EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

El señor diputado

Anituy Rebolledo Ayerdi

Agosto 20, 2020

 

(Cuarta de cinco partes)

In memorian del maestro Alejandro Martínez Carvajal, historiador y cronista non de la ciudad, autor de Historia de Acapulco, el más amplio minucioso y brillante recuento del devenir de nuestra ciudad (875 páginas). Descansa en paz querido amigo.

De boxeo

¿Y box cuándo, Doroche?, –pregunta un parroquiano al propietario de la taberna La Marina.
–¿Box, aquí en La Marina?, –interviene el reportero de Trópico.
–¡Box, gallos y lo que usted quiera y mande!, –responde el anfitrión.
E informa: peleas de box se celebraban en los primeros años del siglo XX en el patio interior del fuerte de San Diego o bien en los cines Salón Rojo, Colonial y 20 de Noviembre. Los torneos más interesantes se daban entre peleadores locales y marineros de los barcos de guerra estadunidenses que nunca faltaban en la bahía. También bajaban sus equipos de beisbol para enfrentar a los locales.
Será memorables aquellas noches de auténtica borrachera nacionalista cuando el flacucho negritillo José Isabel Chave Guinto, del Barrio del Rincón (La Playa), aniquilaba con ganchos demoledores a gringos enormes de peso completo. Los bramidos del respetable hacían trepidar peligrosamente los añosos muros de la fortaleza.

El Diablo Verde

Aquí Doroche recuerda al vaporino a Bony Mejía como otro de los azotes de marineros gringos, en peleas celebradas aquí mismo, en La Marina, y entre otros fajadores porteños a Julio Diego, Alejandro Gómez Maganda y Antonio Adame.
Paisano de San Jerónimo de Juárez, Rosendo Galeana, apodado El Diablo Verde, se había reincorporado recientemente a la vida porteña luego de una larga estancia en los Yunaites. Era, según el memorioso Doroche, el prototipo del “muchacho alegre” que lo mismo montaba una vaquilla en el jaripeo, que acompañaba con su guitarra una serenata o noqueaba al más valiente con su derecha demoledora. Un boxeador con ribetes de leyenda porque, se contaba, a a su paso por Mazatlán, Sinaloa, había doblegado al mismísimo Kid Corbalá, un púgil con fama de invencible. Resultaba entonces poco probable que alguien en Acapulco aceptara enfrentarse con el mismo coloreado demonio.

El negocio del año

–¡Echenme al Diablo Verde para jondiarlo de la cola hasta el mismísimo infierno! –se escucha un reto procedente del cerro de Los Dragos. Lo hace Miguel Tellechea (papá de Toto), temerario como el que más.
Una pelea entre el Diablo Verde y el retador Tellechea es vislumbrado por grupo de jóvenes empresarios como el espectáculo de año. Entre ellos Efrén Villavazo, Rosendo Batani y su hermano El Güero. Montan el espectáculo en el cine Salón Rojo, propiedad del primero. Le apuestan todo a Tellechea y lo mismo hace “todo Acapulco”. Aquella noche sólo faltó la fanfarria de Rocky Balboa y eso porque no estaba compuesta. Repleta la sala y repleta la plaza Álvarez, sólo se espera el campanazo. Los de fuera comisionan a un vocero que salga a narrarles la secuencia de la pelea cada 10 minutos. Las apuestas, el verdadero interés del agarrón, se mantuvieron siempre con mucho a favor del púgil acapulqueño.

