EL-SUR

Lunes 20 de Mayo de 2024

Guerrero, México

Opinión

Entre flores y pétalos

Federico Vite

Julio 16, 2019

 

Antes de ir al grano, recuerdo que hace algún tiempo durante la lectura de obra del estupendo narrador Daniel Espartaco, en una cafetería de Puebla, el autor de Cosmonauta relató que fue jurado del premio nacional de cuento Gilberto Owen, organizado por el gobierno de Sinaloa, y que después de una deliberación no muy acalorada con los otros integrantes del jurado decidieron premiar un libro porque los cuentos estaban bien escritos, sin faltas de ortografía. Resulta que hablaba de Pétalos y otras historias incómodas,de Guadalupe Nettel (Anagrama, España, 2008, 144 páginas). Al oír eso pensé que seguramente ese volumen era un libro menor, pero esperé varios años para comprobar esa aseveración.
No sólo es un libro pretencioso sino poco verosímil, tal vez escrito bajo el signo de la obra de Mario Bellatin, quien por esos tiempos (el primer lustro del siglo) fue el papá de los pollitos (el epígrafe de Pétalos es de Bellatin; también me llama la atención que el libro por el que Bellatin recibe el premio Xavier Villaurrutia en el 2001 se titula Flores, volumen en el que se abordan deformaciones físicas y daños sicológicos. ¿Nota usted el parecido entre Flores y Pétalos?). Pero acomodando las ideas, les diré que en este volumen Nettel trabaja inquietudes que lindan con la locura y la deformidad tanto física como sicológica, (otra forma de entender la locura). No creo que sea su mejor trabajo cuentístico.
Pétalos es realmente un esbozo de lo que escribiría después la autora (Matrimonio de los peces rojos) con mucha mayor resolución y solvencia; me alegra que haya prescindido de esa voz impostada del daño (mujeres rotas, deformes o completamente locas) por textos en los que el amor, entendido como un ideal de pareja casi siempre desafortunado, revela con creces la monstruosidad del ser humano. En la vida amorosa, digamos, siempre vamos a encontrar los abismos del horror y de la locura. Pero les decía, estoy de acuerdo con esa aseveración de Espartaco, Pétalos es un libro bien escrito, pero no asombroso ni mucho menos transgresor. Incluso lo veo como un documento tradicional. Agregaría que se trata de una colección de cuentos estándar, como el que suelen escribir los pupilos de la Generación del crack, con muchos reflectores y poca sustancia, como el que suelen escribir los pupilos de la Generación del crack.
Pétalos y otras historias incómodas reúne seis textos de diversas extensiones. Considero que el más propositivo del volumen es Transpersiana, en el que se narra, desde el punto de vista de una voyeur, un esplendoroso y afortunado encuentro. Una mujer observa a través de la ventana a su vecino. Está en la obscuridad. Mira a placer que un hombre, acompañado de una jovencita, llega a casa. Ellos, los que son observados, no consuman un flirteo obvio. El vecino va por más tragos a la cocina, repentinamente se masturba y regresa a la sala completamente relajado. La voyeur también se excita, a ratos sale de la penumbra para ver a ese hombre en la cocina practicando el onanismo. El texto cierra con la siguiente frase: “Traté de tranquilizarme pensando que no me habías visto, arrepentida de mi imprudencia, feliz de verte regresar a la sala donde ella te esperaba con su medias grises, su cara de niña ingenua y su vestidito negro que ya no habría de quitarse en toda la noche”.
Este cuento de cinco páginas es el mejor del volumen que le dio a Nettel el premio Antonin Artaud (este certamen apoya cada año a una obra escrita en español y editada en México, posteriormente se traduce al francés y se publica en Francia. Además, al ganador se le otorga una buena suma de dinero y es invitado al Festival de las Culturas Latinoamericanas de Biarritz). Es decir, este documento internacionalizó a la autora; posteriormente llegarían dos libros mucho mejor logrados con los que obtendría el Premio Ribera del Duero (2013) y el Premio Herralde de Novela (2014), en suma, hablamos de dos propulsores al continente literario.
Pero volviendo a Pétalos, destaco a Bonsái como otro de los cuentos propositivos del libro. Este texto de 28 páginas, en el que Nettel plasma la honda huella de la individualidad, narra los conflictos maritales entre Midori y Okada. Justamente el segundo personaje es quien cuenta la historia. El artefacto funciona por símiles. El protagonista, después de visitar en múltiples ocasiones al encargado del jardín botánico Aoyama, asume que él es un cactus y su esposa una madreselva. Esa epifanía consuma un divorcio, pues la comunicación marital se disuelve.
El resto de los cuentos, Ptosis, El otro lado del muelle, Pétalos y Bezoar me parecen artefactos ideales para espantar consciencias, pero no terminan de cuajar (disculpen el símil con la gelatina pero me parece muy ilustrativo).
En Ptosis un fotógrafo que trabaja en un consultorio médico da cuenta de su pasión por las mujeres con deformidades en los párpados; se enamora de una paciente y la pierde cuando es “curada”. Sirva este personaje para comprender el arquetipo de la sombra, pero desgraciadamente es un cuento mediano.
El otro lado del muelle relata una estancia veraniega en la playa y eso propicia la historia repentina de dos adolescentes que conocieron La Verdadera Soledad, aunque el trasfondo es una punzante atracción homoerótica.
Pétalos detalla la obsesión de un hombre por encontrar a la mujer que mancha el baño de una cafetería. Finalmente, tras muchas pesquisas risibles, encuentra a esa mujer, pero sólo para presenciar una catástrofe.
En Bezoar (si fuera un texto más pequeño tendría la intensidad necesaria para ser memorable) conocemos el diario de una mujer cuya obsesión compulsiva es arrancarse el cabello y comérselo. Ella escribe para descubrir cuál fue el origen de su enfermedad. En la escritura, la paciente (guapísima, trabajaba como modelo) cuenta su amorío con alguien que también tenía una compulsión-maniaca por tronarse los dedos de las manos (también modelo, pero él estaba interesado en la filosofía). La relación terminó por darle muchos problemas a la protagonista del cuento, graves problemas, los que la llevaron al encierro en un hospital siquiátrico.
Todos los cuentos manifiestan, tal vez como sello autoral, un aparente desdén por los personajes y sus vidas, podría decirse, despreciables. Un desdén mínimo, chiquito, digamos, que sirve para darle humanidad a todo el volumen.
Temo que algunos escritores son especialmente atractivos para el mercado porque eligen cuidadosamente sus temas; por ejemplo, revisar las relaciones de pareja desde ángulos oscuros y tortuosos, diseccionar los problemas emblemáticos de un sexenio e incluso desmitificar las figuras sagradas. Este volumen, por ejemplo, revistió a la autora mexicana como una femme fatal. Sus otros libros la sacaron de esa etiqueta pequeña e insustancial, la dejaron ver simple y sencillamente como una escritora. Y eso me parece bien.