Alan Valdez
Septiembre 10, 2022
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Sales apenas amanece, no llevas en el estómago más que las preocupaciones del día anterior, de la semana anterior, del mes, del año, por no decir que de la vida anterior si se cree en esa suerte de retorno sin pausas tan testimoniado en el pensamiento oriental, pero que a nosotros en esta latitud del mundo, nos suena más a condena que a otra cosa.
Caminas. Estiras la mano para hacer la parada. Como siempre el transporte va atascado. Personas igual de preocupadas que tú por la reencarnación, se amasan como si de verdad pretendieran ser un solo organismo con un propósito en común. (uno para todos y todos para uno diría el lema oficial de Suiza desde 1902, o la frase de combate de Athos, Porthos, Aramis y D’Artagnan desde 1844). Llegar, pues, y sobreponerse a lo que depare la rutina y sus demonios. Nada que hacerle. Aquí el espacio personal es una metáfora del privilegio. El pasamanos tiene un calor que ya conoces, esa tibieza de asiento blanco de baño de cinco pesos en las nalgas (o de a 10 con doble ración de papel, por si las moscas), pero ahora manifestándose en tus manos.
Descubres a una madre y sus dos hijitos apurándose a cruzar el semáforo antes de que cambie, porque el derecho es de los automóviles, todos lo sabemos. Y hay que dar las gracias a su corazón magnánimo cuando deciden cedernos el paso, porque nos han regalado un día más de vida en favor del mínimo segundo que han perdido después de no haber acelerado. Así que los tres cruzan como si los viniera persiguiendo quién sabe qué fantasma decimonónico, y miras los piececitos moverse como si fueran sobre carbón encendido, y luego logras ver un brillo reciente, porque estás seguro de que bolearon los zapatos apenas, con una esponja comprada la noche anterior, porque otro reporte más de higiene personal ya no es admisible.
Llevan el pelo lustrosísimo. Tan impecables están de los uniformes que de verdad asumes la frase de que los niños son el futuro más allá del cliché que representa su repetición en cada ceremonia que algún político llega a dar en una escuela un martes cualquiera por la mañana. En esos cabellos impolutos que fueron untados de la voluntad y desvelos de la madre, no hay sitio para pensar que no ir a la escuela es una opción. Al menos, hoy no. Llegan a la otra banqueta. Las mochilas ocupan casi la mitad de su cuerpo. Y los ves dirigirse como tortugas imposibles y longevas, hacia un océano que los acabará devorando o no, eso ya depende de la selección natural o de la economía o de todas esas cosas que no tienen que ver con la estúpida idea de la meritocracia y todos sus vicios y venenos.
Sigues observando las banquetas, pero no puedes darle sentido al espectáculo que el mundo dispone para ti. Esta es una escena que te obligan a observar. Como si fuera una película de Kubrick, como si te llamaras Alexander Delarge, como si de fondo sonara la Novena Sinfonía, como si te mantuvieran los ojos abiertos con unos fórceps y te obligaran a ver el afuera sin censura alguna, pero que en realidad acaba por reafirmar toda la ponzoña que se aloja adentro.
Se sube un payaso. Sus zapatos son más grandes que tus esperanzas. Su maquillaje improvisado pero seguro de sí mismo tiene más personalidad que tú. Se presenta. Hace un comentario sobre el cabello azul de un pasajero. Todos vamos tan apretados que no hay espacio para una broma, y sin embargo, él tiene que hacer su chamba, la comedia tiene que abrirse paso en este mundo, tiene que hacer surcos entre nuestros pliegues y al menos procurar una sonrisa que cueste un peso. Tienes temor de que te utilice de bufón para completar el último chiste. Adentro de la cabeza de todos, las inseguridades personales empiezan a bullir y cada uno asume que rasgo de su vestimenta o de su cuerpo servirá de carnada para que este hombre/payaso termine de una vez por todas con la poca fe que celosamente cuidan los pasajeros. La víctima es una niña con lentes. Tremendo criminal riéndose de la miopía en medio de la calzada. Le dan algunas monedas. Se baja. Sin embargo, el telón no se ha cerrado.
En una parada el camión se descomprime un poco. Logras sentarte. El pasajero de al lado viene echándose un magnífico desayuno. Bolillo, jugo y toda la cosa. Se ve que no es su primer desayuno en estas condiciones. No es un novato en el arte de comer en movimiento. La precisión con que dispone cada cosa en su regazo demuestra que es un artista que se ha forjado por años en esta ruta. Alguien comprometido en la lucha contra el hambre matutina. Que sabe cómo guardar el equilibrio entre sostener el jugo, la torta y el celular en perfecta sincronía, sin amontonar el instante del bocado con la risa del meme que va observando en Facebook. Es tal la ejecución de su arte que uno llega a preguntarse si en verdad hay necesidad de seguir creyendo en la física.