La pelea

¿Qué pasa? En la esquina de Tellechea se suscita un altercado cuando éste no acepta calzarse los guantes y exige pelear a puño limpio, como lo hacía su ídolo John L. Sullivan. El réferi y los jueces del evento consultan el reglamento y no encuentran impedimento para ello. Tellechea peleará a puño limpio mientras el Diablo usará guantes rojos, mismo color de la bata y del lazo anudado en la testa.
Se escucha el gong para el inicio de la pelea y cuando han transcurrido apenas dos minutos del primer round sucede lo increíble. Tellechea se desploma como fulminado por un rayo pero en realidad por la derecha del Diablo. Silencio y estupor en la sala. Mentadas de madre dentro y fuera del local. ¡Tongo, tongo , tongo!, grita casi toda la audiencia y no faltarán quienes denuncien que el Diablo lleva en sus guantes manoplas o herraduras. El encargado de narrar la pelea para el público de fuera lo hará con un lacónico “¡ya le partieron toda su madre!”. La intensidad de aquel drama lo vivirá todo Acapulco durante mucho tiempo.

Más box

–¡Esto merece un trago! –invita el señor diputado.
Merece dos, propone Doroche, para recordar otros escenarios habilitados como arenas de box. El palenque de gallos de don Amador Estrada, en la esquina de Roberto Posada y Chinacos (hoy estacionamiento). Allí vivieron momentos de gloria púgiles como Abraham Cuevas, El Brancho; Ramón Oliveros, Olegario Cuevas, El Burro, y Ramiro Arteaga. Y hoy mismo, añade el anfitrión, el Triki Triki centro de espectáculos y de baile propiedad del compositor y promotor deportivo Juan Calleja, en 5 de Mayo. Aquí son populares El Tigre Envenenado, El Ave Negra, El Veneno y Yuyín Castrejón.

El ciego Pascual

El anfitrión aprovecha un nuevo bajón a la botella de Ripol para pedir a la mesa respeto y tolerancia para su amigo el ciego Pascual. El aludido ha entrado a La Marina en pos de la caridad pública. Camina blandiendo una vara de guayabo para detectar obstáculos a su paso; sus ojos permanecen guardados por unos párpados sellados casi herméticamente. Quedó ciego ya grande, y no es que sea majadero, pero su orgullo es tan intenso como su terrible drama personal, explica Lobato. Apenas termina la frase cuando el ciego Pascual lanza su nada ortodoxo reclamo:
–¡Una limosna para este pinche ciego que si no lo estuviera les pediría pura madre, mancha de cabrones!
Nadie en aquella mesa pronuncia un sola palabra y sólo Doroteo Lobato le extiende unas monedas que Pascual acepta también sin chistar.

Chales

La bahía de Acapulco ha dado abrigo durante siglos a embarcaciones de banderas de todo el orbe –la australiana, por ejemplo, desplegaba en los veleros que surtieron de carbón al puerto hasta antes de brotar el petróleo. No obstante, sólo dos estandartes fueron familiares durante el siglo XX por su presencia constante en la rada: El de las barras y las estrellas y la del sol naciente. La primera será sin duda la de mayor aceptación por parte de la población y no por prejuicios raciales sino por simples razones de cotidianidad, además del bisne, you now?
–No hay comparación posible –avala el propio Doroche–. La marinería gringa desembarca en el puerto dispuesta a disfrutar con excesos las 24 horas de sus licencias. Los japoneses, en cambio, no bajan todos, además de ser herméticos y no sólo por razones del idioma. Hay una cosa cierta y de eso tengo constancia: los marineros nipones jamás entran a una cantina y mucho menos a un burdel, “como si fueran jotos”.
(El cronista Rosendo Pintos Lacunza ubica los hechos siguientes en la primera veintena del siglo pasado: “Los acapulqueños se declaran ofendidos por la actitud de los tripulantes de las naves Asham y Kasagui, de la armada del Sol Naciente, porque no consumen ni alimentos ni bebidas ¡nada!, durante sus desembarcos. Aún más, rechazan beber nuestra agua pues cada uno de ellos porta una ánfora con té. Cuando los nipones se enteran de tales comentarios y de la acusación concreta de que “¡los pinches chales nos tienen asco”!, dejarán de desembarcar y más tarde dejarán de venir).

