EL-SUR

Miércoles 26 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

El PRD y el candidato incómodo

Jorge Zepeda Patterson

Febrero 14, 2005

 

 

El fortalecimiento del PRD es una buena noticia en aras de un mercado electoral más sano. Pero habría que pedir al partido del sol una mayor responsabilidad con su nuevo capital político, particularmente por lo que toca a sus dudosas alianzas electorales. Los candidatos elegidos en Guerrero y en Quintana Roo ilustran perfectamente, como el cielo y el infierno, lo que beneficia al partido y lo que le envilece.

Pero primero repasemos porque el resurgimiento del PRD, con sus triunfos en Baja California Sur y Guerrero, constituye una buena noticia.

La primera consideración es que quedó atrás el fantasma del bipartidismo. Esto es vital para el fortalecimiento de la democracia. Ha habido ocasiones en que el PRD se ha rezagado tanto frente al PRI y al PAN, que se ha dicho que México podría encaminarse a un esquema bipolar similar al estadunidense. Entre 1994 y 1997 el PRD sólo tenía 55 diputados en la Cámara, mientras que PRI y PAN rondaban los 200. En las elecciones del 2000 Cárdenas obtuvo menos de la mitad de los votos que Fox o Labastida. Han sido momentos en que el PRD ha estado a punto de entrar en una espiral en descenso, pero de alguna forma ha logrado recuperar su impulso.

Y eso es bueno para el país. El bipartidismo sería una pésima fórmula, entre otras cosas por la enorme desigualdad social. El PAN ha hecho una contribución clave para la democratización del país gracias a su constante trabajo electoral a lo largo de décadas. Pero nadie puede pretender que el PAN sea el partido de los pobres o atribuirle una obsesión por los temas de injusticia social. El grueso de sus clientelas se origina en los sectores medios, preferentemente urbanos. En Guerrero y en Baja California el PAN no pasó de 8 por ciento de la votación. Si no existiera el PRD, el PRI seguiría siendo un partido monopólico en amplias zonas del país.

Y si el PAN no es el partido de los pobres, sería un error considerar que las reivindicaciones de los desposeídos puedan estar representadas por el PRI de Madrazo. Si bien el tricolor tiene raigambre en los sectores populares, el grueso de la población de bajos ingresos cuestiona al partido que en buena medida es responsable de la desigualdad crónica y estructural.

Así pues, si no existiera el PRD o su equivalente, habría que inventarlo. No podemos permitir que la mitad de la población del país, la que vive por debajo de los niveles de pobreza, carezca de una representación de sus intereses en el mercado político. El riesgo para las instituciones democráticas sería inmenso. De hecho, sería una falsa representación institucional; una oferta partidista esquizofrénica, desvinculada de la realidad social.

En teoría el PRD enarbola las banderas de estos amplios sectores sociales. Es harina de otro costal evaluar en qué medida el partido del sol está logrando que esos sectores lo reconozcan como la plataforma de sus intereses. Eso depende de la eficacia de la gestión política y de la lealtad a sus principios. Al margen de los videoescándalos y las interminables guerras fratricidas entre sus tribus, que tanto lo dañan, el partido ha estado cruzado entre sus ganas de aumentar sus votos a costa de lo que sea y le necesidad de mantener congruencia con su plataforma.

Justamente allí entra el delicado asunto de los candidatos electorales. Zeferino Torreblanca, el ahora gobernador electo de Guerrero por el PRD, es un empresario metido en la política sin preocupaciones ideológicas de izquierda, pero tampoco de derecha, y mucho sentido práctico para hacer un gobierno eficiente (ex alcalde de Acapulco).

Todo lo contrario al caso de Quintana Roo. Juan Ignacio García Zalvidea, Chacho, fue diputado por el PAN y luego alcalde de Cancún por el partido verde. Antes de eso fue conocido por su vinculación a los legionarios de Cristo y a las causas de Pro Vida. Su incursión en la política hicieron de él y de su hermano hoteleros multimillonarios (éste último fue a la cárcel por fraude). Durante su gestión en Cancún vació las arcas en apoyo de su candidatura al gobierno estatal. Ha ejercido un populismo de derecha, seudo católico, amparado en su locuacidad campechana y su inclinación a despilfarrar dinero en verbenas populares. El PRD lo convirtió en su candidato pese a que ideológicamente representa todo lo que el partido debería rechazar.

Hoy Chacho recorre Quintana Roo en protesta por lo que considera un fraude electoral, pese a que perdió por 7 puntos porcentuales (34 contra 41). Es el candidato incómodo. A nivel nacional, el PRD aparece como un mal perdedor pues le fueron reconocidos dos de las tres gubernaturas en juego ese domingo y pese a ello protesta una elección “improtestable” en la que todas las encuestas anticipaban su derrota.

La marcha del berrinche de Chacho desgasta la imagen del partido ante la opinión pública. Quita legitimidad a la movilización inminente que el PRD se propone realizar para combatir el posible desafuero de López Obrador.

Lo cierto es que los triunfos recientes y el peso de El Peje hacen del PRD una opción electoral formidable en el futuro inmediato. Ello a condición de que el partido neutralice a su peor enemigo, es decir, a sí mismo. Ello a condición de que aprenda de la moraleja de Quintana Roo. El PRD no puede seguir haciendo alianzas irresponsables en las que por un puñado de votos debilita su capital político y traiciona sus banderas sociales.

 

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