EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

En territorio de la central nuclear

Silvestre Pacheco León

Diciembre 11, 2016

(X)

Cuando está pardeando la tarde atravesamos un río navegable bastante grande junto al que crecen ciudades modernas y abundan las concesionarias de automóviles, Audi, BMW, Volkswagen y Mercedes Benz.
Estamos pasando la zona de la central nuclear de Alemania, Neckarwestheing, que aprovecha uno de los afluentes del río Rin. Como un acto reflejo queremos alejarnos de ahí lo más rápido posible recordando la catástrofe de Chernóbyl en Ucrania y sus efectos devastadores.
Cuando dejamos de ver las gigantescas torres de “refrigeración natural” y el vapor de agua que expulsan como una nube blanca que sale de sus bocas, nos sentimos a salvo.

El pueblo medieval

Nos olvidamos totalmente de la energía nuclear cuando llegamos a la plaza del fabuloso pueblo medieval al que nos ha traído la carretera.
Estamos en una explanada en la que sobresalen dos árboles de castañas junto a la iglesia de torres puntiagudas.

Hemos entrado al hotel que se mira acogedor para nosotros que venimos con frío. Queremos quedarnos aquí y caminar sus calles que lucen como recién lavadas, pero las habitaciones están todas ocupadas por el atractivo del festival de la cerveza.
En el hotel tienen la amabilidad de ayudarnos a conseguir hospedaje, y después de varias llamadas telefónicas de la recepcionista, nos consigue lugar nada menos que a 47 kilómetros de distancia. Nos pregunta si queremos reservarla y, a pesar de la distancia y el tiempo, le respondemos que sí.
Ya es de noche cuando vamos en la carretera y las gotas de lluvia empañan el parabrisas, pero confiados vamos atenidos a las indicaciones del GPS que nos guía hasta la dirección buscada.
Por fin llegamos, cansados por el viaje y la llovizna que nos ha acompañado por todo el camino. No nos importa que el encargado del hotel no hable inglés y menos español, en alemán y español nos hacemos entender.
La habitación para tres personas con el desayuno incluido la conseguimos en 100 euros, y a las 10 de la noche estamos descansando mientras al frío de la calle se agrega la lluvia silenciosa.
Llovizna toda la noche y el día siguiente amanece nublado. El restaurante del hotel está animado con clientes que son como agentes viajeros. Nosotros desayunamos huevos revueltos que a pesar de su consistencia gelatinosa, tienen buen sabor.
El pan es bueno, el café no tanto, el queso y el yogurt ricos, las carnes frías parecen frescas.
Tenemos que pagar en efectivo, nos lo ha dicho ayer el gerente, por si queremos temprano nuestra factura.
Como estamos acostumbrados a esa exigencia en nuestra tierra, en realidad la petición no nos incomoda, aunque tratándose del primer mundo, ese atraso en el manejo del dinero es algo que inquieta.
Por fortuna a un lado del hotel está el cajero automático. Salimos a la calle después de almorzar, un niño está barriendo las hojas del suelo y levantando las castañas que han caído del viejo árbol que da sombra al estacionamiento.
Cruzamos la calle con los paraguas abiertos porque la llovizna persiste. Vamos al tianguis de frutas y verduras instalado unas cuadras adelante, donde hay puestos de panes y quesos que se antojan, racimos frescos de uvas, calabazas, ejotes y jitomates. Caminamos nomás por curiosear mirando el proceso de compra y venta, llamando la atención por nuestra extranjería.

El susto por la bolsa plástica

Cuando regresamos al estacionamiento nos llama la atención algo que cuelga bajo el auto, se trata de una bolsa plástica que de algún modo se atoró al tubo del escape y se quedó pegada a él por el calor que la derritió.
Ahora nos resulta imposible retirarla porque con el frío de toda la noche el plástico se fundió y se ha endurecido, entonces optamos por dejarla y seguimos nuestro camino.
Llevamos dos horas manejando por el campo cuando detenidos frente al rojo del semáforo, una cara que se pega al vidrio de la puerta nos hace saltar del susto al tiempo que escuchamos:¡stop unter Ihrem fahrzeug zu suchen!
Se trata de una mujer alemana que ha llegado hasta nosotros, nos habla señalando hacia abajo del auto. Algo pasó y no nos hemos dado cuenta, quizá traemos una llanta ponchada, pensamos.
Buscamos un lugar donde detenernos para ver lo que dice la mujer alta y de tacones que viene tras de nosotros manejando una impecable camioneta BMW de color blanco y modelo reciente.
Llega hasta donde nos hemos detenido y se agacha para ver lo que le ha llamado la atención de nuestro vehículo. Cuando descubre que se trata de la bolsa plástica pegada al tubo del escape que nosotros vimos en la mañana, se apena por haberse imaginado que se trataba de algo más serio. Luego se despide sonriente y apenada mientras nosotros tratamos de reponernos del susto.
Cuando reanudamos el camino comentamos lo que pudo haber pasado con gente tan fijada, si en vez de la bolsa se hubiera tratado de un gato lo que arrastramos.
El asunto no se hubiera arreglado con sólo sacar al gato destripado y tirarlo a un lado del camino, que sería lo más común en nuestra tierra, pues aquí nos imaginamos que un descuido así sería sancionado con severidad porque a los animales les tienen tantas o más consideraciones que a las personas.

Los perros casi humanos

A propósito del trato a los animales, fue en un hotel italiano donde nos pareció el exceso que un matrimonio sentara a su cachorro a la mesa del restaurante como si fuera una persona más.
No miramos si le sirvieron su plato de comida pero el perro estuvo acompañando a sus amos, quieto y sin ladrar, hasta que se levantaron de la mesa.
También hemos visto que en el transporte público no hay compartimentos especiales para perros, las mascotas van junto a sus amos y nadie parece incomodarse por eso.
En algunos aparadores y galerías de París se ven por igual perros y gatos.
Si en el siglo pasado Carlos Marx dijo que el desarrollo de una sociedad se podía medir por la situación de vida de las mujeres, ahora se dice que el desarrollo se mide por el trato que una sociedad dispensa a los animales.
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