EL-SUR

Sábado 04 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

En el día más importante de la fiesta patronal

Silvestre Pacheco León

Julio 21, 2025

 

Sin duda alguna el día religioso más importante de la fiesta patronal de Quechultenango es la visita del obispo quien preside la misa de tres ministros dedicada a Santiago Apóstol.
Llega con su comitiva de sacerdotes y misioneras el día 25 de julio por la mañana, y la recepción de tan alto dignatario es en la entrada del pueblo a cargo de las autoridades religiosas de la comunidad, el cura de la parroquia, los mayordomos, la Hermandad de Santiago, las cantoras y rezanderas, sin faltar la música de viento y las danzas, principalmente –Las Cueras– que es la exclusiva del santo patrón.
Desde temprano la comunidad católica comienza a reunirse en El Pochote, un punto a la salida y entrada del pueblo, conocido por el gigantesco árbol de ceiba que creció en el patio de don Filogonio y doña Margarita, una familia campesina muy conocida, cuya casa de chinantli con techo de palma era la primera que se veía en la entrada a Quechultenango hace ya muchos años.
En esa sombra a la que ayudaba un árbol de guamúchil, la gente recibía al visitante con gran rebumbio, con una diana que tocaba la banda del chile frito, la descarga de cohetes que surcaban el cielo en racimos y el tan-tan-tan de las campanas.
Después de colgarle al obispo las acostumbradas cadenas de flores en el cuello y llenarlo de confeti, los feligreses lo saludaban con un beso en la mano al tiempo que flexionaban la rodilla en gesto de sumisión esperando ser bendecidos.
Luego se organizaba la procesión que el obispo encabezaba entre el perfume de copal que le daba el toque místico al momento avanzando por la calle principal hasta la entrada de la iglesia.
Los fieles que no pudieron asistir al encuentro llegan apresurados a la iglesia abarrotada ya de padrinos y ahijados haciendo valla desde la puerta del atrio al templo para dar paso al obispo que va directo a la sacristía de donde luego sale vestido para la ocasión con su ropaje violeta y su mitra de dignatario en la cabeza para dirigir la misa en cuyo sermón se explaya hablando sobre la bondades y milagros del santo patrón.
El templo está totalmente lleno porque hasta los que han dejado de ir a misa los domingos quieren estar presentes para la bendición del obispo. Todos sudan y se acongojan por el calor y el llanto de los niños que van a bautizar.
Hay gente que habla de que el distinguido visitante no viene precisamente por su devoción a la fiesta del santo, que en la iglesia tiene mucho de pagana, sino porque le deja una copiosa cantidad de limosnas que sirven para el sostenimiento de los gastos de la diócesis de Chilpancingo-Chilapa. El caso es que desde la época de la Colonia este día de fiesta fue dedicado al bautizo de los nuevos conversos quienes abrazando la nueva religión recibían también nuevos nombres copiados del santoral católico.
Aquí permítaseme hacer una acotación para resaltar el papel relevante que mi familia ha tenido en la preservación del ritual de la fiesta y de las tradiciones, desde las muy diversas visiones que tiene cada uno respecto de la religión.
Mi hermano Hugo, el menor de la familia, tenía menos de 15 años en 1978, y desde los 12 años se sintió atraído por la música en general y de la danza de Las Cueras en particular. Su conducta no era como la de los otros niños que se aficionaban a la flauta y el tambor solo durante la fiesta. Él lo hacía todo el tiempo. Se pasaba los días siguiendo la danza y memorizando los sones de la flauta y todo el tiempo en eso se ocupaba, por eso mi madre, quien siempre apoya las inquietudes de sus hijos, habló con el pitero, Miguel El Sordo, músico oficial de la danza, para que le enseñara a tocar, con el ofrecimiento de pagarle las clases. Migue le dijo que sí pero nunca le dijo cuando, y se entiende porque ningún músico va a crear a su mismo competidor para disputarle luego las prebendas que tiene dicho oficio como la comida, la bebida gratis y a veces, el pago.
Pero mi hermano no cesó en su empeño por aprender a tocar la flauta, atenido a sus propias dotes, aguzando el oído para memorizar los sones de la danza y mirando los detalles del instrumento, su tamaño, grosor y coyunturas del carrizo con el que está hecha la flauta para hacerse una igual.
Mi hermano Hugo no tenía otra ocupación durante la adolescencia que buscar y probar las herramientas más afines para fabricar sus flautas cuya colección aumentaba cada día, hasta que de ensayo en ensayo terminó aprendiéndose los sones que Miguel El Sordo tocaba, hasta que lo oímos tocar los más laberínticos y dificultosos sones. Por eso esa música se incorporó a nuestra educación y memoria. Entonces ya no le importó a mi hermano el desdén del pitero quien seguía ignorándolo.
Por su parte no recuerdo haber sabido que mi hermano soñara en convertirse en el flautista oficial de la danza, pero fue en ese año de 1978 cuando sucedió el milagro. Ese 25 de julio de 1978, que cayó en día martes, mi hermano jugaba un partido de futbol enfrente de donde la gente se reunía para esperar al obispo, cuando entraron a la cancha dos de los animadores de la danza, buscándolo. Y cuando lo encontraron fue este el diálogo:
–Hugo –le dijo don Cástulo Chavelas, el más viejo animador de la danza– nos dijeron que sabes tocar la flauta, por favor ayúdanos. Fíjate que Miguel el pitero está enfermo y nadie más sabe tocar. Ya no tarda en llegar el obispo. Si quieres ayudarnos vente con nosotros.
Hugo, sorprendido, ni siquiera tuvo tiempo de cambiarse de ropa, y ya cuando caminaban se acordó que no tenía su flauta.
–Oigan pero no tengo mi flauta.
–Nosotros la traemos, respondió don Cástulo sacándola del morral. Mi hermano se quedó boquiabierto mirando que le extendían nada menos que la flauta que hoy se considera milagrosa y propiedad del santo.
Cuando llegaron al lugar de la reunión ya lo esperaba el tamborilero quien en cuanto lo divisó comenzó a tocar el tambor y entonces Hugo lo siguió con la flauta como si no fuera la primera vez. Se acompañaron con tal coordinación que en ese momento nadie reparó en el cambio, quizá porque también hacía su arribo el obispo.
Pero como nadie se sorprendió al oír el sonido de la flauta, se entiende que no encontraron variación alguna en la música, pero lo que sí causó revuelo fue ver en esta danza, siempre integrada por gente grande y marginal, al estudiante adolescente vestido con ropa deportiva tocando el instrumento.
Sin embargo, la sorpresa no fue tan grande como la que vivió mi propio hermano quien contó que en cuanto sopló la flauta, un poco nervioso en ese acto tan importante para la iglesia, en cuanto la manipuló y sopló tuvo la impresión de que tocaba sola, como si hubiera tenido grabadas las notas que componían cada uno de los sones y solo le faltara soplar para que el sonido reprodujera lo que él quería escuchar.
En la primera oportunidad algunos de los danzantes fueron a saludar al nuevo pitero que en adelante se convertiría en el más completo conocedor del ritual que compone la danza y una autoridad de la festividad.
Pero su verdadera prueba de fuego, después de acompañar al obispo hasta el templo, fue tocar completa la danza en la casa de la mayordomía, uno a uno de los sones como el del chinantli, la rueda y la batalla. Su desempeño fue rubricado con el aplauso del público y de los propios danzantes.
Miguel, el pitero sordo, todavía tocó alternadamente algunos años con mi hermano, hasta que murió.

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