EL-SUR

Sábado 13 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

En primera persona

Federico Vite

Marzo 17, 2026

El jueves de esta semana se presenta La rendición en la Ciudad de México y, como una cortesía de la editorial Almuzara, dejo en las páginas de El Sur un adelanto de esta novela.

A pesar de todo, empaqué mis cosas con calma. Tenía muchos libros; los metí en cuarenta cajas. Para embalar mi ropa no tuve que hacer mucho esfuerzo ni gastar mucho tiempo. Bastaron dos maletas. Estaba en mi habitación. Fue construida desde hace diez años para otros fines, pero terminé usándola con cierta indiferencia y algo de apatía, casi casi por inercia. Aunque me gustaba mucho más la forma en la que mis padres explicaban eso. Ellos decían que planearon todo con calma, porque siempre supieron que yo regresaría a casa algún día y me procuraron un espacio, que aunque pequeño, destinado sólo para mí. Yo recibí ese obsequio como un paracaídas. Ese cuarto fue construido con pesados blocks de color gris y, tal vez debido al tono triste de ese material, la habitación motivaba muchas reflexiones. Era un almacén de ideas y de momentos ominosos. Así que mientras acomodaba mis pertenencias pensaba en mi adolescencia, en mi infancia y, en especial, en la torva ira que me animaba aquellos días. Se trataba de una habitación austera, pero amable y muy calurosa. No podía estar en mi cuarto después de las diez de la mañana. El sol hacía hervir las rectangulares láminas de asbesto.
Mi padre se enteraba de las noticias viejas de Italia leyendo La Repubblica y Corriere della Sera, periódicos que llegaban con una semana de retraso a la cafetería La Italiana. Ponía especial atención a las crónicas de degradación humana protagonizadas por la Cosa Nostra. Había clientes fieles a esa parroquia que presumía en las paredes escenas cotidianas de Sicilia. En específico, de Catania. Varios italianos habían elegido a Acapulco como su hogar y ese lugar acogía historias de gente como mi padre, siempre en busca de noticias de La Cosa Nostra. Solía buscar anécdotas sobre la mafia o cosas relacionadas con balaceras, masacres, acuchillamientos, nota roja de cepa pues. Leía y apreciaba los filmes con esa estética. Se trataba de cuestiones que le parecían, por razones extraordinarias, familiares. Él vivía en calma, pero disfrutaba mucho la violencia, igual que mi madre. Llegué a pensar que la violencia los mantenía unidos. Platicaban de eso gran parte del tiempo. Yo me sentía revestido de un pasado asombroso cuando escuchaba las conversaciones de los parroquianos de La Italiana. Hablaban con mi padre de cervezas, cigarros, asesinos y mujeres. No sé cuánto tiempo pasaban ellos ahí; pero iban diario. Mi padre disfrutaba esos momentos. Hablaba italiano como si fuera su lengua materna. La mesera era una mujer de piel morena clara y largo cabello chino. De joven fue guapísima. Ya entrada en los cincuenta años destacaba por sus tatuajes en el brazo derecho y por su buen humor. Era muy delgada. Tenía demonios y estrellas en la epidermis. Su piel me parecía luminosa. Eso me llevó a pensar que ella olía siempre a canela. Pietro, uno de esos clientes devotos, le recriminó a la mesera un gesto. Ella movió de manera horizontal la palma de la mano derecha y la acercó a la boca, como si fuera a morderla. Ni siquiera dijo: Vaffanculo! Sólo hizo ese gesto. Él se levantó, sacó la cartera y dejó unos billetes junto a la taza de café que la mesera acababa de servir. Lo vi montarse en su motoneta. Minutos después llegó una mujer rubia, alta y de pelo lacio. No hablaba español. Cuando he pensado en ese hecho intuyo que no era una mujer, sino un hombre vestido de mujer. Encaró a la mesera y le dio una bofetada. Mi padre trató de calmar las cosas, pero alguien le recomendó con autoridad que no lo hiciera. La rubia escupió la caja registradora. Así quedó signada la amenaza. Dos o tres días después pasé por ahí en la noche. La Italiana había sido quemada. Busqué a mi padre por el radio civil del taxi.
–Platicamos en la casa –reconvino con calma– cuando puedas date una vuelta.
Yo tuve un buen turno ese día. Antes de lo planeado ya había ganado lo suficiente como para solventar la cuenta, la gasolina y me hice de una ganancia jugosa. Pasé a una panadería, antes era normal encontrar panaderos durante la noche, para comprar algunas viandas que le llevé a mi madre. Solía visitarlos en esta casa, en la Victoria, cada quince días. Se trataba de una regularidad que me permitía apreciarlos; no los padecía ni los extrañaba. Era una reunión ideal. Había algo sobresaliente aquella noche. Estacioné el Tsuru que yo trabajaba junto a la caseta de policías de la primera glorieta. Subí los escalones. Toqué el timbre, siempre hacía eso, inserté la llave y giré la muñeca. Entré directo al comedor. Ellos estaban cenando. Los abracé. Hablamos un poco del clima, siempre caluroso; de la playa, también sobre los costos de la gasolina, siempre a la alza, y como una deriva obligada lo ocurrido en La Italiana. Mi madre dijo que se venía una ola de sangre. Ella no hablaba en italiano, pero sus frases me parecen nacidas de ese idioma. Gracias a mi padre supe que después del escupitajo llegaron más personas a la cafetería. Todos los clientes salieron. Sacaron a la mesera a empujones, pero no le dieron golpe alguno. Ella hizo un par de llamadas telefónicas a los dueños del negocio. Después arribó a ese sitio un hombre rubio, chaparrito y súper nervioso. De ojos azules y pelo lacio hasta los hombros. La mesera le dijo algo, pero el otro hombre no respondió. La mesera ni siquiera terminó de hablar cuando dos muchachos que estaban en un Shadow entraron con garrafas y empezaron a rociar gasolina en el comercio.
–Pensé que me iban a pegar –relató mi padre–. Todos salimos apurados y prendieron la cafetería.
Mi madre se persignó. Dio gracias a Dios porque mi padre salió con bien de ahí. Después afirmó que el dueño del local era malo porque no cuidó a la mesera.
–¿Entonces? –pregunté a mi padre–: ¿Adónde vamos a ir ahora por un café?
–No sé –respondió–. Parece que se terminó una época. Esa noche hubo una serie de ejecuciones en el barrio de Petaquillas, cerca de La Italiana. Acribillaron a varias personas, trabajadores de las imprentas que por esos rumbos mantenían abiertos los negocios hasta las diez de la noche. En esa semana se incendiaron varios locales comerciales de la zona: un restaurante filipino, un taller mecánico, una estética regenteada por una travesti que apodaban Rubí; una zapatería, una tienda de plásticos y una talachería. Mi padre me recomendó que no llevara clientes a ese barrio ni que me diera vueltas por ahí buscando pasaje porque estaban robando los autos para hacer otros trabajos: secuestros, montones de cosas más. Podría pensarse que todo fue una epidemia. No le creí a mi padre en ese momento, pero en el radio civil del taxi escuchaba todo lo que compartían los compañeros y comprendí que las cosas estaban fuera de control no sólo en esa zona, la que colinda con el histórico Fuerte de San Diego. Pensaba en todo aquello y fue entonces que me quedé viendo la lámina de asbesto desde la cama, entendí el sentido de aquella frase que ofrecía un significado mucho más contundente: El fin de una época. Esa idea se agitaba en mí como una bandera. En 1992 se terminó lo dorado de Acapulco.

@FederìVite

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