Te dan ganas de que hubiera sido tu amigo para pedirle un cacho de su torta que presume unas rodajas de chile jalapeño en vinagre y unas generosísimas rebanadas de aguacate bien fileteadas por una mano sin prisa, quizá hasta podríamos hablar de una mano amorosa procurando el cuchillo. Unas rebanadas de aguacate mostrándose sin pena, y con muchísima gloria de ese bolillo que guarda bien las proporciones entre lo blanco del migajón y lo tostado. Maestre panadero el que vende esos bolillos. Por supuesto que este artista del mordisco no podía surtirse de la materia prima en lugar menor para tal menester. Y piensas que, en esa casa, al menos por el fin de semana, la vida les sonrió para que ese manjar de precio exorbitante, ese oro verde que está acabando con Michoacán, se pudiera utilizar sin miedo y sin reparo en un lonche de jamón matutino, y no en la comida fuerte del día.
Salivas como si hubieras sido invitado al mismísimo banquete dedicado a Baco y a toda su genealogía. Y no te queda más que tragarte el hambre, al mismo tiempo que imaginas una situación donde este hombre te dice: –por favor, joven, ya estoy muy lleno, acábeselo, se lo ruego, ya no me cabe ni una mordidita más–. Obviamente no ocurre. Y sólo te queda la satisfacción de no decirle que tiene mayonesa en la comisura de la boca. Ese no decir será tu pequeña victoria. Tu pírrica victoria contra el hambre.
Después de un rato, el artista se dispone a bajar. Crees que sólo recogiendo las piernas será suficiente, pero es torpe el acuerdo entre su cuerpo y el tuyo, que decides pararte y así dejarle la salida más cómoda. En tu maniobra, te han ganado tu descanso. Regresas el agarre de nuevo al pasamanos tibio, de a cinco pesos o de a 10 con doble papel según la urgencia de la víscera. Ir parado tiene algunas ventajas. Puedes ir mirando deliberadamente los celulares de los otros. Hay personas más discretas, pero, como todo en este maravilloso mundo, hay gente a la que ya no le importa la fractura que fundó nuestra noción socio-política moderna, es decir, la dicotomía entre lo público y lo privado.
Hay de todo. Una señora recibiendo mensajes con más erotismo del que tú has recibido en meses. Un estudiante viendo memes de la muerte de la reina Isabel y Chabelo, donde al parecer Chabelo va ganando una pelea contra la muerte. Se sugiere que Silvia Pinal es la última contendiente en esta batalla por el trono de la inmortalidad. Y eso que muchos decían que los grandes conceptos ya habían caducado con el inicio del siglo XXI. Alguien más buscando en Google remedios para quitar el pie de atleta, y el último que alcanzas a ver, tomándose una selfie, para subirla a su estado de Whatsapp con una frase que dice “Dios sólo cuida a los guapos “. Y por alguna razón que no estás seguro de dónde viene, estás de acuerdo con que Dios, en efecto, sólo procura en sus cuidados a la belleza.
Miras cómo alguien comienza la mímica del ¡bajan!, acomodando sus chunches y con cara de que está buscando de dónde agarrarse para poder iniciar su descenso. Pero esa vacante al lado de la ventana va a estar peleada. No eres el único que desea descansar las posaderas. Hay un señor con portafolio que lleva tratándose de sentar desde hace rato, un joven con audífonos y una playera negra con el nombre de una banda de death metal más bien oportunista, una muchacha que va enchinándose las pestañas con una cuchara y que podría competir fácilmente contra el artista del bolillo por ver quién es mejor equilibrista, y por último, tú, sin nada notable, más que las ojeras, y un corte de cabello horrendo que conseguiste gratis en una escuela de estilistas hace dos domingos.
Ganó el señor del portafolio. La experiencia se impuso. Y sabes que no hay nada de malo en perder contra el mejor. Ahí hay una lección de vida. Faltan todavía unos minutos, pero el trayecto tiene casi las dimensiones homéricas de un viaje. La desesperación, se sabe, es buena narradora, y en tu cabeza no sabes si lo que deseas es llegar a tu trabajo o no, pero va a pasar, tendrás que bajarte de este camión, despedirte de la pequeña sociedad que se ha formado desde que subiste, porque hay algunos pasajeros que te han acompañado en esta travesía desde el inicio. Piensas en ellos como si formaran parte de una misma familia, una de esas disfuncionales pero que se quieren de a ratos en Navidad mientras el alcohol no termine por quemarle la lengua a los más voraces.
Tu parada está a cinco minutos, ya te sabes el trayecto, pasando el semáforo de los pollos rostizados, ya no falta nada, y de ahí caminar hasta el edificio. Pero, ¿qué pasaría si esta vez no te bajas y te quedas en el camión hasta que llegue a la terminal donde los lavan con una escoba cubierta con una jerga? La idea no te deja en paz, y ahora ya no falta nada para bajarte. Podrías dejar ese trabajo, iniciar una nueva vida, conocer el amor, ser más sano, escribir un libro, sembrar un árbol, descubrir un continente. Y entonces decides hacerlo, te has convencido como nunca lo habías hecho. El camión se para. En este gesto está el definitivo giro que querías darle a tu vida. La gente comienza a venir hacia ti. Te resistes a los primeros empujones, pero viene unos señores con costales grandes de mercancía. Es inevitable, tienes que salirte para que bajen.
Ni modo. Mañana será otro día.