EL-SUR

Martes 27 de Septiembre de 2022

Guerrero, México

Opinión

El Servicio Militar Nacional

Héctor Manuel Popoca Boone

Febrero 06, 2016

En el año de 1967, hice mi servicio militar. Escogí para realizarlo un campo habilitado para tal fin en el parque de la Jardín Balbuena, en el oriente de la Ciudad de México. Éramos alrededor de 2 mil conscriptos. La obligación cívica consistía en asistir los domingos de cada semana a realizar ejercicios de tipo militar: marchar, marchar y seguir marchando, de aquí para allá, dentro del campo, de 7 de la mañana a 3 de la tarde.
Henchido de fervor patrio, me presenté el primer día de inscripción. Una vez realizada ésta, los oficiales del Ejército nos indicaron que para el próximo domingo deberíamos presentarnos ya uniformados: botas negras, pantalón, camisa y gorra militar, color caqui. Debíamos comprarlos en paquete, en un específico almacén, so pena de no admitirnos si los comprábamos en otro lugar. Supe después que dicho negocio era del coronel del batallón.
Al segundo domingo, después del pase de lista, los oficiales nos juntaron en grupos de 40 conscriptos para, discretamente, informarnos de las facilidades que tendríamos para no asistir, pero asentar por cumplido nuestro deber. Por ejemplo: llegar tarde requería una cuota de dinero determinada. Lo mismo presentarse sin uniforme. No asistir todo el día, era una cuota doble. No estar presente en las fechas ceremoniosas importantes costaba un moche cuadruplicado.
El capitán al mando del pelotón al que pertenecía se percató de mi persona y de un amigo universitario, seguramente porque teníamos caras de nerds, en medio de un conglomerado de jóvenes proles. Dicho oficial me preguntó si tenía carro estándar y en buenas condiciones mecánicas. Respondí que sí, pensando que me vio llegar en el coche de mi papá, que me prestaba los domingos. A mi amigo lo interrogó sobre sus habilidades para llevar cuentas, recibiendo también una respuesta afirmativa.
Designado fui, para efectos de mi servicio militar, como chofer del coronel. Mis instrucciones eran pasar por él a su casa todos los domingos, al filo de las 6:30 de la mañana, llevarlo al parque donde se realizaba la práctica militar, para luego retirarme a mi casa a descansar, y posteriormente regresar por él a las 3:30 de la tarde, una vez arriada la bandera y haber hecho cuentas económicas con sus oficiales. Distribuida la recaudación con sus subalternos, trasladaba al coronel a su casa chica. Ahí finalizaba mi deber en la milicia.
Ignoro cómo hoy los jóvenes cumplen con su servicio militar. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que no podemos seguir despilfarrando más la energía y corrompiendo a los jóvenes. Con gobiernos deshonestos y generaciones adultas indiferentes, culpables somos que gran parte de ellos hayan caído en las manos fatales de la delincuencia organizada.
Podemos aprovechar más y mejor a los jóvenes que prestan su servicio militar. Alternativas las hay. Sólo es cuestión de voluntad política. Por ejemplo, bajo la coordinación logística de las fuerzas armadas y contando con presupuesto público de respaldo, aportado por los gobiernos federal, estatal y municipales, bien pudieran utilizarse los 48 días de servicio militar al año de cientos de miles de jóvenes, en programas de beneficio comunitario: remozamiento de la imagen urbana-rural, actividades de protección ecológica, rehabilitación de calles y caminos, servicios de sanidad pública, eventos deportivo-culturales, reafirmación de principios cívicos, etcétera.
Esos programas empezaron a aplicarse en 1997 en varias partes del país, inexplicablemente se cancelaron en 2005. Creo que a los gobernantes y mandos militares corresponde hacer que lleguen los jóvenes a liberar su cartilla militar, con mayor dignidad y orgullo, al saber que hicieron algo positivo, en concreto, a favor de su patria.
PD1. La corrupta democracia nacional electoral ha permitido que la delincuencia organizada y la plutocracia hayan cooptado a gobernantes, sin distingo partidario o de ideología.
PD2. Discrepo totalmente con lo dicho por el Obispo de Chilpancingo-Chilapa, de que la barbarie cometida a los jóvenes normalistas, en Iguala, se debió a que pertenecían a un cártel de los que se disputan la ciudad.