Ofelia

Un mesero interrumpe la disertación de Lobato para informarle sobre la presencia en el lugar de un profesor que dice ser su amigo. Lo hace con el apremio de quienes han visto a la mujer vestida de blanco que se aparece allá por la ceiba de Icacos.
–No pasa nada –explica el anfitrión a la mesa–. Sucede que el profesor Prisco Vergara se torna salvaje cuando escucha el nombre de su santa madre en sitios pecaminosos como este. Tomamos nuestras providencias a raíz de que el maestro atacó a botellazos a un trovador cuando cantaba el vals Ofelia, esgrimiendo que tal nombre era el de su señora madre. Y es que le había jurado ante su tumba no permitir su profanación en lugares como este. Por eso quitamos el vals Ofelia de la rocola y advertimos del peligro a los cancioneros ambulantes. Todo está, pues, bajo control, luego iré a saludarlo, ofrece Doroteo.

Personalidades políticas

–¿Recuerda, señor diputado Bedoya, algunas de las personalidades de la política con las que compartió la XXXV Legislatura federal? –vuelve a la carga el joven periodista de Trópico.
–¡Y vaya que las hubo, y qué personalidades, señor! Ya he mencionado al gran tribuno y paisano Ezequiel Padilla, quien fue líder de la bancada guerrerense. Otro, Melchor Ortega Camarena quien se desempeñará brevemente como líder nacional de mi partido, el Nacional Revolucionario (el actual PRI), para luego alcanzar la gubernatura de Guanajuato. Melchor, telegrafista de mi general Obregón llegará a ser uno de los hombres más cercanos de mi general Calles. Tanto que se irá con él al destierro cuando mi general Cárdenas lo eche del país.
(Melchor Ortega, dueño de una concesión maderera por diez años es históricamente, si no el mayor, sí uno de los mayores depredadores de la riqueza forestal del estado de Guerrero. Operó desde la sierra de Petatlán, Costa Grande, donde morirá asesinado en 1971).
–¡Continúo! –demanda el señor diputado– También fueron mis compañeros en la XXXV Legislatura federal (septiembre de 1932 a agosto de 1934), Manuel Riva Palacio, Luis León, Agustín Leñero…
Bedoya interrumpe el relato ante la presencia de un extraño en busca de Doroche para despedirse. Era el profesor Vergara, el del vals Ofelia, informa el anfitrión una vez que aquél se ha retirado.
–¡Prosigo! –atruena el vozarrón de Bedoya– También fuimos compañeros de Cámara con Rafael Treviño, Froylán Manjarrez , Wenceslao Labra y Gonzalo Bautista. Y merecen mención especial los compañeros Leobardo Reynoso y Gonzalo Santos, dos auténticos maestros de la política, hombres fuera de serie por laboriosos, audaces, ingeniosos y dicharacheros. Dos de los hombres que he conocido llevando una doble H, de honrados y honestos, grabadas en sus frentes
Ningún contertulio de la mesa del señor diputado tendrá más tarde la oportunidad de echarle en cara su error de apreciación, respecto de sus dos últimos colegas.

Reynoso

Leobardo Reynoso, zacatecano, cartero durante Revolución, diputado, y gobernador de Zacatecas en 1944. Su fortuna al dejar el cargo se estimará en mil 600 millones de pesos, con depósitos en dólares en bancos estadunidenses. Propietario de los hoteles Marlowe, del DF, y Canadá, de Acapulco.

Santos

Por lo que hace a Gonzalo N. Santos, célebre por su apodo de El Alazán Tostado, será varias veces diputado federal antes de ser gobernador de San Luis Potosí, entidad que gobernará como el más despiadado cacique de horca y cuchillo. Poseerá la credencial número 6 del PRI y sus servicios a la Revolución y el partido le serán retribuidos espléndidamente. Algunos: las represiones sangrientas contra opositores electorales, él al mando de un ejército particular integrado por 300 matones.
Fue El Alazán Tostado el más esclarecido filósofo de su partido y he aquí algunas de sus sentencias:

*La moral es un árbol que da moras.
*Para los enemigos, encierro, destierro y entierro.
*El hombre bueno tiende a pendejo.