EL-SUR

Martes 27 de Septiembre de 2022

Guerrero, México

Opinión

En Culiacán cualquiera puede ser vecino de un sicario

Silber Meza

Diciembre 28, 2019

El título de esta columna no es de mi autoría, en realidad la frase la dijo el exgobernador de Sinaloa Jesús Aguilar Padilla. La soltó en mayo de 2008, después de que fuerzas federales se enfrentaran con civiles armados que se hallaban en una casa de seguridad del crimen organizado. El hecho tomó relevancia porque sucedió a una cuadra de la Casa de Gobierno, es decir, donde dormía el gobernante estatal.
Cuando eso ocurrió yo era reportero local y le cuestioné el hecho. Aguilar Padilla respondió que “por desgracia esto no lo podemos evitar; en un momento dado, cualquiera de nosotros puede ser vecino de una casa de seguridad, de una célula de sicarios o de algún miembro de la delincuencia organizada”.
Otra frase del político, que causó indignación, fue la ocasión en que calificó de “normal” la violencia que se vive en el estado.
En realidad el exgobernador se sinceró y verbalizó sus pensamientos. Sí, es verdad que cualquiera de nosotros puede tener un vecino narcotraficante, lavador de dinero, sicario, puntero y demás actividades criminales; y es verdad que muchos de ellos no sólo pueden estar en nuestras colonias, también en nuestras familias. Lo que irritó no fue la verdad, sino que proviniera de la persona obligada a combatir al crimen y a evitar la normalización para disminuir la violencia que enluta un día sí y otro también a la población civil.
El 17 de octubre pasado fue la mejor muestra del tamaño del poder del crimen en Culiacán. El culiacanazo causó la máxima crisis de seguridad que ha sorteado el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.
Esa normalización de la violencia expresada por Aguilar Padilla se repite en la mayoría de las personas que vivimos en Culiacán, tanto, que hemos dejado de contar las historias: hemos dejado de sorprendernos y hemos preferido voltear a otro lado. Por eso plasmo aquí tres casos reales que tuvieron lugar en la ciudad en los últimos cinco años. Las expongo con la intención de dejar de verlas como un paisaje, para tomarlas como una alerta frente a la normalización del crimen y la violencia.
1.- Miguel Ángel, un arquitecto en sus 30 años de edad, entró a un negocio de cocinas que se hallaba en el centro de la ciudad, a unas cuatro cuadras del ayuntamiento. Revisaba los precios y materiales de los muebles cuando vio pasar a un hombre obeso con el semblante deshecho. Su torso desnudo, sin pantalones ni calzado. Si acaso llevaba unos calzoncillos blancos. Las manos cruzadas en su espalda y aseguradas con unas esposas de metal. Por su piel corrían hilos de sangre y de su cuerpo asomaban lagos púrpuras ocasionados por golpes continuos.
El señor gritó para que le permitieran entrar al negocio de cocinas. Suplicó con la garganta desgarrada. Logró que le abrieran la puerta y corrió al fondo del lugar para intentar escapar de sus captores. Mencionó que había logrado escabullirse de ellos cuando brincó de un vehículo en movimiento.
Apenas unos minutos después el grupo armado llegó al lugar y al grito de “¡Ábranse a la verga!” entraron al sitio y lo cogieron de los brazos. Él les pidió que lo mataran ahí, que ya no lo torturaran. Ellos lo subieron a un auto y se perdieron entre las calles de asfalto.
Mientras la víctima se refugió en el sitio, los empleados del negocio de cocinas marcaron a la policía, pero ésta nunca llegó.
2.- María Cristina compró un sillón de segunda mano con la intención de renovarlo a su gusto. Le tomó varias fotos con su teléfono móvil y hasta consiguió una cinta métrica para medirlo en lo alto y en lo ancho. Ubicó a un tapicero cercano a su domicilio y le dijo que deseaba tapizar el mueble. Don Marco, el tapicero, le recomendó unas telas que le mandaban desde Guadalajara. Así empezó la conversación:
–Éstas tienen garantía, si a usted se le rompen a mí me las cambian luego luego, y usted sólo paga la mano de obra del cambio –le sugirió don Marco.
–Ah, muy bien. ¿No tiene fotos de otros trabajos? –le preguntó María Cristina. Ella tenía dudas sobre la calidad del resultado.
–Fíjese que casi no tengo. Los clientes no me dejan tomarle fotos a la mayoría de los trabajos.
–¿No? ¡Qué raro!
–Es que me piden muchos compartimentos para los carros. Quieren que les haga lugares secretos al interior, que no se vean. Me quedan muy bonitos pero me piden que no tome fotos, y usted sabe que con esos tipos no se juega. Ojalá le pegaran a uno unas cachetadas, pero no, ésos sí van en serio.
La joven María Cristina no regresó a la tapicería.
3.- Luis Alfonso es una persona de rutinas. Le gusta tomar el mismo café con leche cada mañana, subirse a su coche y escuchar la misma estación de radio, manejar por las mismas avenidas y aparcarse en el mismo estacionamiento público. En este último sitio conoció a Joel, el propietario del lugar. Se han visto desde hace 10 años y cada día intercambian unos dos, tres minutos de charla cotidiana. Así fue hasta esa semana de abril de 2019 cuando Luis Alfonso halló a Joel con el ceño endurecido y con las manos ansiosas.
–¿Qué le sucede, Joel? –preguntó Luis Alfonso.
–Fíjate cómo es la gente de loca. Ayer una señora se quería ir sin pagarme el estacionamiento y me le puse en frente del carro. Le reclamé que no podía hacer eso. Ella se molestó, pero al final sacó de su bolso un billete y saldó la cuenta.
–¿Y qué tiene de malo?, ¿qué pasó?
–Pues que hoy por la mañana se me acercó una camioneta con dos hombres de mal aspecto al interior y me gritaron muchas groserías. Me dijeron que venían de parte de la señora de ayer, la que se quería ir sin pagar. Que estaban ahí para obligarme a que en ese momento le ofreciera una disculpa, que de otra manera me iban a matar. Y, pues, en ese mismo rato tomaron el teléfono móvil, lo pusieron en altavoz, y hablé con ella ofreciéndole una disculpa. Fue muy penoso.
Desde ese día Joel buscó a alguien que lo sustituyera en la atención del estacionamiento.