EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Entre el autoritarismo y el infantilismo

Jesús Mendoza Zaragoza

Mayo 31, 2021

 

El tiempo de las campañas electorales puede ayudarnos a hacer una radiografía de la sociedad que tenemos, puesto que en las actividades políticas y electorales de este tiempo se manifiestan, de manera específica, algunas de las grandes carencias que arrastramos, lo mismo que se pueden visualizar oportunidades y dificultades. De entre el manojo de situaciones que se están haciendo visibles, quiero referirme ahora a la cultura política que se está manifestando, tanto desde el sistema político como desde la sociedad misma.
Cuando hablamos de cultura nos referimos al conjunto de conocimientos, creencias, valores, normas, lenguaje y símbolos que se materializan en conductas, comportamientos, costumbres, hábitos y tradiciones estables en un contexto determinado. Esta materialización se da de diversas formas. Una de ellas, en la actividad política. En este sentido, hablamos de la cultura política como modo de ser y de hacerse presente en las relaciones con el entorno, con una repercusión política.
También hay que señalar que las culturas son dinámicas y cambiantes debido a factores diversos, que pueden ser económicos, geográficos, demográficos y demás. Por eso tenemos sectores sociales más flexibles y otros más resistentes a estos cambios. Lo que resulta evidente es que para que las transformaciones de fondo en la sociedad sean duraderas, incluyen necesariamente transformaciones culturales, que no se dan de la noche a la mañana. De otra manera, las trasformaciones que no incluyen la cultura se evaporan y caducan muy pronto.
La cultura política en México no es uniforme, se desarrolla en medio de contradicciones, con avances y retrocesos, pero hay una cultura dominante que está arraigada en la sociedad y en el sistema político mexicano. Esa cultura dominante tiene factores diversos, unos más antiguos y otros de orígenes contemporáneos. Tiene características premodernas, modernas y posmodernas.
Esa cultura dominante tiene uno de sus principales factores en el periodo posrevolucionario que, por diversas razones, fue dando como resultado un sistema político autoritario que permeó en la sociedad y en las más diversas formaciones políticas. Creo que el autoritarismo está en el ADN de la cultura política nacional y está presente, en mayor o menor intensidad, en todos los partidos políticos y en las instituciones del Estado. El presidencialismo es una de sus expresiones más visibles y aún tiene vigencia.
Una consecuencia de este autoritarismo político, que no podrá ser desmontado sin un proceso de transformación cultural y, a la vez, acompañado por las transformaciones institucionales y estructurales correspondientes, es el infantilismo de los ciudadanos, que no creemos en nosotros mismos, ni en el poder de los votos, ni en el de las convicciones, ni en el poder de la transformación personal, ni en el poder de la participación ciudadana permanente. Sufrimos de una baja autoestima social y política relacionada con el sistema político dominante.
Es cierto que existen las “masas críticas” formadas por ciudadanos conscientes y responsables, con una actitud “adulta” y con madurez política. Las hay por todas partes, en el campo y en la ciudad, entre las clases populares y entre profesionistas, en las organizaciones civiles y sociales. Pero no han tenido la capacidad de ser levadura en medio de la sociedad para desmontar el autoritarismo, que no permite a las mayorías asumir las responsabilidades sociales y políticas que les corresponden.
Al autoritarismo del sistema político corresponde el infantilismo ciudadano con múltiples manifestaciones. Si los ciudadanos creemos que es el gobierno el que tiene que resolver todos nuestros problemas y nuestra interacción con la clase política es la de pedir, pedir y pedir, nos discapacitamos para una relación de madurez y de responsabilidad, no podemos reconocer nuestras capacidades latentes. Nos hemos vuelto “pedinches”, y ahora los candidatos se lucen con toda clase de promesas para contentar a ciudadanos que nos conformamos con pedir. Y nos hemos convertido en mendigos acostumbrados a recibir migajas.
