Ángel Aguirre Rivero
Septiembre 12, 2025
Nací y crecí políticamente en el PRI, y por más críticas que ha recibido y que hoy se le puedan hacer, siempre sentiré orgullo de haberme formado ahí. Era otro tiempo, distinto al de ahora, cuando dentro de sus filas convivían voces diversas y hasta contradictorias. Yo elegí seguir la corriente de avanzada, aquella que muchos identificaban con la izquierda, donde militaban hombres que marcaron época: Cuauhtémoc Cárdenas, Carlos Madrazo, Porfirio Muñoz Ledo, Enrique González Pedrero, Alejandro Cervantes Delgado –mi maestro y mentor–, José Francisco Ruiz Massieu y Luis Donaldo Colosio.
En esas filas me hice político, con disciplina y pasión.
Fui dirigente estatal del PRI en mi estado, y ha sido una de las experiencias más formativas en mi vida política. Ahí coincidí con mi querido amigo Héctor Astudillo, quien ocupaba la dirigencia municipal del PRI en Chilpancingo, y con otro joven a quien guardo especial estima, Alejandro Bravo, quien presidía el comité municipal de Petatlán, su tierra natal y que hoy ocupa la dirigencia estatal del partido.
Aquellos años fueron una escuela de vida, una etapa en la que entendí que la política es también destino, y que nadie camina solo.
Al PRI se le podrán hacer todas las críticas que se quieran, pero nadie podrá negar que fue el partido que creó las grandes instituciones de nuestro país, baste recordar: el Banco de México, la UNAM, el Politécnico, Pemex, CFE, Seguro Social, el ISSSTE, los grandes hospitales de especialidades como Cancerología, Siglo XX, Pediatría, Oftalmología y muchos más.
En el campo de la cultura, los libros de texto gratuitos, Instituto de Antropología e Historia.
Fue el PRI quien estableció la red de infraestructura carretera y aeroportuaria más importante de nuestro país, y quien impulsó los destinos turísticos de Acapulco, Vallarta, Ixtapa, Los Cabos, Cancún, entre otros.
México no se descubrió ayer como algunos creen.
Pero en la memoria también se guardan las sombras. Estuve ahí cuando el partido comenzó a ensombrecerse con la corrupción, los excesos de algunos líderes como La Quina, el Negro Durazo. En los gobiernos del PRI florecieron los grandes capos como Miguel Ángel Félix Gallardo, los Arellano, El Chapo… y la violencia echó raíces.
Fue un partido que usó y abusó del clientelismo de los programas sociales y la obra pública como hoy lo hace Morena. Vi también de cerca la cerrazón que caracterizó a algunos grupos y que le costó la confianza de la gente. Como cuando me negó la candidatura a gobernador en Guerrero cuando la gente me apoyaba mayoritariamente.
El fraude de 1988 fue un parteaguas: encendió la mecha de la descomposición y muchos de los mejores se fueron. Antes vino la debacle económica con López Portillo, la grisura de Miguel de la Madrid, la etapa del salinismo que abrió puertas a la modernidad a través del Tratado de Libre Comercio que hoy nos define, pero dejó abiertas también las heridas de la desigualdad, donde hubo persecución política a la izquierda, en especial de Guerrero. Y heredó un país sumido en una pobreza que nunca supieron resolver. México es un país rico, pero empobrecido, y eso genera un malestar social que no tiene fin.
En ese contexto llegó Ernesto Zedillo: graduado como economista y doctorado en una universidad extranjera, frío, cerebral, no proclive a las multitudes. La desconfianza de los militantes hacia él era correspondida: Zedillo pensaba que el PRI era poco democrático, dispendioso, demasiado vertical y burocrático; en una palabra, no lo quería. Con el magnicidio de Luis Donaldo Colosio se derrumbó la posibilidad de que el PRI, transformado y revitalizado, prolongara su predominio entrando al nuevo siglo. El segundo momento lo constituyó el alejamiento inmediato —algunos dirían el rompimiento— de Zedillo con el partido que lo llevó al poder. El tercero fue el crimen de José Francisco Ruiz Massieu, que exhibió la descomposición del poder en sus más altos niveles, como bien lo señala Ignacio Pichardo en su libro Triunfos y traiciones.
