EL-SUR

Miércoles 12 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

El solitario residuo de una época

Adán Ramírez Serret

Marzo 09, 2018

 

Una de las preguntas más usuales entre escritores, lectores e interesados en la lectura es ¿cuáles son los libros más importantes? Aunque en realidad, haciendo un poco de trampa, deberíamos transformar, desenvolver esa pregunta en dos; ya que podemos replantear, ¿cuáles son los libros que más han influido en la literatura? Y luego, ¿cuáles son los libros que más te han marcado en lo particular? Esta es una idea que explica el escritor argentino Ricardo Piglia, en sus Diarios de Emilio Renzi, donde escribe de manera bastante acertada sobre la forma en se insertan en el lector algunos libros, “a la impresión vívida que está ahí, ahora, descolgada, sin remitente, sin fecha, en la memoria”.
Así, pues, respondiendo a la pregunta cuáles son los libros, los autores fundamentales para la literatura, sin duda diremos lo de siempre: Shakespeare, Cervantes o Borges…; pero respondiendo a la segunda pregunta, pienso de manera personal en Dickens, Zolá o Galdós. Sin duda grandes nombres pero la crítica se me echaría encima si dijera que son los más importantes. Y, en verdad, para mí lo son. Recuerdo sobre todo la impresión, la impronta radical que dejaban en mí mientras los leía. Cito, de nuevo, a Piglia: “Lo que se deja en la memoria no es el contenido del recuerdo, sino su forma”.
Pienso en esto a propósito de la entrañable novela El truco de Emanuel Bergman. Es un libro que hace realidad aquel lugar común de que los libros son grandes amigos; pues al leerlo uno se siente que está junto a entrañables camaradas. Y es porque este libro va labrando surcos en los sentimientos (los que serán las huellas de la memoria) a través de sus personajes. Se trata de dos historias que se van contando de manera alterna mientras vamos desentrañando la historia.
El primer personaje es un joven judío que vive en la ahora asombrosa y literaria Praga de la década de los 1930. Un día, por azares del destino, asiste a un circo en donde se impresiona con la magia, admira al prestidigitador y se enamora profundamente de la joven ayudante del mago. Es tal su enajenamiento, que a los 15 años deja todo, abandona a su padre y su ciudad para enrolarse en la vida del circo y la magia. Lo espera el descubrimiento de una profesión; las aguas turbulentas del primer amor; y la Segunda Guerra Mundial con todo y Holocausto.
La historia da un salto de 70 años y ahora nos encontramos en la anodina y terrenal ciudad de Los Ángeles del siglo XXI, con un ordinario joven judío que tiene una ordinaria pelea con su padre, dentro de la cual se ve regañado por no querer limpiar los desechos de su mascota y por lo tanto, amenazado con ser despojado de ella. Tras lo cual, en un arranque de ira, desea con todas sus fuerzas que su padre desaparezca. Pocas semanas después su vida da un vuelco y la culpa lo carcome cuando se entera que sus padres se van a divorciar y su padre los dejará. Se siente responsable de todo.
Es entonces cuando decide utilizar la magia, pues si un deseo profundo fue capaz de expulsar a su padre, otro igual será capaz de regresarlo. Se lanza en busca de un hechizo, el del amor eterno, para reunir a sus padres.
La novela toma un tono bastante entrañable, pues en un capítulo vemos al joven mago en ciernes, acechado por los nazis, vivir la vida de manera apasionada en la Europa de entre guerras. Y por el otro, al viejo decrépito que se niega a ayudar al niño. Poco a poco, Emanuel Bergman, va haciendo cada vez más una sugerencia por demás original, la cual es que quizá la literatura y la magia se parezcan. Pues aunque su mundo es el del engaño, el de la mentira, es un lugar en donde se puede engañar a la gente, sobre todo con la verdad.
Así, el viejo mago que es el solitario residuo de una época, es el único que puede ayudar a este niño. Me gusta esta novela, pues como los libros que dejan una marca, es sencillo y muy profundo.
(Emanuel Bergman, El truco, Barcelona, Anagrama, 2017. 330 páginas).