EL-SUR

Lunes 20 de Mayo de 2024

Guerrero, México

Opinión

El primo de un amigo me contó

Federico Vite

Diciembre 13, 2016

Ya hemos hablado de las musas enfermas, las deliciosas chicas egoístas, quienes descubren sus emociones cuando un hombre las colma de halagos y de riqueza, pero ellas, por deporte, lo humillan sin compasión. Las oscuras se conectan con la humanidad gracias al acercamiento clásico del coqueteo sin freno, la entrega absoluta, y posteriormente inician la segunda parte del plan: abandonar a medias al otro, se van pero no del todo; se quedan, obviamente, pero no del todo. Usan, gastan y destruyen el oropel del corazón. De eso trata Otra forma de felicidad (traducción de Adán Kovacsics. España, El Acantilado, 2001, 120 páginas), novela del temible Hartmut Lange, un caso extravagante de la literatura alemana.
Esta pieza breve, cimentada en las apariencias maritales, analiza los bandazos, formalmente rebotes, de todos los hombres que se involucran con una musa enferma, una profesional del estira y afloja de la pasión. Un cuerda amorosa de alto voltaje. Cito a Lange en voz de Kippenberger, uno de los personas más atractivos del libro, la presunta pareja de Corinna: “Uno se imagina muchas cosas cuando quiere forzar la felicidad. Corinna intentó arrastrarse a sí misma y a otros al otro lado de la frontera, y yo la seguí. Pero, Rainer, créeme: allí no hay nada, y deberíamos aprovechar los años que nos quedan. Ahí no hay nada”. Después que la chica cancela el matrimonio en un acto de franco cretinismo, la pareja, a solicitud de Corinna, se dirige como si nada hubiera pasado a un restaurante. Los acompaña un matrimonio, amigos de Kippenberger. Los invitados ponen sobre la mesa los regalos de boda, incómodos por la cancelación del compromiso, observan con cuidado los movimientos de ella, pero no parece alterada ni triste. Corta la comida en pequeños trozos, mastica lentamente. Parece ajena a todo, incluso el sabor de los alimentos. Se muestra distante cuando es necesario, sabe pasar inadvertida. Es ahí cuando Corinna empieza a trabajar el arte de la seducción con Dahlhaus, amigo de Kippenberger, quien terminará, como es obvio, involucrado de una manera escandalosa con la musa enferma. Atrapado por una mosca muerta, pero contento, feliz, se diría, de encontrar a alguien difícil de complacer. Él es quien cruza el límite y sondea la frase que da título al libro.
Hartmut posee un gran talento para mostrar la carga sicológica de los personajes con hechos, revelaciones domésticas, digamos, como beber café, leer, mudarse o caminar por el barrio; trabaja en pequeñas dosis el ruido que subyace en el alma de los que habitan el relato. Trabaja capítulos breves, casi a la manera de una viñeta, y esta puesta en escena le sirve para mostrar los diversos puntos de vista que tiene la novela, el juego de las perspectivas, las múltiples lecturas de un solo hecho: Corinna está dañada y no importa, todos la toleran. La pregunta es, ¿por qué? ¿Qué le da a los hombres? ¿Qué hay más allá de esa apariencia? Toma pastillas, pero eso sólo le incumbe a ella; tiene un amante que presenta como su hermano, pero eso sólo le incumbe a ella. Se esconde y envía cartas para llamar la atención, pero eso sólo le incumbe a ella. Seduce hombres para obtener lo que quiere, un brazalete, una cena, una botella de vino, muebles, una casa, pero eso sólo le incumbe a ella. Se rodea de caballeros que no logran establecer un límite entre el abuso y la complacencia. Corinna funge como un pivote donde se insertan las diversas formas de conquista masculina, lo ridículo de la atracción sexual.
El suspenso va creciendo cuando la atracción por ella se hace patente en los hombres que desfilan por las páginas del libro. “Cuando la conocí no puse atención a ninguno de sus rasgos, ahora es complicado dejar de pensar en ella”, señala Dahlhaus. El autor trabaja las viñetas, prácticamente como los cuadros de una historieta, va generando una proximidad sicológica con la musa enferma y las derivas de ese encontronazo acrecientan la intriga. “Usted no se preocupe. Si Corinna le ha escrito, todo se resolverá por sí solo”, afirma Maldini con cierta resignación y celos, es el fiel amante de ella, es quien ha logrado sobreponerse y sacarle jugo al estira y afloja sentimental de una sicópata del corazón.
Nos dice Hartmut que la musa enferma habla poco y que los hombres en torno a ella esbozan anhelos amorosos incumplidos, pero creen que la felicidad está por llegar de la mano de esa chica que se evapora con crueldad, pero vuelve violentamente por todo lo que desea. Corinna no da explicaciones, prefiere el silencio cuando alguien la interroga sobre el motivo de sus actos. Es la noria de la intriga que colma el relato, sobre todo porque el lector intenta decodificar el comportamiento de ella, de ahí las múltiples lecturas de la novela.
Corinna es una maestra del abuso, una gandalla profesional que marca la vida de Kippenberger, Maldini y Dahlhaus. Se parece mucho a las mujeres que el londinense Patrick McGrath ha trabajado con ahínco; para muestra, basta citar Constance (Random House, 2014).
Hartmut Lange es hijo de un carnicero y de una auxiliar de tienda de Berlín. Estudió arte dramático en la Escuela Alemana de Cine de Berlín-Babelsberg. Entre 1961 y 1964 fue director literario en el Deutsches Theater de Berlín oriental. Fue censurado y estuvo preso en Yugoslavia. Trabajó en Schaubühne am Halleschen Ufer como dramaturgo. Su obra clave es Diario de un melancólico (1983). Desde 1982 escribe novelas. Vive en Berlín y en Perugia, en Umbria, Italia.
Con Otra forma de felicidad, Hartmut logra crear una maqueta de las relaciones humanas, es un paisajista de las soledades concurridas. Que tengan un jovial martes 13.