Cuando mataron a Colosio, mataron también al PRI que todavía podía reformarse. Él entendía que había que cambiar de raíz, romper los viejos moldes, reconciliar al partido con el pueblo. Su voz sigue presente: “Veo un México con hambre y sed de justicia”. A él y a José Francisco Ruiz Massieu, otro visionario que también asesinaron, les arrebataron la oportunidad de transformar al PRI desde dentro. Esa fue la estocada que selló el fin de una era.
Hoy miro atrás y sé que el PRI atraviesa su peor momento. Quizá, en el futuro, nuevos liderazgos encuentren la fuerza para levantarlo. Yo, por mi parte, me quedo con los recuerdos, con el orgullo de haber pertenecido a ese partido que formó a mi abuelo, a mi padre y a mí mismo.
Hace poco, en Acapulco, un periodista me preguntó si habría un acercamiento con Morena. Le respondí con claridad: no. No militaré en ningún otro partido. He decidido mantenerme al margen del proceso electoral que se avecina. La política, lo sé bien, es cíclica: sube, baja, y vuelve a empezar.
Yo me quedo con lo mejor del PRI, con la memoria de aquel PRI que construía instituciones, que soñaba con un país más justo, aunque nunca logró alcanzar ese sueño. Me quedo con los rostros, con las voces, con los ideales de quienes ya no están. Y me quedo también con la certeza de que, a pesar de las derrotas y las sombras, valió la pena haber sido parte de esa historia.
La política es así: blanco y negro, luces y heridas. Al final, lo único que permanece son las definiciones personales. Y la mía es sencilla: me quedo con lo mejor de lo que fui y con la nostalgia de los tiempos que ya no volverán.
Del anecdotario
Rubén Figueroa Alcocer tomó el teléfono en mi presencia para decirle al entonces presidente del Comité Ejecutivo Nacional del PRI, Ignacio Pichardo Pagaza:
–Nacho, te quiero pedir que hagamos el cambio de la dirigencia estatal del partido en Guerrero. Te propongo al diputado Ángel Aguirre Rivero.
Intuí que no tuvo objeción, solo que le sugirió correrle la cortesía a José Francisco Ruiz Massieu, quien fungía como secretario general, lo que advertí no le agradó al gobernador en turno.
–¿Y por qué tengo que hablarle a José Francisco? –dijo Figueroa, un tanto alterado. Las formas ya cambiaron en el partido. El gobernador es el que propone y punto.
Colgó el teléfono de manera brusca.
Ya más relajados, le pedí a Rubén que me permitiera visitar a José Francisco, quien había sido mi jefe. Su respuesta fue seca:
–Pues hazle como tú quieras –me dijo.
–¿Pero tengo tu autorización? –insistí.
–Adelante –me contestó.
Al siguiente día, a las 12 horas, José Francisco me recibió en sus oficinas de manera muy cordial y cálida.
–Hola Ángel –me dijo–, ¿que quieres ser el dirigente del partido?
–Pues en esas ando, mi querido Pepe.
De inmediato subimos a las oficinas de Nacho Pichardo, quien era el presidente del Comité Nacional, para decirle:
–Mira, Nacho, te vengo a presentar a quien será nuestro nuevo líder del partido en mi estado. Es un joven que yo formé, fue mi secretario de Desarrollo Económico y del Trabajo, y lo impulsé para ser diputado federal.
–¡Magnífico! –dijo Nacho, a quien yo ya conocía de años atrás.
Al despedirnos, me dice José Francisco:
–No te vayas, quiero que me acompañes a una comida que se va a servir en la explanada.
Para mi sorpresa, me invitó a que compartiera la mesa donde se encontraba él y la dirigencia nacional.
A los pocos minutos recibí una llamada en mi celular. Se trataba del gobernador Figueroa.
–¿Qué pasó, Rubén? –le contesté.
–Solo quiero que te quede claro que si llegas a la dirigencia del partido es por mí, y no por José Francisco.
–Me queda más que claro, mi querido gobernador –le respondí.
–¿Qué te dijo José Francisco?
–Pues te manda saludos y me comentó que a ver cuándo desayunan.
–¿Eso te dijo? ¿Seguro?
–Sí.
–¡A toda madre!
La política es así.