EL-SUR

Martes 09 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

El saurín de Cantón de Guerrero

Silvestre Pacheco León

Octubre 13, 2025

 

(Primera de dos partes)

Félix Echeverría es un profesor muy conocido y reconocido en la Costa Grande por su larga trayectoria como docente y militante político de izquierda, miembro fundador de la Preparatoria 13 de Zihuatanejo y supervisor escolar en la SEP. A los 82 años de edad es una persona lúcida y memoriosa, con una encomiable inclinación para conversar, como característica de mucha gente nacida en el campo.
Él, de quien no puedo dudar la veracidad de lo que cuenta, me platicó una historia que vivió de niño en su pueblo donde conoció a un saurín, el mítico personaje de los pueblos de Guerrero con sus dotes de adivino.
Sobre saurines escribí la historia que me platicó Tirso Hernández de Nueva Cuadrilla, municipio de Coahuayutla, el cual, más allá de adivinar el nombre de quienes lo visitaban, advertía siempre a su familia que algo malo le podía suceder si lo dejaban solo, y eso fue lo más que alcanzó a adivinar, porque no tuvo tiempo de vivir otras experiencias, era casi un niño cuando lo mataron. Fue víctima de la gente ignorante y codiciosa, sin escrúpulos, que vive con la creencia de que quienes nacen con su enorme cabeza son seres que guardan un tesoro que es posible robarles, por eso se creyó que vigilaban su casa, donde se pasaba acostado, pero una tarde en el primer momento que se quedó solo, entraron por él unos rufianes que lo raptaron y descabezaron.
Pero la historia que ahora les cuento del saurín de Cantón de Guerrero no tuvo tan dramático fin para este adivino. El profesor Félix Echeverría la cuenta porque la vivió en el pueblo donde nació, allá en Cantón de Guerrero, municipio de Ajuchitlán, en la región de Tierra Caliente.
Dice que tendría la edad de 5 años, quizá a principios de 1950, y recuerda que era la época de lluvias. Jugaba con sus amigos en la calle principal cuando de pronto quien tenía la pelota en sus manos detuvo el juego haciendo que todos voltearan a ver que en dirección a ellos venía un hombrecito, pequeño pero adulto, de la misma estatura de ellos, pero que no era un enano, porque esos suelen ser gordos y un poco deformes y desproporcionados pero que ese frente a ellos no era el caso, porque se trataba de un hombre adulto con bigote pero como de miniatura. Llevaba una tirincha al hombro y puesto un sombrero calentano. Cuando llegó junto al grupo de niños los llamó.
–Oigan guaches, aquí quien es el hombre más rico del pueblo.
–Marroncito, contestaron todos al mismo tiempo.
–Llévenme con él, mi trabajo es adivinar la suerte por una propina, les fue platicando en el camino, y aunque todos se sonrieron cuando escucharon las pretensiones del hombrecito, nadie le aclaró que el hombre rico no comía plátanos nomás por no tirar la cáscara porque creía que era un desperdicio.
De todos modos lo llevaron hasta el domicilio como parte de su juego.
–Marroncito era el diminutivo del nombre de una persona conocida por todos y no muy querida en el pueblo. Su sobrenombre contradecía su figura porque el tal Marroncito era un hombre alto y grueso, de gesto duro, largos bigotes y ensombrerado.
Tenía fama en el pueblo de tacaño y marrullero. Era altanero, a todos hablaba con groserías y no tenía respeto por nadie. Nunca se le veía sin su cigarro en la boca.
Para darnos una idea más completa del personaje, Félix Echeverría cuenta que era memorable su encuentro con una muchacha grande del pueblo porque siempre le pedía que le regalara un cigarro cuando veía que aquel hombre sacaba uno discretamente de la bolsa de su camisa, sin mostrar la cajetilla para ahorrarse el trabajo de negarlo a quien le pidiera uno.
