EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

El Señor de Xalpa

Silvestre Pacheco León

Marzo 09, 2020

 

Por un mundo hecho con el concurso
mayoritario de las mujeres.

Sin que esté claro el antecedente sobre la llegada a Quechultenango de la fama milagrosa del Santo Entierro que se venera en la cabecera municipal de Xalpatláhuac, en la región de la Montaña, cada año se organiza aquí el viaje de católicos que van en peregrinación para participar en la festividad del 6 de marzo, celebrada para recordar la aparición de Cristo en 1536, en el cerro Tlayoltepetl.
La leyenda que es del dominio público cuenta que, en la época en que estaba en su apogeo el dominio espiritual de los indígenas a manos de los evangelizadores venidos de España, un humilde indígena que caminaba en el cerro de Tlayoltepetl, vecino de la cabecera de Xalpatláhuac, se encontró con un anciano que le ordenó ser el mensajero para avisar al cura del lugar su deseo de que se le construyera allí un templo, cumpliendo obediente con el encargo sin lograr que el destinatario se mostrara interesado por el mensaje.
Parecido a lo que se cuenta de la aparición de la Virgen de Guadalupe en el Cerro del Tepeyac a Juan Diego, dice la leyenda que después de explicar al anciano el desinterés del cura por el mensaje recibido, le pidió que cambiara de mensajero, que buscara a una persona importante que cumpliera su encargo, pero el hombre aparecido le dijo que no cambiaría de mensajero y que este debía insistir en el mandado, hasta que logró la atención del cura quien después de considerar que para tan importante mensaje a Dios no le pasaría por la cabeza enviar a una persona tan sencilla, quiso cerciorarse de la veracidad de aquella aparición, haciéndose acompañar de personas de cierta relevancia en el pueblo para seguir por el cerro al mensajero, quien de inmediato buscó al anciano, pero este no se volvió a aparecer, y cuando ya cansados y desengañados de que no podían comprobar lo que el indígena había dicho, decidieron regresar al pueblo, pero pronto se detuvieron porque miraron que entre las nubes del cielo se aparecía una caja mortuoria transparente, dentro de la cual podía verse el cuerpo de Cristo proyectando una luz que iluminaba el lugar creando un ambiente de absoluta tranquilidad.
Azorados los integrantes del grupo se arrodillaron ante lo que veían y entonces creyeron en lo dicho por el indígena, pero dada la dificultad que entrañaba la construcción de un templo en la cima del cerro, decidieron levantarlo en el pueblo de la cabecera municipal donde el seis de marzo de cada año, cientos de miles de peregrinos llegan de distintas partes del estado para participar en la procesión que recorre las calles del pueblo llevando a la cabeza el féretro similar con el aparecido, que el mismo cura, testigo de la aparición, mandó elaborar a la ciudad de Puebla.

La historia de mis abuelos

En una de esas peregrinaciones, hace alrededor de cien años, mis abuelos paternos participaron y trajeron de allá el retrato del Santo Entierro que acrecentó la fe de los creyentes en Quechultenango.
Caminaron más de cuatro días por caminos de herradura para recorrer los casi 200 kilómetros de distancia por la misma ruta que utilizaron a principios de mil 800 los esclavos liberados de la hacienda cañera de San Sebastián en la cañada del río Azul, en aquella revuelta histórica huyendo rumbo a Tlapa por la ruta de los cañaverales.
Mis abuelos que iban en pos de un milagro o a pagar alguna manda o quizá solo para aprovechar el mercado con los productos que ellos comerciaban traídos del mar, pescado seco y sal de Cruz Grande, que luego intercambiaban por ropa de manta, petates, rebozos y huaraches para el consumo de los costeños. Cuando regresaron al pueblo traían junto a las reliquias, enrollado con sumo cuidado, el retrato impreso del Santo Entierro, que para ellos era lo más valioso.
Después mandaron enmarcarlo y lo colocaron presidiendo el altar de sus santos. Nunca supimos si mis abuelos tuvieron alguna experiencia particular para honrar con tanto alborozo aquella imagen traída de Xalpatláhuac, capaz de desplazar de sus lugares a santos como la Dolorosa y al propio Santiago Apóstol, que es el santo patrón del pueblo, al cual, desde mi ya lejana infancia, veía yo que mis padres se persignaban y encomendaban cada día. Por eso no faltaron historias en la familia, a veces contadas y otras solamente imaginadas, acerca de un milagro que les salvó la vida cuando en el camino de regreso fueron víctimas de un asalto del que salieron ilesos, lo cual acendró su fe.

La tradición que se preserva

No he sabido si en mi pueblo hay otro ejemplar del retrato del Santo Entierro similar al nuestro, fuera del que estuvo de bulto durante muchos años, exhibido en el templo, y que un día de tantos desapareció en un intercambio que el ventajoso comerciante de arte ofreció al encargado de la imagen, mediante el cual pasó al bendito difunto al féretro hecho de perfiles de aluminio y el pretendido benefactor se quedó con aquella reliquia de la iglesia. El caso es que en ninguna otra casa del pueblo se sigue la tradición impuesta en mi familia desde hace cuando menos cien años.
Cierto que el nombre del Señor de Xalpatláhuac se simplificó y ahora todos lo conocen como el Señor de Chalpa, (aunque mi madre insiste en que no es Señor, sino Dios), pero desde entonces las familias que no pueden viajar a la Montaña el tercer viernes de cuaresma, tienen la opción de acompañar a los rezos que mi madre mantiene como una tradición heredada de padres a hijos por dos generaciones.
Para su celebración mi madre ha impuesto que la organización de los rezos se reparta como responsabilidad de las hermanas y hermanos, respetando el caso del que esto escribe quien desde su ateísmo participa solo divulgando los hechos, aunque cada vez que puedo, me he ocupado de los cuetes haciéndolos tronar en cada uno de los misterios que se cantan con el rosario.
Lo hago para recordar la época de mi niñez cuyos tiempos no volverán ni serán iguales, aunque queramos retenerlos con los esfuerzos de memoria que me remiten a los días calurosos y resecos, agobiantes en los caminos cerriles, contrastantes con las zonas verdes de riego. Eran tiempos de ciruelas moradas, de roscas de guamúchiles dulces y mangos criollos que se comen verdes con sal y chile.
El patio barrido y regado se llenaba de gente la tarde que terminaban los rezos porque los padrinos se hacían acompañar de sus vecinos para traer la cuelga al Santo Entierro.
Después del estruendo de cuetes y de escuchar la competencia entre las rezanderas la casa se inundaba con el olor de los tamales.
Quienes quieran participar de esa tradición que se preserva en Quechultenango pueden llegar el próximo viernes por la tarde a la casa de la familia Pacheco León, de la que todas y todos saben dar razón.