EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

El trabajo por la paz en perspectiva cristiana

Jesús Mendoza Zaragoza

Junio 19, 2006

Las marchas silenciosas de oración por la paz convocadas por el Consejo Interreligioso de Guerrero (CIG) y desarrolladas en diversas ciudades del estado, son una manifestación de una peculiar manera de concebir la paz y de trabajar por ella. Las iglesias cristianas, aún siendo distintas, comparten un fundamento común que las puede congregar en una causa como la denuncia de la violencia y el trabajo por la paz. Tal fundamento es, específicamente, religioso, y no puede ser de otro modo.
En primer lugar, las iglesias cristianas conciben la paz a partir de la persona de Jesucristo. No puede desligarse la paz de la predicación y del mensaje de Jesús de Nazareth ni de su muerte y resurrección. Ellas se reconocen como herederas de dicho mensaje, que es, sin lugar a dudas, un mensaje de paz. Por lo mismo, la paz es, en último término, una realidad espiritual que para los creyentes tiene una dimensión religiosa que la vincula con Dios. De la misma manera, la violencia tiene raíces espirituales y tiene que ser tratada desde ese horizonte. Por lo mismo, el trabajo por la paz tiene un necesario carácter espiritual y las iglesias cristianas han creído que la oración tiene que ver con la paz puesto que crea disposiciones espirituales y busca superar los límites inherentes a lo humano en el horizonte de lo divino.
Además, la paz tiene un necesario componente ético. Esto significa que para que la paz pueda construirse se necesita un determinado comportamiento ético. La ética cristiana, para quienes la comprenden, la aceptan y la asumen, comporta valores que convergen en la paz como resultado de una opción por el bien, por la justicia, por la fraternidad. La violencia, por su lado, implica un desprecio al ser humano, al derecho, a la justicia y al mismo Dios. La violencia manifiesta una decadencia humana, un desorden ético y una orientación destructiva del pensamiento y de los sentimientos.
Pero la paz tiene que ver, también, con la política, en cuanto que es necesario un orden jurídico aceptado, promovido y protegido en la sociedad mediante el consenso y la participación de todos. La paz es el resultado de decisiones políticas que favorecen la justicia y la equidad en oportunidades. Muchas decisiones políticas están subyacentes en la violencia que se ha desatado en las calles de nuestras ciudades.
En estos términos, trabajar por la paz implica, al menos, un esfuerzo en las tres dimensiones señaladas. Trabajar por la paz implica un esfuerzo espiritual que hace necesaria una educación para crear disposiciones y actitudes que la favorezcan y la acojan. Desde la espiritualidad se prepara y se dispone al ser humano para que esté en condiciones de relaciones de respeto, concordia y tolerancia. Sin disposiciones espirituales, el trabajo por la paz es siempre frágil, engañoso y carente de espíritu y de libertad.
Trabajar por la paz conlleva, al mismo tiempo, una educación y una disciplina que sea capaz de manejar prejuicios, provocaciones y pulsiones. Este esfuerzo requiere la aceptación y la práctica de valores objetivos para orientar la conducta y los comportamientos. Es necesario asumir los valores de la verdad, de la libertad, de la justicia y de la solidaridad como soportes necesarios de todo esfuerzo encaminado hacia la paz.
El esfuerzo político es indispensable, pues le da forma a las disposiciones espirituales y a los valores éticos en la trama de las relaciones sociales. La espiritualidad sin la política no es más que una irresponsable evasión y la política sin la espiritualidad se convierte en sólo ruido carente de esperanza.
Esto no significa que las iglesias como tales tengan que entrar al juego político sino que tienen que hacer su trabajo religioso y espiritual para contribuir a la lucha contra la violencia y a la construcción de la paz. Pero hay que entender que la predicación del Evangelio tiene que traducirse en resultados claros en la vida pública. En este sentido, la contribución de las iglesias debiera ser reconocida e integrada en los esfuerzos de la sociedad por construir condiciones que sostengan la paz y erradiquen las raíces de la violencia.