Silvestre Pacheco León
Octubre 20, 2025
(Segunda parte)
Después de que el saurín adivinó el futuro de Marroncito, como se conocía en el pueblo al hombre rico de Cantón de Guerrero, todo volvió a la normalidad y nadie habló de eso hasta que llegó el mes de noviembre.
Cuenta el profesor Félix Echeverría que en aquella época de la década de los años cincuenta, cuando México tenía como presidente de la república a Miguel Alemán, en su pueblo la mayoría, por no decir todos sus habitantes trabajaban en el campo y la siembra anual de temporal era la misma que en todo el estado, maíz, frijol y calabazas, además del ajonjolí que no era para el autoconsumo porque casi todo mundo lo sembraba para vender.
El profesor dice que recuerda mucho ese tiempo de Todos Santos porque cuando llega la fiesta de los fieles difuntos ya las plantas de ajonjolí están en tiempo de cosecha porque comienzan a tirar al suelo los granos maduros atrayendo hasta las parcelas grandes parvadas de güilotas o palomas, aves que son muy perseguidas de los cazadores por su carne deliciosa, aunque su tamaño es menor al de una gallina.
En ese mes de noviembre en Cantón de Guerrero la cacería se convierte en el deporte generalizado para los jóvenes que todas las tardes salen en grupo con sus resorteras o rifles y hasta escopetas a los sembradíos, ocultándose en espera paciente de las palomas, entre las cuales las más voraces llegan directamente al pie de las matas de ajonjolí, mientras las más cautas se posan primero en las ramas de los árboles y luego de ahí bajan al suelo buscando las deliciosas semillas.
Por eso los cazadores se reparten entre los cultivos y los carriles bajo los árboles, entonces el deporte se convierte en puro disparar y cobrar las piezas de acuerdo con su puntería.
Toda la gente del pueblo come carne de güilotas en ese tiempo por la facilidad para cazarlas y por su abundancia. Nadie llega anocheciendo a su casa sin llevar la tirincha llena de aves casi desplumadas, listas para asarlas o freirlas.
Y en esa cacería, una de esas tardes iban los dos hijos de Marroncito que como hombre rico del pueblo tenía buenas armas para cobrar muchas piezas. El mayor con su escopeta se colocó bajo la rama del guamúchil y el menor con su rifle entre el cultivo.
El hijo mayor que llevaba la escopeta se había puesto debajo de un árbol de guamúchil y el menor entre las matas del cultivo.
Cuentan que no pasó mucho tiempo cuando el de la escopeta gritó a su hermano para que le ayudara porque su arma se había encasquillado, el muchacho fue corriendo en su auxilio pero no alcanzó a llegar porque la escopeta maniobrada sin cesar disparó de pronto con tan mal tino que pegó en el abdomen del joven que en el acto cayó ensangrentado con semejante boquete en la panza muriéndose.
Cuando el hermano mayor llegó corriendo para ayudar al menor este ya estaba muerto.
El momento fue de gran consternación porque quienes se encontraban cerca y fueron alertados por el grito corrieron también para saber qué sucedía, encontrándose con el terrible drama de los jóvenes hermanos abrazados, uno de ellos muerto.
Como el hermano homicida sabía que el preferido de su padre era el menor, temió por su vida y decidió huir pidiendo al primer vecino que llegó que fuera a dar aviso de lo sucedido a su casa para que vinieran a levantar al hermano muerto.
Así como llegó de rápido la noticia a la casa de los padres, todo el pueblo se enteró y la comitiva se hizo grande para e campo. Los primeros que se unieron a Marroncito y a su esposa para levantar al muerto fueron los mismos niños que acompañaron al adivino a la casa del hombre rico.
Cuenta el profesor Félix que él iba en el camino pendiente de lo que hacía el padre de los muchachos quien no cesaba de maltratar a gritos al homicida, sin reparar siquiera que había sido un accidente. En cambio su mamá – cuenta Félix- desde que salió de su casa iba rezando y nunca soltó una lágrima, ni cuando llegó junto a su hijo. Solo lo levantó de la cabeza y lo abrazó mientras Marroncito gritaba y lloraba con desesperación.
Desde el entierro del muchacho Marroncito prohibió el uso de armas en el pueblo, aunque sabía que no le devolvería al hijo muerto y tampoco al homicida que jamás volvió.
No pasó mucho tiempo del suceso cuando los hermanos de otra familia que no estaban nunca de acuerdo con el rico del pueblo, desobedecieron la orden y se compraron sendas armas que presumían entre los jóvenes de su edad como burlándose de quien las había prohibido.
Pero sucedió que un día aparecieron en el pueblo los temibles policías judiciales de aquella época que tenían fama de asesinos desalmados y ladrones, (algunos dicen que más que ahora) que, como siempre, llegaban a los pueblos buscando a sus informantes o a los de su misma calaña para ponerlos al tanto de todo lo que les pudiera interesar, y que esa fue la oportunidad que no dejó escapar el hombre rico del pueblo quien los localizó para decirles las señas de la casa donde vivían los dos jóvenes que presumían sus armas
Era lo único que esperaban los agentes para no irse sin nada en las bolsas y con la información que llevaban llegaron a la casa de los dos muchachos, entraron por la fuerza, los golpearon con saña obligándolos a entregar sus armas y luego se los llevaron esposados.
Su mamá tuvo que vender algunos de sus bienes para poderlos sacar después de llegar a un acuerdo con el juez y fue en el momento en que salieron libres que uno de los propios judiciales que participó en su secuestro llamó al mayor de ellos y le dijo que por una propina podría decirle quien del pueblo los había delatado.
Al excarcelado le tocó darle 50 pesos al judicial para que le revelara el nombre. Así fue como supieron que fue Marroncito el delator, y la venganza no dilató. En una noche los dos jóvenes agraviados le cayeron a su casa y delante de su esposa le dieron tal golpiza que casi lo matan, advirtiéndole que tenía cinco días para irse del pueblo y que si no lo hacía regresarían para quemarlo junto con su casa.
El rico no esperó tanto tiempo. En pocos días malbarató sus bienes y se fue lejos, sin jamás volver, tal y como lo adivinó el saurín.
Pasaron muchos años de esa tragedia de Cantón de Guerrero cuyo recuerdo quedó guardado en alguna parte del cerebro de Félix quien en una reciente plática lo recordó y me lo platicó. Asegura que esa historia de su niñez nunca la había contado, quizá porque hasta hace poco tiempo logró entender una parte de lo que el saurín le adivinó sobre su futuro. Cuenta que desde joven, cuando por el ofrecimiento que recibió de una beca para estudiar en un internado de San Luis Potosí, el viaje tan lejos lo entendió como parte de lo que el saurín le adivinó, pero aún no se aclaraba aquella otra de que con sus manos y su pensamiento haría feliz a mucha gente, y que ese ha sido su último descubrimiento que espera revelarlo a sus hijos como parte de la herencia que les debe, pero esa es otra historia que quizá también nos cuente para compartirla.
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