A su vez, el infantilismo cultural es un terreno propicio para el servilismo. ¿Cuántos ciudadanos andan en las campañas electorales esperando favores de sus “abanderados”, tales como un empleo u otro beneficio particular? Y cuando el que estaba abajo sube en los escalafones políticos, va transformando su infantilismo en autoritarismo, y se convierte en servil con los de arriba y en abusivo con los de abajo.
Con la caída de las ideologías y de las utopías, el sistema político mexicano se volvió absolutamente pragmático. Su gran y único referente es el poder, para ser conservado o conquistado. Para ello, puede servirse de los medios que sean, pragmáticos, también. Las ideologías políticas se han quedado al margen, ya no se invocan utopías como en aquéllas del tiempo de la Revolución. La ambición del poder se ha convertido en el motor de la política, sustituyendo a la razón, la palabra, el diálogo, el encuentro, el servicio. Todo se vale para rendir sacrificios al poder. Se sacrifican amistades, relaciones y principios. Pero sobre todo se sacrifica la dignidad, la propia y la de los demás.
Las campañas electorales han estado vacías de sustancia y se han llenado de agravios y de violencias, de mentiras y de patrañas. Eso es lo que tenemos, esa es nuestra realidad. Y es que no puede ser de otra manera porque para eso no alcanzan nuestros recursos humanos y sociales. Ni la sociedad ni los políticos estamos a la altura, nuestro nivel no nos alcanza para algo más digno. Nuestra cultura política no da para más. La sociedad está pensada a imagen y semejanza del sistema político, que se ha hecho funcional para ella, para que no cambie, para que siga infantil y en la resignación.
Con ciudadanos infantiles no podemos aspirar a tener un sistema político responsable, a tener partidos políticos con soporte ideológico y militancia con formación política, a tener instituciones sólidas que respondan a las necesidades del país y no a los intereses de las élites en el poder. Tenemos lo que somos capaces de generar. Y es totalmente insuficiente. Y con un sistema político como el que tenemos es impensable romper este círculo vicioso que cierra las puertas al desarrollo, a la justicia y a la paz. De tal palo, tal astilla.
Las movilizaciones de ciudadanos en tiempos electorales no necesariamente reflejan madurez política. Suelen ser también expresiones de hartazgos, de rabia, de coacción de la delincuencia organizada o de poderes fácticos, de búsqueda de favores y de mercadotecnias, entre otras cosas. Lo que ha ido desapareciendo es el razonamiento, la argumentación, la justificación y la fundamentación ideológica como sustento de las transformaciones. Y faltan, sobre todo, las actitudes de respeto hacia los adversarios y hacia la gente, la sumisión a la verdad y a la legalidad. Es cierto que no hay que generalizar, pero la cultura política dominante establece esas reglas.
El círculo vicioso puede ser roto desde la sociedad en la medida en que los ciudadanos tengamos las capacidades para convertirnos en sujetos de cambio, superando el infantilismo ancestral y asumiendo responsabilidades públicas. Esto requiere un decidido esfuerzo de formación política que puede emprenderse desde muchos lados. Desde sindicatos, partidos políticos, escuelas, universidades y organizaciones sociales, entre otros. De esa manera la voz de los ciudadanos podrá ser escuchada por los candidatos y por sus partidos, ya que ahora nos hemos conformado con escucharlos a ellos con sus discursos vacíos o llenos de basura. Una campaña electoral con madurez política tendría que construirse mediante el diálogo. Todos nos escuchamos y aportamos nuestras ideas o propuestas.
La necesaria formación política incluye la transformación cultural que genere y fortalezca la capacidad para salir del infantilismo político y del pragmatismo abusivo. El sistema educativo no nos ha dado eso que tanto necesitamos: el sentido de dignidad para responsabilizarnos todos de todos. En fin, así como están las cosas hay que hacer mil maromas para decidir el voto el próximo domingo. Un voto contra el autoritarismo del sistema político que incluye a todos los partidos y un voto contra el infantilismo ciudadano que nos impide ser responsables. En fin, hay que mirar no solo en términos de trienios o sexenios. Hay que mirar lejos: el México que deseamos.