EL-SUR

Lunes 08 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Emigrado en la Ciudad de México

Silvestre Pacheco León

Febrero 23, 2026

 

(Segunda parte)

Salí de Quechultenango para la Ciudad de México en agosto de 1969, después de cumplidos mis 14 años, fue en el tiempo de lluvias y lo recuerdo porque el agua del río estaba “chorreada” sucia y de color rojizo como de barro que lo atribuí a la lluvia de la noche anterior que provocó la creciente. En eso me fijé cuando me enrollaba los pantalones obligado a mojarme hasta las rodillas para cruzarlo porque las piedras del puente rudimentario que conocemos como “tepanole” se las había llevado la corriente del río y era obligado mojarse.
Cuando me calzaba los zapatos recordé que esa era la parte desagradable de la temporada de lluvias para quienes vivíamos al otro lado del río, por eso en alguna ocasión hice cuentas que a la edad de 14 años sumaba no menos de 5 mil las veces que había cruzado el río, calculando dos en promedio diarios, desde la edad de 7 años en que ya me valía por mí mismo para esa aventura, por eso como despedida volví la mirada al río prometiéndome no regresar hasta que hubiera un puente, claro que muchas veces rompí esa promesa porque pudimos cruzarlo sin mojarnos los pies hasta finales de los años noventa.
Antes de ese viaje definitivo para vivir en la ciudad no sin pena me despedí de Julieta con la promesa de que le escribiría diariamente para continuar de manera epistolar nuestro noviazgo y ella me dijo que estaría pendiente del correo para leerme.
No obstante, en el viaje iba con una mezcla de tristeza y contento porque aparte de dejar a mi novia, a mis padres y a mis hermanos iba en la creencia de que el estudio al que solo se podía acceder en la ciudad era el camino obligado para lograr un mejor futuro.
Mi madre que fue toda su vida valiente se mostraba conforme al separarnos de ella aguantando la crítica de su familia que la acusaba de no tener corazón para dejar de ver a sus hijos. Por eso con su corazón de acero respondía que lo que no nos podía dar no tenía derecho a quitarnos, asumiendo que era nuestro deseo buscar un mejor futuro, lejos del campo.
En Quechultenango había tenido la oportunidad de vivir a muy tierna edad, la complejidad de la vida social y la manera de estudiarla y de comprometerse con las causas populares porque tuve la fortuna de atestiguar la experiencia de una revolución pacífica que cimbró los cimientos de nuestra comunidad para lograr su desarrollo.
Cuando apenas había cumplido 7 años de edad presencié por primera vez en mi vida el movimiento de las madres de familia paralizando la escuela primaria en demanda de la salida de la nefasta directora. Le llamaron huelga pero en realidad fue un paro con el cierre de la escuela defendiendo la educación pública.
Crecí durante el movimiento social encabezado por un líder estudiantil del IPN que en su carácter de médico llegó a Quechultenango en 1956 a realizar su servicio social por seis meses y se quedó seis años dirigiendo el desarrollo social y material de la comunidad, ayudando a identificar y derrotar a los enemigos opuestos al progreso, encauzando la energía popular en la construcción de obras materiales y sociales que aún perduran, mostrando cómo el atraso de los pueblos favorece a los intereses caciquiles.
Fue una intensa y ruda lucha social que culminó al mismo tiempo en que se produjo la caída del represor gobernador del estado Raúl Caballero Aburto gracias al movimiento de los cívicos encabezados por el profesor Genaro Vázquez Rojas.
El clímax que en mi pueblo alcanzó la confrontación contra los caciques aliados al gobierno del estado fue como una novela épica porque en el momento más álgido de las movilizaciones para derrocar al gobernador, la clase política estatal, aferrada a la permanencia del gobierno represor, operaba con la idea de mostrar a la federación que en Guerrero había paz social y que por eso Caballero Aburto debía continuar en su puesto. En el caso de Quechultenango, cuya revuelta se conocía porque fue de los primeros que apoyó a los estudiantes de la universidad que demandaban la autonomía universitaria, decían que todo era culpa de un “mediquillo comunista” a quien se debía expulsar del pueblo. Por eso, en un lance que les resultó contraproducente, a los caciques locales se les ocurrió poner como ejemplo la paz que reinaba en Quechultenango que, decían, estaba conforme con el gobierno, invitando a la cabecera a la comisión de diputados federales y locales que investigaban las denuncias de la brutalidad con la que se gobernaba el estado.
Lo hicieron con toda premeditación aprovechando que sabían de la ausencia del médico que había sido llamado a las oficinas centrales en la Ciudad de México, y con esa idea organizaron la recepción de los diputados convocando a la población para reunirse, y cuando el representante del poder caciquil tomó el micrófono en nombre del pueblo para presentar a la comisión de los diputados, comenzó a desacreditar y acusar en su discurso al “mediquillo agitador y comunista” quien debería ser expulsado del pueblo por revoltoso.
Fue entonces cuando hizo su aparición el médico quien había arribado al pueblo muy de mañana y se encontraba descansando en su domicilio muy cerca de la plaza, de manera que escuchó toda la arenga en su contra y entonces llegó a la plaza, se subió al quiosco y pidió que le dieran el uso de la palabra como derecho de réplica para responder a los señalamientos que se le hacían, y como quienes controlaban el aparato de sonido le negaron en uso del micrófono el médico lo hizo a viva voz haciendo gala de su capacidad oratoria mientras se escuchaba el aplauso de la mayoría que así repudiaba la acción de los caciques.
El acusado se volvió acusador enumerando los abusos de los caciques y culpándolos de la descomposición social que se vivía en Quechultenango.
En ese momento hicieron su aparición los soldados que tenían su regimiento en el edificio del Palacio Municipal quienes a bayoneta calada rodearon la plaza, lo cual fue interpretado por la población como un intento de detener al médico, por eso en respuesta se formó un grupo compacto de mujeres que se abrieron paso entre los reunidos hasta llegar donde estaba el médico para protegerlo con su cuerpo sacándolo en vilo, exactamente como sucedió en el mitin de Atoyac cuando el profesor Lucio Cabañas fue obligado a subirse a la sierra para no ser aprehendido, pero aquí las mujeres hicieron a un lado las ballonetas y cuando iba a dar inicio el zafarrancho poniendo en riesgo la integridad de los diputados y de los propios soldados, en vez de huir el médico se volvió ante la multitud pidiendo la calma, lo cual fue agradecido por los enviados del Congreso quienes le pidieron que los protegiera, de modo que con la iniciativa en sus manos el líder popular guió a los diputados al Palacio Municipal para ponerlos en resguardo pero con la exigencia de que no podrían irse si no arreglaban el desorden que habían provocado.
Por eso se vieron obligados a citar en ese momento a cada uno de los caciques junto con el presidente municipal para que respondieran a las acusaciones que el propio médico formuló entre aplausos de la población.
Al final el presidente municipal fue destituido, el subrecaudador cesado, la directora de la escuela primaria jubilada anticipadamente, mientras que el cura era relevado del lugar.
Después y mientras se organizaba una comida para los invitados forzosos se supo que en el momento más álgido del mitin un grupo de jóvenes había inhabilitado los vehículos de la comitiva del Congreso para imposibilitarles su salida.
Con esas experiencias en mis alforjas llegué a la Ciudad de México cuando aún se respiraba el ambiente de revuelta por el movimiento estudiantil del 68.
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