EL-SUR

Sábado 20 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

El Tepozteco

Silvestre Pacheco León

Septiembre 01, 2025

El pueblo de Tepoztlán me gusta por luchón. Desde hace muchos años sus atractivos naturales han sido codiciados para el desarrollo de fraccionamientos lujosos y campos de golf chocado con un pueblo que ha sabido defenderlos para el provecho de todos, por eso debemos estar agradecidos con ellos y disfrutar como turistas cuando tengamos oportunidad de visitarlos.
Siempre es un placer venir a Tepoztlán con sus calles empedradas y su traza al estilo colonial, con su imponente iglesia en el centro y su extenso atrio bardeado. Abundan los puestos de comidas y bebidas en todo el pueblo donde los vecinos han aprovechado la ventaja de alquilar sus patios para el estacionamiento de autos con una cuota generalizada de 150 pesos por el día.
Cuando usted tenga oportunidad de visitar este pueblo mágico le invito a que incluya en su recorrido el mercado central que tiene dedicado un andador frente al jardín y el palacio municipal para los campesinos que llevan a vender su cosecha de frutas como duraznos, zapotes, granadillas, manzanas, y semillas de frijol en sus distintas variedades para una infinidad de guisos, maíz de todos colores exhibidos en sus mazorcas, calabazas crudas y en conserva, con sus semillas de muy distintos tamaños, y plantas medicinales, alimenticias y de ornato.
Tepoztlán se ha especializado en la producción de tortillas de maíz local o endémico que siempre conviene saborear. Los famosos tlacoyos e itacates, junto con las gorditas fabricados con masa de maíz y manteca de cerdo, con los elotes hervidos y asados son los principales productos con sabor único, nutritivos, frescos y baratos.
Una calle de tres cuadras, en el costado derecho de la iglesia es ocupada sábado y domingo por tianguistas propios y venidos de fuera que son uno de los principales atractivos donde se encuentra ropa típica de fabricación artesanal, manteles tejidos, artículos de piel como bolsas, chamarras y cinturones, joyería, trastes de madera, bisutería, medicinas milagrosas, adivinadores de la suerte, pan integral, bebidas preparadas, amuletos y perfumes esotéricos.
La calle para ascender al cerro es la más larga y saturada de gente y no sé bien si los miles de turistas que suben lo hacen a sabiendas de lo que les espera o porque buscan estar en contacto con la naturaleza, o solo medir su condición física. No me imagino que lo hagan para pagar una manda y tampoco creo que todos lo hagan por curiosidad, pero supongo que la mayoría lo hace por el deseo de diversión compartiendo con familiares y amistades la experiencia un poco extravagante de caminar casi de manera vertical por un sendero difícil, hecho de piedras lizas y filosas, saturado de cientos de personas, hombres y mujeres de todas las edades todas con el propósito firme de subir hasta la cima, alentados por los que van delante y acicateados por los que vienen detrás.
Pero ya encaminados, con el sudor y el temblor de corvas, respirando con dificultad y casi disneicos por la subida tan empinada y prolongada, todos los caminantes tienen tiempo de reflexionar y de mirar su entorno de manera distinta a cuando uno camina en el plan.
El discurrir del agua por la barranca, el canto del cenzontle, el vuelo del aguililla o el paso vertiginoso de una huilota lo hacen sentir a uno minúsculo pero más vivo y viril dispuesto a rebasar a todos para ser el primero en llegar a la cima. En resumen, es una experiencia única porque nadie que suba al Tepozteco regresa siendo la misma persona. A todos nos cambia ver la grandeza de una de las culturas prehispánicas que crecieron por encima de sus cabezas en el ánimo de alcanzar el cielo.
El año pasado, en diciembre, a la edad de 71 años subí al Tepozteco sin problema acompañando a Yuri y Gael, mi nuera y mi nieto, quienes estaban deseosos de conocer y vivir la experiencia. Entonces había poca gente, un poco más de mil según el reporte de quienes venden los boletos para acceder a la pirámide, por eso en el retorno batimos récord porque en 45 minutos estábamos en el pueblo.
A principios de agosto del presente año volvimos a este lugar y la verdad no tenía mucho interés en repetir la hazaña con un año más de edad, pensando en la conveniencia de mejor ser recatado y cuidarse de los riesgos, pero cambié de opinión cuando en la noche del sábado escuché el reto de Valentina con sus tíos. Mi nieta de 17 años, de una esbeltez envidiable aunque alejada del deporte, que solo ha practicado de manera intermitente tenis, ciclismo y natación, ganándose con ello el sobrenombre de Fina, dijo que estaba dispuesta a subir el cerro si se le cambiaba el apodo y si le cumplían su antojo de comprarle una gran bolsa de papas doradas y picantes. Por eso con la apuesta de subir hasta la cima a costa de lo que fuera, organizamos todo como parte de mi festejo de cumpleaños y al día siguiente viajamos de Cuernavaca al pueblo mágico con el reto de subir los cuatro al Tepozteco mientras madre, abuela y hermana nos esperaban en el pueblo.
Emprendimos el ascenso todavía con la humedad de la lluvia de la noche anterior disfrutando la frescura que da la sombra de los pinos, encinos y ceibas que pueblan el camino. Solo nos arrepentimos del día escogido porque nos enfrentamos a una peregrinación multitudinaria de cientos de personas, todas dispuestas a subir al mismo tiempo y por eso convertidas en un gran obstáculo para avanzar. Nada que ver con la fluidez de la vez pasada.
Pero conociendo el secreto de subir ajustados a nuestro ritmo para evitar la respiración agitada, no tuvimos ningún problema en el camino. Valentina llegó a la cima tan fresca que pasó de largo el confinamiento de los tejones que esperan algo de alimento de los paseantes. Así llegamos directo hasta la pirámide para subir uno a uno sus angostos peldaños para cumplir con el ritual de recibir la energía universal que allí se concentra.
Cuando emprendimos el retorno el obstáculo mayor siguió siendo tanta gente en el camino, por eso entre avanzar y detenerse en la bajada a Valentina le comenzaron a temblar las corvas hasta que entendió que debía ajustar su ritmo a los que iban adelante.
Y en seguida el ánimo mejoró cuando la señora a la que seguíamos comentó con su familia, satisfecha de haber subido, que ya olía la pancita guisada que la esperaba en el almuerzo.
Cuando llegamos al pueblo hicimos cuentas de que para llegar a la pirámide viniendo desde el nivel del mar, subimos 2 mil 310 metros en casi una hora, por eso todos festejamos por la subida y bajada sin mayores contratiempos, y viendo a mi nieta sin ninguna afectación por el esfuerzo quedé más convencido de que es real que en la cima del Tepozteco el cuerpo se carga de energía.