Adán Ramírez Serret
Agosto 02, 2024
Hay muchas razones por las que se puede considerar a un autor como un buen escritor. Hablar de un estilo potente, erudito, virtuoso; de la originalidad, de su escritura que busca nuevas formas, que imita a extraños, recrea con homenajes; de la fuerza de la historia, de una anécdota que resuene día y noche en nuestras mentes…; del manejo de la trama, de anudar, desanudar, de la sorpresa y la vuelta de tuerca; y, es cierto: hay autores que son particularmente buenos en algunos de los aspectos mencionados. Pero hay excepciones de… ¿cómo llamarles? …, ¿genios?, como Vladimir Nabokov o John Banville que reúnen todas las características por las que normalmente entendemos a los grandes escritores e incluso se vislumbran nuevos horizontes por los que puede ser buena la literatura. No sólo se adecuan a lo que ya conocemos y lo superan, sino que inventan nuevas formas.
Banville ha ganado algunos premios muy importantes, pero normalmente no aparece entre las recomendaciones de influencers ni entre las listas de los periódicos de los mejores libros por leer. Pues sucede que, de manera romántica, pero no menos real por esto, las grandes obras literarias son tan bellas en todos sentidos, que parecen ser un secreto. A veces, incluso, a la vista de todos. Sus libros están en las librerías, pero si no se da un empujoncito, son pocas las personas que llegan a una obra por mera curiosidad entre el mar de libros.
Es el caso de Banville, por supuesto, que ha escrito muchísimos libros, y que goza desde hace bastante tiempo de gran prestigio y que su prosa es, sin ninguna duda, la mejor en lengua inglesa del presente. Pero ¿qué es eso de una buena prosa y por qué no es famosísimo?
Hoy me gustaría hablar, de manera muy breve, de la trilogía Cleave, cuya primera novela, Eclipse, comienza así: “Al principio era una forma. O ni siquiera eso. Un peso, un peso extra; un lastre. Lo sentí el primer día, en medio del campo”. En su escritura nada está dicho y está todo por descubrirse, en este caso es el camino opuesto a sustantivos como colapso o depresión para ir a lo que sigue en cualquier autor normal; Banville se detiene, los describe para llegar a un nuevo resultado, para descubrir las ausencias del lenguaje. Dice en una especie de epígrafe o mini capítulo inicial en Imposturas: “Colocamos una palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde ya no vemos más allá; por ejemplo, la palabra yo, la palabra hacer, la palabra sufrir; son quizás el horizonte de nuestro conocimiento, pero no son verdades”.
Entrar en sus páginas es sumergirse en un bosque milagrosamente perfecto a la vez que enigmático: todo son atmósferas cargadas de luz, apariciones misteriosas, formas oníricas y ecos literarios. Como aspirar un aire fresco de bosque en donde se perciben las yerbas húmedas y las hojas podridas al mismo tiempo que un olor animal. O mejor aún, la prosa de Banville es un vino espeso hecho de palabras, en un sorbo está Montaigne, un poco de Shakespeare, destellos de Joyce, brillos proustianos y una fuertísima ascendencia de Nabokov, por supuesto.
La Trilogía Cleave deslumbra primero con las atmósferas de Eclipse, después Imposturas intriga y causa escalofríos por el artificio de crear una máscara tras otra hasta llegar al delirio. Y, finalmente, Antigua luz es la más lírica de todas. Plena de erotismo y con el recuerdo como el único recurso, por defectuoso que sea, para sacar algo habitable de la vida. Así comienza: “Billy Gray era mi mejor amigo y me enamoré de su madre. Puede que amor sea una palabra demasiado fuerte, pero no conozco ninguna más suave que pueda aplicarse”. Es una historia erótica en donde el sexo redescubre el cuerpo: la piel erizada, los olores exhalados, las miradas intensas. Después de pensar en todo esto, es natural que Banville no sea tan famoso, pues es tan original que apenas y se entiende, muchas veces. Es la maleza tupida que nos hechiza.
John Banville, Trilogía Cleave, Ciudad de México, Debolsillo, 2018. 812 páginas.