–Regálame un cigarro, Marroncito.
–No tengo –respondía el hombre.
-Pero ¿cuando tengas, sí me vas a regalar uno?
–Tampoco –respondía con insolencia.
En otra ocasión, a punto de que el “barco” partiera a la otra orilla del río Balsas, los pasajeros a bordo escucharon el grito de la tamalera del pueblo pidiendo que la esperaran. Era una mujer que caminaba despacio porque estaba mal de la rodilla y así, trabajosamente con el chiquihuite en la cabeza llevaba los tamales a vender, y como entre los pasajeros iba Marroncito, fue el único que protestó.
–¡Ya vámonos!, hay que dejar a esa vieja para que otro día se levante temprano. Mírala cuánto se tarda, y todavía viene marchando, decía enojado burlándose del modo de caminar de la mujer.
Cuando aquel día el grupo de niños guiando al saurín llegó hasta la casa del cacique, ellos mismo quitaron la aldaba del portón y entraron gritándole a Marroncito, quien respondió desde adentro maltratándolos por entrar a su casa sin permiso.
Pero el hombrecito los defendió.
–No regañe a los guaches señor, yo les pedí que me trajeran a su casa porque a lo mejor le interesa que le adivine el futuro. Cobro 3 pesos y le aseguro que no fallo en mis predicciones.
–A mí no me vengas con cuentos, ni me interesan esas cosas y tampoco creo esos chismes. Ni creas que te voy a dar mi dinero, así que sal de mi casa y no vuelvas más por aquí.
El momento lo salvó la esposa de Marroncito quien habiendo oído al saurín, se interesó en sus servicios y lo detuvo con los 3 pesos en la mano.
–Aquí está el dinero, quiero escuchar la suerte de mi marido –dijo la señora.
–Oiga, pero para hacerlo, necesito que él me lo pida, porque sin su permiso no le puedo adivinar.
Entonces Marroncito aceptó viendo que alguien pagaba en su lugar, y ambos se sentaron en torno a la mesa del comedor rodeados por los niños y la esposa.
Muy metido en su papel de adivino, el saurín sacó de su tirincha un mazo de cartas, un par de dados y una franela, y mientras explicaba a Marroncito el procedimiento a seguir, le dijo que con la mano empuñando los dados debía pasearlos sobre las cartas y luego terminar en cruz el movimiento soltándolos sobre la mesa, pero le dijo que eso lo tendría que hacer con los ojos vendados.
Por eso con la franela le vendó los ojos y Marroncito hizo en seguida el movimiento indicado con los dados empuñados sobre las cartas. Al final los soltó sobre la mesa.
Después el saurín le quitó la venda a su cliente, levantó las cartas indicadas por los dados y lo miró a él y luego a su mujer con cierta preocupación.
Entonces le dijo.
–Me apena lo que te voy a decir porque son malas noticias. Dentro de poco tiempo va a morir tu hijo menor y al mayor ya no lo vas a ver, y luego te vas a tener que desterrar muy lejos del pueblo. Vas a malbaratar tus vacas, caballos y parcela. Jamás volverás a pisar estas tierras.
Levantado de su asiento el cacique respondió:
–Bueno, ya ganaste tu dinero, anda, vete, y que no te vuelva a ver por aquí, agarra a otros pendejos que te paguen.
–El saurín no se amilanó y antes de marcharse llamó a uno de los niños que lo acompañaban.
–Ven guache, también a ti te voy a adivinar tu suerte para que todos la sepan y se acuerden de lo que les voy a decir.
Y dio la casualidad que señaló a Félix, aunque él nunca supo si debido a que era el más grande del grupo o porque estaba más cerca del adivino, pero se paró obediente sin importarle lo que había escuchado de Marroncito.
El adivino le puso la mano en su cabeza, cerró los ojos por un momento y luego le dijo:
–Tú vas a irte pronto de este pueblo. Vivirás muy lejos, y con tus manos y tu pensamiento vas a hacer feliz a mucha gente.
Después de lo dicho, el saurín desapareció del pueblo.