a pocos años de que se declaró agotado el modelo de sustitución de importaciones, también llamado de desarrollo estabilizador.
Es a finales de la década de los sesenta cuando la agricultura deja de abastecer con materias primas baratas a la industria, que crece sobreprotegida y subsidiada mediante el abaratamiento de los alimentos procedentes del campo. Los industriales mexicanos se beneficiaron pagando salarios baratos a sus trabajadores porque el poder adquisitivo les permitía el abasto de las despensas familiares.
Pero en el municipio esta realidad nacional nunca pasó. La agricultura fue de subsistencia y la producción de autoconsumo en un lapso breve, apenas después de la época revolucionaria. Las grandes haciendas porfirianas de la costa ocupaban el suelo en la ganadería al libre pastoreo y en la agricultura comercial. La explotación de la madera en la zona rural del municipio ocupó toda la primera parte del siglo XIX. Ese era el papel asignado a la zona costera. El ajonjolí estaba dirigido a la exportación, aunque los beneficios fueron acaparados siempre por las grandes casas comerciales establecidas en el puerto de Acapulco.
Después de la revolución los campesinos convertidos en ejidatarios se abocaron al establecimiento de las huertas de cocotero cuyo producto también iba dirigido al mercado mundial, entonces con precios al alza por efectos de la primera y segunda guerra mundial. Después, la globalización produjo todo lo que mejor saben los copreros: la producción de las palmeras de la costa africana compitió con ventaja y llevó a los productores costeños a la quiebra y a tal grado que muchos ven como una desgracia los palmares creciendo en sus huertas abandonadas.
Hay que distinguir también entre la franja costera y la sierra, zonas que tuvieron crecimientos dispares. La agricultura que se desarrolló en la sierra fue siempre pobre y nunca competitiva. Esa situación se agravó por la falta de caminos. Cuando los hubo se abrió para el municipio otra realidad creada por el turismo.
Por lo tanto, la agricultura en el municipio nunca vivió ningún dinamismo ni podía ser motor de ningún desarrollo. Los subsidios tampoco se han planteado como factor capaz de dinamizar el sector.
Desde hace muchos años la realidad se ha encargado de desmentir la afirmación de que la mayoría de las familias campesinas sobreviven gracias al cultivo de granos. Eso no sucede principalmente porque resulta incosteable producir una tonelada de maíz con peones que cobran un salario diario que oscila entre 100 y 200 pesos gracias al impacto del turismo. Hace años que los campesinos se han rebelado ante esa realidad que les hace producir en 5 pesos el kilo de maíz que pueden comprar a 2 pesos.
Los datos frescos que refuerzan el planteamiento hablan de una superficie agrícola en el municipio de 13 mil hectáreas de las cuales apenas se cultiva un poco más de la mitad.
Si no entendemos esta realidad nunca se podrá plantear con seriedad el problema de la vida rural.
“Las actividades productivas en el campo no giran en función de lo que el mercado demanda” se afirma en el PMD, y lejos de entrar a debatir sobre la veracidad de tal afirmación, simplemente expongo los hechos: fuera del dato oficial que se reporta para la producción de maíz con cifras increíbles de 11 mil toneladas en el 2004, que hablan de una producción promedio de 2 toneladas por hectárea (díganme dónde las siembran), todos los demás cultivos cíclicos y perennes como el sorgo para engordar becerros, la sandía, jitomate, chile, y el coco, café, naranja, mango, tamarindo papaya y mezcal, todos ellos están pensados y trabajados precisamente para el mercado. Lo dramático es que esas actividades productivas son resultado de las políticas oficiales impulsadas desde el gobierno.
No hace mal recordar que fue a través del Banco Rural, con las líneas de crédito barato como incentivo, que los productores pensaron en el gran negocio de plantar marañonas en sus playas con el ofrecimiento de que tendrían seguro el mercado. Eso pasó también con los tamarindos, los cocoteros y ni se diga los mangos, en variedades cuyos nombres denotan la matriz de esas políticas.
Por otra parte, el gobierno municipal sostiene que esa realidad en el campo provoca también la “inoperancia de las organizaciones campesinas” aunque por otro lado afirma que las organizaciones son materia que abunda en el municipio.
Pero más bien la situación de debilidad del sector es concomitante con la falta de fortaleza de esas organizaciones que, de otro modo, serían robustas y vanguardistas.
La interpretación del problema de la ganadería en el municipio no anda mejor. Se afirma por ejemplo que la actividad pecuaria “sólo abastece el mercado local” y que eso sucediera en la realidad no tendría por qué ser un hecho negativo. El problema resulta grave porque, insisto, los ganaderos están a merced de los intermediarios y, de algún modo, los subsidios que reciben los productores benefician directamente a los acaparadores.
El problema de la baja rentabilidad del sector tiene que ver con las viejas prácticas extensivas de la ganadería pero también y principalmente porque el suelo no es apto para esa actividad. En ese sentido los productores ganaderos son héroes en el mantenimiento de sus hatos porque lo hacen en las condiciones más increíbles.
Los datos que contradicen la afirmación oficial de que sólo una mínima parte del hato ganadero municipal “cuenta con pasto cultivado” nos habla de una superficie de pastos inducidos que hace dos años sumaron casi 52 mil hectáreas en las que se mantienen los casi 40 mil ejemplares de ganado bovino que se crían en el territorio municipal.
La producción de carne con ese hato ganadero apenas significa menos de 2 toneladas diarias de carne ofrecidas al mercado local.
Qué hacer en el PMD
El gobierno municipal se propone atacar esta realidad desarrollando una infraestructura productiva diversificada, vinculada con el turismo para aprovechar todo el potencial productivo del municipio.
Eso se complementaría con la capacitación y organización de los sujetos de las políticas dirigidas al medio rural, pues son ellos los primeros en necesitar una visión clara de su realidad para actuar en consecuencia. La importancia de esto es tan evidente que mientras dicho objetivo no se logre, cualquier iniciativa proveniente del gobierno se verá como una imposición cuyos resultados reproducirán los mismos vicios del pasado.
Antes de consolidar la producción de hortalizas en el municipio, se debe pasar por la validación de esos cultivos entre los productores, pues debemos entender que aún están en la fase del entrenamiento.
El gobierno también se plantea como objetivo “abatir el intermediarismo” lo cual solamente se hará posible con la fuerza de los productores organizados.
El subsidio que recibe el campo por la vía de regalar el fertilizante químico está afectando ahora una de las fortalezas del campo azuetense, me refiero a las ventajas de certificar los productos que tradicionalmente se cultivan sin productos químicos para comercializarlos como orgánicos, pues todos pueden tener amplio mercado en el turismo. Lo que planteo es la necesidad de parar la política de subsidios en fertilizantes químicos para dejar de contaminar el suelo y el agua, para impulsar una propuesta de cultivos orgánicos a partir de las plantaciones perennes ya establecidas, pero no sólo esas. En el mercado de los orgánicos se abre la perspectiva para el coco, el mango, el café, tamarindo, papaya, naranja y mezcal. Si se registran productores interesados en la diversificación, debe retomarse la experiencia del jengibre, el noni, las gladiolas; el jitomate, la sandía, los pepinos criollos y ahora los productos en conserva como los duraznos, las guayabas, el coco, el arrayán.
La locomotora que encabece y arrastre al sector deben ser los productores organizados y capacitados y el gobierno debe jugar el papel de facilitador en el proceso.