Alan Valdez
Enero 27, 2024
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Bebo de una fuente pequeña,
mi sed es mayor que el océano.
Adam Zagajewski
Leo a un poeta polaco decir que al sueño bajamos separados. Leo cómo habla de dos personas que se apartan. Y también, en alguna línea de ese mismo poema, habla de una noche que apenas va entendiendo su deseo. Coincidentemente, como ocurre en bastantes ocasiones en la escritura, aquí también es de noche y también apenas estoy entendiendo mi deseo.
Apago la luz del buró. En la doble oscuridad procurada por mis ojos y los ojos de allá afuera, trato de quedarme dormido. Parece que estoy a punto de lograrlo. Anterior a mis párpados, la sensación de una línea dividiendo el negro comienza su itinerario. Una línea sin color traza un eje exacto en alguna parte del horizonte y mi entraña. Del lado izquierdo una llanura quieta. De lado derecho, lo mismo. Y un viento mudo. Mudísimo, sin intenciones de alguna noticia, recorre la hierba abismal en donde la espalda de este cuerpo asistido al sueño trata de acomodarse.
Mis pensamientos se dirigen a su otro oficio, no sé si con lentitud, pero su sigilo piadoso de hormiga me impide saber si han desaparecido, o si sólo aguardan como animal sin hambre, listos para seguir entrenando su violencia. En la penumbra una vez más me reafirmo que lo que asusta de la noche no es lo oscuro, sino saber que lo invisible no necesariamente es un problema de los ojos.
Acostado, una astilla comienza a deslizarse, calma por una vena. Decir con precisión cómo es que pasa, tiene la misma dificultad y sintaxis que cualquier inicio de evangelio occidental. Pero pues no hay mucho que variarle. Se hizo la luz. Así que la ligera y tierna indiferencia de mis párpados al mundo, se interrumpe. Una idea, o algo próximo a la idea brotó en el páramo que tanto había procurado con meditación, bastantes infusiones de pasiflora y un cuarto de cucharada de magnesio en agua tibia después del último alimento, para poder quedarme dormido como si la infancia.
Al principio no era ningún nombre, si acaso, un gesto así de pequeño como el de no saber si se checó bien la hora en el celular, así que un segundo después de haberlo sacado del bolsillo, volverlo a revisar sólo para ahora sí estar seguro del tiempo, y que ya es tarde. Pero casi siempre, ¿no? Una nada de gesto. Pero suficiente para agrietar el sueño y sus inclinaciones. Y aquí me reafirmo una vez más que la noche en verdad es una criatura frágil, con poco, con poquísimo, su homogénea carne es perturbada.
El gesto deviene en idea y como cualquier materia que ya se aprendió los límites entre estar vivo y no, adquiere el cuerpo de una palabra. Y esa palabra me lleva y me hace recorrer una ciudad mal distribuida. Forcejeo un rato con recuerdos aleatorios, precipitados sobre mi precisa edad en esta noche, incoherente su narración y yo sin paraguas.
La almohada se lleva todas las de perder y la cobija en el suelo. Y al final, he ahí un nombre. El que no quería que se apareciera. Y lo repaso como se repasa la bilis en la tarja, no por gusto, sino para asegurarse de que no haya sangre. Y es verdad, bajo el insomnio, cualquier cosa adquiere la misma simetría que una deuda bancaria justo en el último estirón de la quincena.
Rendido y con los ojos abiertos, supongo que eso mismo sienten los bebés al ser revelados a un lugar con urgencia, palabra y pasado. Y en mi nuevo nacimiento la única desventaja, que en realidad es más que suficiente, es que me doy cuenta que mi verdadera condena no me la da haber sido entregado al día antes de tiempo, sino el exceso de lenguaje con el que menciono todo lo que me ocurre y según yo, me va a ocurrir.
Sin poder hacer nada, una imagen tras otra me recuerda mis distracciones, y las cosas que he perdido y ganado, o al revés. Ya no estoy seguro. Mi andar chueco en calles también chuecas. Lo que no he hecho, lo que no he dicho, hacen su aparición como si en ese preciso momento tuviera que resolverlo. Y bajo tanto movimiento, el sudor en las sábanas y las vueltas sobre el colchón, apenas dicen algo de lo que me está comiendo las encías de la nuca.
Reconociendo mi poca destreza para atravesar mi propia saliva, me paro de la cama. Busco mis lentes, me dirijo al escritorio y me pongo a pretender que puedo trabajar. Al cabo aún es enero, las ganas por ser mejor persona justifican este tipo de destrezas nocturnas. Pero no basta con la luz azul de la computadora, ni con abrir la agenda y marcar un día allá lejos. Y sigo pensando como si trajera marro y cincel. Yo no soy un escultor, me repito.
Regreso al libro de Adam Zagajewski para ver si en algún lado encuentro una verdad o algo que me tranquilice el futuro. Salía a dar largos paseos, y deseaba tan sólo una cosa. Pensar en el deseo ajeno me distrae, al menos un rato hasta que me detengo en mis deseos. Subo a la cocina. Algunas casas aún tienen las luces navideñas. Admiro la falta de prisa que tienen por asumir que este año ya ha empezado. Pero justo, ¿por qué todos vamos con tanta prisa?, ¿a dónde nos dirigimos?, ¿qué se supone que hay después de todas estas horas?
