EL-SUR

Martes 07 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

En el PAN, pleito por la candidatura

Humberto Musacchio

Octubre 27, 2016

En los regímenes parlamentarios, lo natural, lógico y esperable es que el líder de un partido se presente al frente de sus dirigidos y que, al integrarse el Congreso, sea precisamente él quien encabece la bancada de su partido y, en caso de ser mayoría, ponerse al frente del gobierno. En América, de Estados Unidos para abajo, por el contrario: se considera que el dirigente de un partido no debe ser el candidato para el principal cargo de estas repúblicas presidencialistas.
Actualmente el Partido Acción Nacional es escenario de un interesante debate sobre el derecho de un líder partidario a ser candidato presidencial. Para nadie es un secreto que Ricardo Anaya aspira al máximo cargo público, la Presidencia de la República (y si no aspirara sería un pésimo político). Legalmente nada puede impedírselo, pero los otros aspirantes consideran que su pretensión “abuse de la plataforma del PAN para obtener una ventaja” sobre otros aspirantes.
Ernesto Cordero fue especialmente severo para juzgar al dirigente de su partido. “Lo que agravia y lastima –dijo—es cuando la cancha no es pareja, cuando alguien es juez y parte y abusó de los recursos públicos y del partido para promover su imagen.”. Incluso, si Anaya tiene aspiraciones presidenciales, considera que debe renunciar a la dirigencia del PAN.
Por su parte, Felipe Calderón Hinojosa, en nombre de la unidad partidaria, la que considera vital para el país (que sea menos), acusó a Ricardo Anaya de ponerla en riesgo. Es curioso que Calderón, quien desde Los Pinos causó gravísimos daños al PAN, ahora venga con que le preocupa mucho la unidad de su partido, cuando que en su sexenio se caracterizó por poner y quitar presidentes a su antojo, hombres de partido a los que pretendió dar el trato de meros títeres. Pero no hay que olvidar que ahora Calderón trabaja para que su esposa, Margarita Zavala, sea la candidata de Acción Nacional.
Por si algo faltara, un grupo de notables de uniforme albiazul publicó un desplegado en que se pide a Ricardo Anaya que defina sus aspiraciones políticas rumbo al 2018, pues de acuerdo con los abajofirmantes no debe jugar el “doble rol de presidente (del PAN) y protoaspirante a candidato”. Por supuesto, quienes firman ese documento en la práctica defienden a otros candidatos, como el poblano Rafael Moreno Valle o a la citada señora Zavala de Calderón.
En los partidos mexicanos –no sólo en el PAN—priva la idea de que el líder de la organización no debe aspirar a la candidatura presidencial, porque le corresponde armonizar intereses dentro del partido y fungir a lo sumo como árbitro entre otros aspirantes. De otra manera, dicen, “se convierte en factor de tensión, inequidad y de abuso de poder”.
Los críticos de Anaya estiman que no hay un solo presidente de partido, ni siquiera “el tan criticado” (por ellos) Andrés Manuel López Obrador “que haya aparecido en tal cantidad de spots de radio y televisión en un solo año”. Olvidan los malquerientes del joven líder panista que la persona más indicada para hablar en nombre de su partido es precisamente él, que para eso fue elegido presidente de Acción Nacional. Lo mismo puede decirse de Andrés Manuel López Obrador en el caso de Morena.
Hay mucho de falso puritanismo en esa crítica a la promoción de los líderes partidarios, quienes han llegado a la dirección con el apoyo de la militancia, lo que en el caso de Acción Nacional los llevó a ganar en 2015 siete gubernaturas, lo que no es poca cosa y muestra el talento del estratega.
Pero en esta mojigatería presuntamente democrática hay mucho de la vieja cultura priista, según la cual el dirigente del partido no debe aspirar a la candidatura presidencial. De ahí que los presidentes del PRI sean meros instrumentos del Ejecutivo Federal, peones de brega en la arena político-electoral. Don Jesús Reyes Heroles fue el último presidente del PRI que se opuso al dedazo presidencial, pero no puede esperarse esa muestra de dignidad en un amanuense de Los Pinos como el flotillero que ahora despacha en Buenavista.
Roberto A. Madrazo, por cierto con pésimos resultados, se atrevió a romper con el tabú de la incompatibilidad entre la dirigencia partidaria y las aspiraciones presidenciales. En el caso del panismo, insistamos, no hay impedimento para que el líder partidario no sea el abanderado presidencial. Lo demás es cuento engañabobos, mera simulación.