EL-SUR

Sábado 04 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

El sol arde en la costa vacía

Alan Valdez

Noviembre 30, 2024

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Alan Valdez

 

A esta hora de entresemana aquí solo vienen estudiantes que torpemente esconden la playera del uniforme, mientras las milrayas de sus pantalones y faldas ondean en la fila de la taquilla. Eligen la primera sala que esté disponible y se dedican por 90 minutos a ensayarse los pliegues de la ropa interior.
La entrada es barata, 15 pesos, cosa que hace honor al nombre del comercio llamado Cinemahorro. Por las mañanas hay un ciclo de cine menos comercial. Casi siempre 3 películas sin relación alguna, con subtítulos, que lo único que comparten entre sí es la cantidad de países involucrados en su producción.
El edificio donde está el cine es altísimo, gris y altísimo y azul también como una ballena de medio día. Se llama Oceanic 2000, tiene desocupados la mayor parte de los pisos de la sección comercial salvo la planta baja y el segundo nivel donde los estudiantes se dedican a terminar sus tareas en equipo.
En la planta baja hay un Sanborns que presume tener los baños más limpios de todo Acapulco, una estética unisex con servicio de alta gama de peinados para eventos especiales y una tienda de suplementos alimenticios que anuncia sus ofertas con un cartel donde hay dos mujeres fisicoculturistas.
Después de que termina la película camino unos minutos hasta la Casa de la Cultura. Tiene un jardín amplio y un pequeño auditorio al aire libre. Me siento a esperarte. Sentado en una banca miro a una máquina expendedora de refrescos, roja y excesivamente iluminada, simula lo voluptuoso de unas gotas de agua fría. Huelo el interior de mi playera, me repaso la frente con una servilleta hecha bola y apruebo mi aspecto en el débil reflejo de una ventana. Llegas.
Me sorprende lo mucho que fumas, pero hace más sentido cuando me hablas de cómo tu madre y tu padre no tienen ninguna foto donde no salgan con un cigarro en la mano. A mi madre no le gusta que fume, pero aún así lo hago.
Me preguntas que por qué me fui a estudiar a Chihuahua y yo te pregunto la razón de estudiar Derecho. Ninguna de las respuestas que nos damos en realidad nos satisfacen, pero pronto adolescentes, comenzamos a reírnos de lo serio que sonamos hablando de las decisiones de nuestra breve vida. En algún momento, la manera de reírnos rebasa su origen, ya no estamos riendo de nada en particular y más bien la risa del otro prolonga la personal hasta que ambos sonidos se responden como un hilo de colores que va descomponiéndose en nuestras caras.
Cumplimos años el mismo día y eso nos hace creer en una forma de mundo, no sé exactamente cuál forma de mundo, pero en ella creemos. Te cuento de la película que vi. Explico mal el argumento, pero pones atención a la palabra río y de ahí decidimos ir hasta la playa del Cici.
Sentados en los últimos escalones antes de que comience la arena, me preguntas sobre mi familia. Dónde se conocieron mis padres, si mi casa del cerro es visible desde esta orilla, si me gusta más el norte de México o el sur. Te descalzas. Yo hago lo mismo y comenzamos a caminar. A veces vemos niños corriendo tras las olas. A veces vemos olas corriendo tras los niños. Nuestros cabellos se doran con la luz y la arena se pega en nuestros dedos al pisar.
Personas adentro del oleaje van y vienen, ridículas las horas hacen lo mismo. Mujeres y hombres, luminosos y amarillos pisan la arena amarilla y se dirigen, casi como en una misma intención, hacia un lugar simultáneo. Te pregunto por los viajes de una nación a otra y por la idea tan vaga de llegar a los veintes. En los empedrados que dividen la bahía, debajo de la sombra de un almendro, perseguimos los movimientos de los huéspedes del hotel Calinda jugando fútbol y pidiéndole más cervezas a un hombre con las pantorrillas rebosantes y morenas.
Hacemos observaciones exageradas de los turistas. Practicamos, histriónicos y torpes, vidas absurdas e inventadas.
–¿Cuánto tiempo crees que lleven juntos?
–Yo no creo que estén juntos, mira más bien como él mira a la otra.
–¿Y cómo sabes que la otra no es más bien la primera?
–Mira, ve cómo ella le acaba de dar a cuidar el cel y se va a meter al agua.
–¿Y eso qué? Puede ser su amigo.
–Bueno, sí, pero cuando ella se mete voltea para atrás y le sonríe.
–¿Y con eso ya puedes decidir quién está con quién?
–Sí.
–¿Con la pura sonrisa?
–Sí.

