EL-SUR

Sábado 20 de Julio de 2024

Guerrero, México

Opinión

El Síndrome de María Elena Hoyos

Arturo Martínez Núñez

Diciembre 13, 2022

 

María Elena Hoyos fue directora del Zoológico de Chapultepec. Fue además una gran promotora de la remodelación mayor que recibió el zoológico durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari en la Presidencia de la República y de Manuel Camacho Solís (acompañado de su carnal Marcelo) al frente del entonces Departamento del Distrito Federal.
La vigorosa directora que además era muy mediática, solía acudir a las entrevistas acompañada de Toto, un orangután bebé que falleció hace poco a los casi 30 años de edad. María Elena fue “la madre no biológica de Toto” dicho por ella misma. María Elena llegó a sentirse o al menos esa impresión daba, como la dueña del zoológico al grado de sacar a los animales para usarlos como mascotas personales.
Existe una línea muy delgada que divide la labor de las personas que promueven y ayudan a fundar las instituciones y que muchas veces confunden ser “padres fundadores” con dueños o padres no biológicos de las instituciones.
Lo anterior viene a cuento porque hay un grupúsculo de intelectuales autodenominados de “izquierda” o “socialdemócratas” que liderados por José Woldenberg y Héctor Aguilar Camín se han enquistado primero en el IFE, ahora en el INE, en donde han pasado de asesores a directores de área a consejeros y “asesores”. Ahora resulta que Woldenberg es el padre fundador de la democracia mexicana y que las plumas al servicio del Estado, en los tiempos neoliberales, sus adláteres.
Los neo demócratas salen a “defender al INE” (aún no sabemos a defenderlo de qué o de quién), y tratan de confundir a la gente haciendo un símil entre “tu INE” que para la gente no es otra cosa que su credencial y “su INE” es decir, la institución de la que han mamado durante lustros y de la que no pretenden desprenderse.
Vale la pena recordar la historia reciente de la democracia electoral mexicana. Después del fraude del 6 de julio de 1988, en que Salinas se apropió burdamente de la Presidencia de la República, al régimen priista le urgía legitimarse y limpiarse la cara frente al mundo, para poder sostener la ficción de la modernización mexicana y el milagro de la economía neoliberal. Por fin México se abría al mundo liberados por un entusiasta y vigoroso líder. El único problema es que el líder tenía las manos manchadas de fraude en tiempos en que no existía la tinta indeleble ni la credencial con fotografía ni las listas nominales y donde votaban los vivos –los más vivos hasta dos o tres veces– e incluso los muertos. A partir de la lucha sobre todo de la izquierda, se fueron logrando conquistas, que no concesiones, por parte del Estado. Salinas recurrió a la “concertación” política, que rápidamente fue apodada como concertacesión y decidió pactar con Acción Nacional a cambio de ir reconociendo algunos triunfos electorales como el de Ernesto Ruffo en Baja California, primer gobernador no priista y anular varias elecciones de gobernador como la de Guanajuato, que dio pie al interinato del panista Carlos Medina Plascencia y después el triunfo de Vicente Fox.
En el turbulento año de 1994, con el levantamiento del EZLN, el asesinato de Luis Donaldo Colosio y luego el de José Francisco Ruiz Massieu y ante el riesgo real de que las elecciones no se llevaran a cabo, el PRI encabezado ahora por Ernesto Zedillo, finalmente cedió y dio paso a un instituto autónomo cuyos primeros integrantes, entre ellos el propio Woldenberg, fueron seleccionados a propuesta de los tres principales partidos políticos. Woldenberg fue posteriormente elegido Presidente del Consejo más por sus carencias que por sus credenciales. Era el único que aceptaría el PRD por tener un antecedente de mediocre militancia de izquierda, pero no representaba un peligro real para el régimen que lo veía desde siempre como alguien de los suyos. El mérito mayor de Woldenberg fue “reconocer” el triunfo de Fox, es decir, hacer el trabajo que le correspondía como presidente del IFE.
Hoy muchos de esos autodenominados “padres fundadores” se sienten dueños de una lucha que no dieron ellos en las calles sino de la que fueron beneficiados en los escritorios burocráticos y en los aumentos permanentes de sus patrimonios personales. Todo parecía miel sobre hojuelas hasta que en el 2006 el fraude volvió a aparecer, otra vez contra la izquierda y su tan querido IFE no hizo sino legitimar el robo que benefició a Felipe Calderón. Ese IFE nunca vio campañas anticipadas ni compra ilegal de espacios en radio y televisión que durante meses se dedicaron a bombardear con aquella cantaleta de que AMLO era un peligro para México. ¿Dónde estaban los paladines de la democracia en esos momentos? Cobrando jugosos salarios dentro de la institución y argumentando a diestra y siniestra que el fraude nunca había ocurrido.
Mas tarde vino Peña y el IFE tampoco reconoció el uso de dinero mal habido y los desvíos a la campaña del mexiquense. Nada, no se le tocó ni con el pétalo de una multa. Ese es el INE que defienden los que dicen defender a la democracia, el INE donde ganan el PAN o el PRI pero no la izquierda. El INE donde cobran jugosos salarios no solo los consejeros sino una centena de funcionarios a los que se les paga desde el celular hasta seguros de gastos médicos, choferes, asesores y un sinfín de “prestaciones”. Por eso aquello de “al diablo con SUS instituciones” porque esas no son las instituciones que necesita México ni su democracia, esas son las instituciones que se dieron ellos para su uso y disfrute.
¿El INE no se toca? Claro que se toca y se mejora y se transparenta y se hace más eficiente y menos oneroso. Se toca y se tocará las veces que sea necesario porque no les pertenece a ellos sino al pueblo de México. Se seguirá tocando aunque pretendan continuar cargando a los orangutanes a las entrevistas, creyéndose los padres no biológicos de una democracia que se conquistó con sangre, sudor y lágrimas en las calles y en las plazas públicas de México y no en un café de la Condesa o en un cubículo del CIDE o del Colegio de México.