La luna y las hierbas del patio se acarician sin pudor alguno. Lo blanco se adhiere a las hojas miles de veces, hasta que el cielo y la tierra son la misma cosa. Animal de dos espaldas es la noche. Shakespeare y el médico François Rabelais estarían orgullosos de mí por tremendo hallazgo. Sin embargo, la perfección se disuelve. A los amantes no les interesa la unión sin costuras. Viven para el encuentro, no para quedarse en él. Así que prefieren morir antes que ser indistinguibles en su deseo, porque su pulsión consiste en confrontar su cuerpo con el otro. En saberse en pugna contra la naturaleza que los ha hecho divididos. Su gloria no es la uniformidad conjunta y silenciosa, sino acometerle un atentado desde sus formas y maneras siempre irreconciliables, porque el amor no sobrevive en cuerpos quietos.
La luna deja de reafirmarse en el desierto. El desierto renuncia a lo ingrávido también. Termino de beber mi té. Sigo leyendo o algo así, en realidad paso una hoja tras otra sin entender nada. Pero no me importa mucho, mi compromiso en este momento de mi vida no es con el sentido. Los pensamientos siguen llegando, pero ya no me resisto a ellos. Les doy la bienvenida. Invitados ya a mi presente sin sombras, les pregunto por sus ambiciones. Escucho sus miedos, sus dolores, el amor acaso suelto aquella mañana en esa orilla, las risas, los aplausos, los párrafos aún no escritos, la merienda a solas, la cena también a solas, el silencio en el espejo y el no saber cómo quedarse callado.
Nos escuchamos horas, bebemos té, nos acordamos de todas las veces junto a los ríos. Me ayudan a redactar una carta hecha de aire y después, abrimos la ventana para que se vaya, pájaro nocturno, a buscar quién sabe qué clase de rama. Hago todos los ademanes del anfitrión que no sabe cómo despedir a la visita. Pero la visita no entiende del bostezo, del trapo limpiando por novena ocasión la madera. Del cristal devuelto a la repisa. Del mañana trabajo temprano. Así que afuera, la sangre empieza su rutina, y el paladar del cielo inicia la demostración de su calcio.
Enseña los dientes, encías pastosas por la saliva acumulada durante la noche, el día será nublado. Es normal, aún es invierno. Veo gente corriendo y ya se escuchan más autos ir con el destino acomodado en la guantera. En la casa oigo una alarma. Luego, una voz diciéndome, buenos días. Nadie sospecha de mi lengua cruda por el desvelo al regresar el saludo.
Vuelvo a mi habitación. Antes de poner el libro sobre el escritorio, reviso mis subrayados de la última página, Sobre mí el cielo blanco como una carpa de circo. Ahí está mi verdad para este día. En los últimos de enero, un cielo blanco con ganas de caernos encima. Y nosotros, acróbatas inexpertos, ya será para la otra vida.
Tiendo la cama. Finjo haber cumplido con mis horas de sueño. Pero no me dura tanto el engaño. En el espejo, antes del jabón y el agua, ese otro me recrimina la endeble salud que le he procurado. Y mi única respuesta es meterlo a la regadera a que lo recorra la digitación fría. El agua me hace respirar tan hacia adentro y tan rápidamente que siento que me han despertado de todas las noches que he vivido y viviré de una sola palmada.
Pero esa clase de despertar, ese tipo de presente de tan absoluto, pues tan breve. Y sólo me queda la sensación de haber ingresado al salón de la fama de los que han visto al mundo ir demasiado rápido sin haber hecho mérito alguno.
En el auto, escucho lo que han soñado los otros, y puede ser que me vaya quedando dormido por el arrullo de las líneas amarillas de la carretera, pero me llega la imagen de estar sentado en el comedor, hablando con alguien y que me entrega un pedazo de futuro y yo sólo lo guardo en la bolsa. No le digo a nadie sobre mi sueño, ni sobre el futuro. Y nos despedimos con el entusiasmo de los que saben que hoy es viernes.
Camino, el desierto completo lo traigo entre párpado y párpado. Pero con una habilidad de camello me dirijo a comprarme un café, cargadísimo y sigo mi camino hacia alguna parte del día. Mando algunos correos, contesto algunos mensajes. Pretendo, a decir verdad, que soy yo el que hace todo eso. Pero no importa mucho, a la economía le encantan los procesos automáticos y ya casi pagan.
Cabeceo sobre el escritorio como si estuviera esquivando moscas. Y que me alcanza una. Así que esa es la tercera y la vencida para ir a que me dé el aire y tomarme otro café para atravesar lo que me queda de trabajo.
Me siento en una banca. Pasa gente en bicicletas yendo a un lugar al que seguramente yo no estoy invitado. Su velocidad me parece obscena. Y en mi lentitud, decido continuar con mi libro de Adam Zagajewski. Otra vez sus deseos enlistados en la página, relámpagos, cambios, a ti. Y se me ocurre que quizá yo deseo lo mismo que Zagajewski, pero en distinto orden, porque en los deseos el orden sí altera la vida.
Termino mi café, no sabría decir si estoy despierto o no. O si he despertado, quizá lo haya hecho en otra vida, muy parecida a la anterior, pero distinta de todas formas. Y para comprobarlo te escribo un mensaje. Muy corto, una pequeña precisión por decirlo de alguna manera. Y según lo que contestes, sabré si el mundo y yo seguimos teniendo la misma espalda.