Abandonamos las vidas ajenas, me preguntas por qué me gusta sentarme justamente aquí y no en otra parte, y en vez de contestar, te llamo a saltar entre las piedras. Los cangrejos recorren la parte húmeda y verde de las rocas. A veces la sal de la ola los hace desaparecer. Y levantamos la mano, señalamos la misma parte del mar y perseguimos la estela de una lancha que dirige el vuelo de un paracaídas.
Nos miramos fingiendo no mirarnos. Compartimos la misma sed hasta que es hora de despedirnos. Las sombrillas y camastros empiezan a ser recogidos y corredores de arena se desplazan veloces a la misma dirección que las gaviotas.
Acordamos vernos mañana de nuevo. Te sacudes las plantas de los pies y la arena de tus zapatos en el pretil de la banqueta. Cuando pierdo todo rastro de ti, no me decido a la ciudad aún y comienzo a caminar por el resto de playa que falta. El día se revierte a una infancia muy parecida a la que yo tengo. Prenden las farolas. Personas nocturnas juntan latas de aluminio mientras una jauría de perros se dedica al festín de bolsas blancas de basura.
Antes de salir de la playa miro los brazos de la bahía, ahora alumbrados, vanidosamente por miles de focos prendidos. Regreso caminando a la casa. Afuera de la iglesia de Costa Azul hay gente comprando cena. Sentados en banquitos de plástico, los comensales dan instrucciones precisas en la cantidad de queso rayado, crema y salsa que debe ir en sus picadas.
Atravieso la banqueta del parque Merle Oberón. En la cancha de futbol rápido están echando reta. En una de las jugadas el balón es lanzado fuera de las bardas de la cancha hasta caer adentro de una casa. El terreno no solo está amurallado con una pared blanca de dos metros, sino que está coronado por un alambre de púas. Del parque salta un hombre descalzo, sin playera y con un short con el logo visible del Real Madrid. Le gritan, Chita, papito, arajo ese balón ya se perdió, api. Y el Chita, hombre grueso, minúsculo responde, Arajo, api, que ahorita lo resolvemos, api.
Chita, ágil y felino, salta la barda de dos metros, desatiende la alarma contra robos de la propiedad y sale con el balón que tiene estampado el logo de las Chivas. Victorioso, como quien ha trabajado todo el día, avienta el balón de vuelta a la cancha mientras los demás chiflan y aplauden el milagro.
Después de subir largo, por la pendiente que lleva hasta la colonia Hermenegildo Galeana, tengo derecho a una imagen panorámica de la bahía. Alcanzo a distinguir embarcaciones que pueden ser yates o pequeños botes de pesca. Y más hacia la izquierda, las luces en fila de un extenso barco petrolero. Pocos condominios en el Oceanic se muestran ocupados y, más allá, sobre la ladera lujosa y habitacional de las Brisas, autos avanzan por la avenida Escénica.
Entrando, mi abuela me pregunta que dónde anduve toda la tarde. Me conoce y, al mismo tiempo, hay algo que cada vez entiende menos de mí y yo de ella. El centro de su sala está ocupado por dos veladoras. Nos decimos buenas noches. Cierra la puerta de metal a la vez que mis pasos se marcan con la voz de un Descanse mijo, mañana lo veo.
Subo ahora hasta la casa de mi madre. Está en su escritorio. ¿Ya sé durmió tu abue?, y platicamos un rato sobre sus pendientes. Yo volveré a salir mañana, le aviso. Le doy un abrazo y se da cuenta, por mi olor, que estuve fumando. Me reprende, nos regalamos las buenas noches. Acostado, me narro de nuevo el día y pienso una vez más en el verde, la sal y los cangrejos.
La función empieza a las 12:15. Los clientes, de costumbre con sus mochilas y playeras del uniforme amarradas alrededor de la cintura, esperan. Es una película danesa. Leo la sinopsis una vez más. Algo de un maestro de Historia del Arte y una guerra y el campo. El orden no importa mucho.
A la sala entramos nosotros dos y otra pareja. Confesamos las veces que también nos volamos las clases en la preparatoria. Se anuncian los tráilers de otras películas. No sabemos bien qué hacer con las manos compartiendo el espacio de la butaca. A mitad de la película, los otros espectadores comienzan a integrarse en una sola masa amorfa de sombras. Y continúan así hasta que prenden las luces que acompañan los créditos de la película.
Vamos de nuevo a la playa. Arremangados del pantalón caminamos desde la orilla de Icacos hasta el empedrado del Hotel Calinda. No están los turistas de quien nos estábamos burlando ayer, pero nos entretenemos de la manera brusca con que un hombre esparce bloqueador sobre la espalda enrojecida de una señora.
Salimos de la arena y tomamos el camión que anuncia en el parabrisas Base-Caleta. Al llegar al zócalo, sorteamos vendedores de artesanías y nos adelantamos por una calle de subida que nos saque hasta La Quebrada.
Personas con las puertas abiertas de sus autos reproducen música que se combina con el oleaje rompiendo en los inicios de los cerros. La gente empieza a amontonarse en el mirador de los clavados. Con unos megáfonos anuncian cuántos minutos faltan para la próxima caída. Desde donde estamos es difícil distinguir al clavadista, o a la multitud, pero la montaña y su signo se conservan.
Los aplausos nos llegan. Acumulándose ahora con el sonido de la música y el sonido de las olas es imposible distinguir qué emoción es más verdadera. Sentados, ya solo quietos ante el espectáculo del mar hacia la tarde, comenzamos de nuevo nuestras preguntas. ¿Te gusta lo qué estás estudiando?, ¿piensas algún día regresar a Acapulco?, ¿cuántos días dijiste que estarías aquí de vacaciones?
Tenemos 18 años. El sol arde en la costa vacía.