EL-SUR

Lunes 17 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

En contra de los prestigios fabricados

Federico Vite

Agosto 27, 2019

 

Revisando los archivos electrónicos de la revista Nexos me encontré Hacia una literatura posible, entrevista publicada el 1 de enero de 1982 (el autor del texto no aparece). En esa charla José Joaquín Blanco (un crítico literario feroz, narrador ampliamente recomendable y solvente cronista) da una lección de autocrítica y expone las zonas oscuras del medio literario.
La conversación confirma algunas certezas grotescas; por ejemplo, si usted nota que sólo unos cuantos autores, los de siempre, publican en las editoriales importantes de este país, no se preocupe: todo tiene una explicación. Yo, sumado a otros tantos ilusos, creo que los autores publicados en las editoriales más importantes del país deben provenir de todos los estratos sociales y de todos los estados del país, no sólo deben estar los de la mafia del poder (por decirlo de una forma ramplona), pero uno no puede pedirle peras al olmo. Simple y sencillamente, como bien refiere José Joaquín Blanco, “el problema real es que, al no haber en México una sociedad realmente democrática, la cultura tampoco es una actividad democrática, sino que en el mejor de los casos está propuesta por el Estado o por alguna institución, y entonces, si eres escritor tienes que estar metido ahí para bien o para mal, y de esto se sigue la pérdida de libertad. Pero al mismo tiempo se vuelve necesario decidir entre ser un creador o un funcionario de la cultura, y la libertad del creador se opone a la prudencia y los compromisos de un alto funcionario de la cultura; aunque finalmente es éste, y no la parte creativa, quien decide el camino (presupuestos, planes, etc.) a seguir para la cultura nacional. No creo que sea muy grave la proliferación de corredores culturales y trepadores literarios, ni que haya que tomarlos mucho en consideración. Para el verdadero creador, es una molestia estar viendo tanto mediopelo, tantas opiniones en revistas bobaliconas; es una molestia la pereza de muchas publicaciones, incluso de izquierda, que con tal de reproducir los lugares comunes que convienen a su política izquierdosa, meten a cualquier reseñista; pero es algo que molesta sólo los primeros dos o tres años, cuando uno cree que hay que ‘dar la lucha’ o purificar el medio o combatir mercaderes; pero luego uno se da cuenta de que en realidad no interfieren, y de que si no estuvieran unos, estarían otros. Insisto en esos seis o siete creadores por generación, son los únicos que interesan, todos los demás son partes de la aguachirle mexicana, alimentada por ese vasto mediopelo de cocteles y cubículos, gerentes y políticos, aulas de profesorcitos y opinadorcitos, etcétera; y al principio disgustan pero el remedio está en la enfermedad; disgustan por que todo su ajetreo no tiene nada que ver con la literatura, y el remedio es que, por eso mismo, se caen solos. Su fracaso literario, su hipocresía, su vocación de relacionistas públicos, los posibilita para seguir una brillante carrera administrativa, y entonces los verás crecer y crecer y ser grandes burócratas y tomar decisiones”.
Con estas reflexiones tajantes, Blanco nos recuerda que tanto la izquierda como la derecha usan gente para avalar sus proyectos, a veces en demérito de la calidad (ilustra muy bien este ejemplo la novela Oro sucio, de Jorge Moch, publicada hace unos días en el Fondo de Cultura Económica). De paso, estas opiniones me ayudan a ajustar la mira señalando otro asunto, la literatura nacional es un espectro galvanizado y edulcorado, es un constructo que ofrece dividendos únicamente a los burócratas de la literatura. En los 80 del siglo pasado, Blanco ya veía que “estamos viviendo los estragos de la institucionalización […] y la visión de la literatura mexicana que prevalece, ésa de los grandes poemas y la teoría del mexicano, la Cultura Mexicana con mayúsculas, es una tontería alemanista. Al fin de cuentas la gran literatura mexicana es la literatura de unas cuantas excepciones, autores que se jugaron una apuesta y que no tienen que andarla compartiendo con cualquier banquero por muy mexicano que sea: en este sentido la cultura mexicana no tiene por qué ser mexicana. No tiene por qué participar de ese gran paraninfo con Miguel Alemán en medio; esa concepción de que Diego Rivera tiene un gran mural y un poeta tiene un gran poema y un banquero tiene sus financieras e hipotecarias, y ahí están: los 500 prohombres de México, incluyendo poetas y corredores de bolsa, y todo se iguala en la grandeza. Pues no. En todo caso, la gran cultura mexicana es una cultura clandestina. Por eso uno a veces tiene que encolerizarse con esa versión de la cultura mexicana y buscar otra”. Por cierto, ¿usted tiene algún exponente de esa otra cultura mexicana?
Las aseveraciones de Blanco nos llevan a una certeza que ya había enunciado el único Nobel mexicano. Tanto nuestra poesía como nuestra narrativa son de momentos (Octavio Paz dixit), tanto nuestra poesía como nuestra narrativa están francamente infladas. No es posible que aplaudamos a Juan Villoro y dejemos en el olvido a José Joaquín Blanco, por ejemplo. Pero alguien (una entidad con dinero y con relaciones públicas) está sumamente interesado en llenarnos la cabeza de especulaciones para fecundar en nuestra sique que la literatura mexicana es muy plural, muy sólida y todo lo que lleva un sello editorial de peso (y mucho dinero en publicidad) es un producto genial; aunque dicho de otra manera, todo lo que avala ideológicamente los proyectos sexenales es genial hasta el relevo de sexenio. “La mejor literatura siempre está fuera del alcance de los malos discípulos, de los peores aduladores, y puede prescindir de la comprensión de los oportunistas, y hasta soportar que durante años se les admire mal en seminarios, hemicliclos, homenajes, en fin”, dice Blanco con solvencia y remacha, quizá como una ejemplar muestra de congruencia: “No he tenido la paciencia ni la tolerancia necesarias para andar colando siempre mis demasiados libros. Hay que hacer labor de relaciones públicas, casi suplicar, exponerte a dictámenes, reír resignado ante los ‘vuelva mañana’, etc. Hacer cola de años o, lo más probable, que te rechacen el manuscrito con caras de mal actor compungido. Al demonio. La pequeña prensa siempre puede ser una salida, sobre todo, para la poesía, la crítica literaria o las recopilaciones periodísticas que, de cualquier manera, no aspiran a grandes tirajes. Así sacas el libro, se lo regalas a tus amigos, lo compran los lectores a quienes les interese (y si no lo compran, ni modo), y no te preocupas más. Ya es un hecho saldado. Quemas tus borradores y ganas espacio en los cajones de tu escritorio”.
El único aspecto por el que debería preocuparse un escritor, sin importar el partido político en el poder, es la calidad de lectores que posee. Ganar lectores más allá de las banderas liberales o conservadoras, ganar lectores con criterio estético, a ellos no logrará convencerlos ni la propaganda ni la publicidad. A ellos sólo logrará convencerlos nuestra escritura. A propósito de esta aseveración, pienso en las palabras siempre beligerantes de Edgar Allan Poe acerca de los prestigios fabricados: “Los escritores más ‘populares’, más ‘exitosos’ de entre nosotros (al menos durante un breve periodo), son, en noventa y nueve de cada cien casos, personajes meramente hábiles, perseverantes, osados; en resumen, entrometidos, aduladores, charlatanes. Gente que logró imponerse con facilidad a sus editores aburridos. Se adjudicó reseñas favorables escritas o mandadas a escribir por partes interesadas, de tal modo que sirven para sus propósitos específicos, o séase: llenar la bolsa del charlatán y del editor charlatán”.