Federico Vite
Junio 03, 2025
Tal vez conozca a Patrick McGrath por algunos de los títulos que enlisto: The grotesque (1989), Spider (1990), Port Mungo (2004), Trauma (2008) y Constance (2013). Las novelas mencionadas poseen una estupenda manufactura, una hondura psicológica envidiable y las considero esenciales para todo aquel que esté interesado en la narrativa gótica moderna. Así que después de haber entregado a sus lectores tantos libros estupendos, es de una curiosidad enorme leer sus cuentos: Blood and water and other tales (1989). El problema, si es que hay alguno, es que encontré la versión en italiano. Y descubrí, con sorpresa, que los textos en este volumen muestran que el mundo interno de McGrath está reunido en los trece cuentos que integran Acqua e sangue (Traducción del inglés al italiano a cargo de Alberto Cristofori. Italia, Bompiani, 2004, 203 páginas).
Pero lejos de reseñar cada unidad narrativa, me gustaría exponer que el molde de estos cuentos es moderno. Dista mucho de aquellas exigencias en las que el autor de este género narrativo debe sorprender al lector al final del texto. A Patrick le interesan otras cosas, es decir, lejos de que el objetivo sea asustar, construye tramas que cambian el tono de los usuales relatos tenebrosos. Lejos de consumarlos en la estética de un canon, McGrath se permite el uso del humor como un recurso que refresca el ceño de lo que se considera un molde añejo. Me refiero a los textos que sólo buscan asustar con presencias espectrales u hondos giros de la trama. A contracorriente de esta tesis, McGrath apuesta por el humor, por lo acuciante, por lo sobrenatural y lo siniestro para organizar las tramas de las historias. Se permite crear sin parangones y usa el cuento para desarrollar formas expresivas mucho más interesantes, artefactos que lo alejan de un requisito de género y lo aproximan a nuevos horizontes. Por ejemplo, de los trece cuentos de Acqua e sangue uno me parece extraordinario, no por el tema, sino por la frescura con la que transmite el conflicto interno del protagonista. En Victor bibulus, el pintor Jack Fin tiene una extraña visión del muelle de su barrio. Un buen día se emborracha y se lanza al río. Es una noche fría y rebosante de neblina. No sabe por qué, pero se avienta al agua. Está nadando, pero no sabe para qué. Logra salir del río. La vida continúa, él sigue viviendo en un cuarto sucio, viejo; sigue emborrachándose y pintando. Una noche, un joven prostituto muy alegre y jovial, le pide un cigarro.
“Ey, jefe”, dice, el muchacho acercándose al banco. “¿Por qué te has dado un baño en el río?”.
“No lo sé”, responde Jack, dándose la vuelta. “Estaba borracho, creo”.
“Lo he visto… Sí. Lo he visto entrar al río. Y he pensado: ¡aquel está loco!”.
“Sí, propiamente un loco”, confirmó Jack.
“Ey, jefe”, dice al final, “¿eres un artista o algo parecido?
“Sí…”.
El muchacho pierde interés. “Ah, un artista”, dice y se dirige a la rocola. Jack reinicia el camino hacia su fantasía y extingue sin dificultad la breve llama que encendió cuando estaba hablando con el joven. Volvió a su toro. Piensa que debería haber titulado al cuadro: Carne en movimiento.
El lector tiene múltiples lecturas de los hechos, pero el hilo conductor es un cuadro que Jack está por finalizar. Al inicio se llama El muelle, después el autor no está seguro de que deba llamarse así y al final del texto, el pintor entiende que no puede ser El muelle sino Carne en movimiento. ¿Por qué? Esa es la chamba del lector, porque el autor deja en el texto todas las pistas y lo asombroso es que en un momento, una párrafo del cuento, él habla de un “viejo de barba roja, está en la esquina de la calle, sobre la espalda tiene algo viscoso”.
Jack no sólo está hablando de fantasmas o criaturas de la noche, él vive su fantasía y trata de ponerla sobre el lienzo. Para efectos prácticos, este hombre padece un embrujo; en inglés embona mejor: “he’s haunting”. Está embrujado por la creación y arranca de eso que percibe como real algunas imágenes que se quedan en el lienzo. Lo que experimenta Jack es real. Me dirá usted, ¿eso es un cuento gótico? Yo diría que es algo más, pero para efectos sencillos lo llamamos gótico por todo el desarrollo del texto en el que, no sobra decirlo, la sensación de asfixia es enorme. Un pintor, cuya realidad le quita el aliento, se lanza al río, no sabe para qué, pero logra salir indemne; después termina su obra. Dicho de una manera más elegante: esa experiencia le ayuda a culminar su lienzo.
En otros cuentos de Acqua e sangue el autor capitaliza especulaciones sexuales, asesinatos brutales, el temor por los extranjeros de piel oscura (africanos e indios), pero sobre todo, le saca mucho jugo al humor. Uno de los cuentos, quizá el más tradicional, es el que inaugura el volumen: El ángel. Aborda la convivencia con una entidad femenina que a ratos parece un vampiro, a ratos un ángel. Y el autor modula bien el registro de la trama, de tal manera que al final el lector entiende que la experiencia de convivir con el bien y con el mal es una elección asistida por la seducción.
Es complejo decir que hay una tradición cuentística aquí, pero eso es lo que me agrada. Es un ejercicio de libertad que rasga lo tradicional, porque abreva del humor, la ironía, la violencia, el terror, pero en esencia, la cercanía con lo oculto. Y lo oculto no siempre es brutal, a veces, de verdad, resulta jocoso.
Mejores, sin embargo, son otras piezas que no intentan sorprender, sino que se limitan a narrar: La enfermedad de la sangre y La historia de Arnold Crombeck. El primero bordea un registro vampírico extraño, porque está involucrado un insecto. El segundo es una entrevista a un asesino en serie, orgulloso de sus crímenes y de su capacidad para envenenar. Pero a estos textos agregaría dos, justo por el humor: La mano negra del Raj y La mano de un maniaco. En el primero una extraña maldición india hace que un inglés empiece a transformarse en monstruo. Una mano le brota de la cabeza; esta siniestra extremidad le aniquila de manera brutal. El segundo es una joya, porque es el parangón de lo que acá conocemos como “la mano peluda”. El obseso narrador pone en perspectiva la repentina aparición de una mano que se deleita con el toqueteo de cuerpos y suele estar en un bar de punks, gangstas y alcohólicos empedernidos. Al final, aparece el dueño de esta mano y la resolución, por supuesto, es violenta.
Son trece experiencias contadas por un escritor que se ha tomado el tiempo de mostrar el gradual avance de la locura; pero en especial, su labor es un proceso en el que la violencia, el abuso y lo espectral van de la mano. Esas son las novedades que traigo del primer libro de un autor que me ha ayudado a entender un poco más los vericuetos de la mente humana.
*La traducción de las frases entre comillas es mía.
@FederìVite