EL-SUR

Sábado 06 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Entre la conciencia y el poder

Esthela Damián Peralta

Abril 14, 2026

En muchas ocasiones en la política internacional lo más revelador no es lo que se decide, sino desde dónde se habla. Las recientes declaraciones del papa León XIV entran en esa categoría, no modifican tratados, no despliegan tropas, no sancionan economías, pero generan una resistencia importante contra la gran potencia que es Estados Unidos con relación a la guerra que mantienen con Irán. Y eso, en el contexto actual, no es menor.
El punto de partida es claro. Ante críticas del presidente Trump que califican al Papa como “terrible en política exterior”, el pontífice no respondió en el terreno esperado. No defendió estrategias, no argumentó desde la geopolítica, no intentó meterse en esa polemica. Hizo algo distinto, se salió de la lógica del intercambio mediatico al decir “No somos políticos”, pero contrario a lo que se podría interpretar, no parte de una posición de neutralidad. El Papa no está diciendo que la política no importe; está diciendo que hay un plano distinto desde el cual intervenir. Uno que no mide su eficacia en términos de poder, sino de conciencia.
En un entorno internacional donde la conversación pública suele girar en torno a la fuerza, la seguridad o la defensa de intereses nacionales, ese desplazamiento resulta incómodo. Obliga a escuchar algo de suma relevancia: la guerra no puede asumirse como una herramienta más, la paz es una exigencia.
El papa León XIV ha sido enfático en que no tiene miedo de alzar la voz para proclamar el mensaje del Evangelio. En este contexto actual, esa afirmación trasciende lo religioso. No es una consigna espiritual aislada, es una postura inusual que, desde la fe, irrumpe en un escenario dominado por intereses mundiales, donde prevalecen las grandes potencias donde prevalecen como sabemos los intereses económicos, estratégicos y discursos de poder. Al apelar al Evangelio, no evade la realidad, sino que la confronta desde su raíz más incómoda, recordando que incluso en medio de tensiones globales, el principio irrenunciable debe ser la vida humana.
Desde esa posición, no entra al debate técnico de la política exterior, pero sí cuestiona lo esencial. La muerte de personas inocentes y la normalización de la violencia como instrumento de resolución. Su intervención no es diplomática en el sentido tradicional, pero sí profundamente ética, y por eso mismo, inevitablemente humana. No necesitó ser integrante de la Organización de las Naciones Unidas, no mandó desplegados, ni hizo marchas, fue desde la palabra, con toda la serenidad que distingue a esa autoridad eclesiástica.
El papa León XIV es, además, el primer pontífice estadunidense en la historia del Estado Vaticano. Ese dato no es menor: le da a sus palabras una dimensión distinta. Su origen lo vincula directamente con uno de los actores centrales del conflicto, lo que vuelve aún más significativa su decisión de tomar distancia de la lógica de confrontación. En un momento en el que la relación entre Estados Unidos e Irán vuelve a escalar, su voz rompe con la expectativa de alineamiento y se coloca en un terreno mucho más exigente: el de la coherencia moral frente al poder, observó que propios y extraños reconocemos que ha generado incidencia en la opinión pública, seguramente tendrá reacciones de varios jefes de estado.
Y es ahí donde su voz deja de ser únicamente moral para convertirse en un factor que incide en la arena pública global. Evidentemente busca influir de manera positiva para que se concluya la guerra. El papa León XIV está haciendo una irrupción pacífica en el espacio donde esas decisiones se construyen y se justifican: el de las ideas, los valores y los marcos desde los cuales se interpreta el mundo. Ahí es donde realmente se disputa el sentido de la guerra y de la paz, y ahí es donde su palabra encuentra su mayor fuerza.
No es la primera vez que ocurre. A lo largo de la historia, las tensiones entre poder político y autoridad moral han sido constantes. Pero hoy adquieren una dimensión particular. Vivimos un momento en el que la velocidad de los conflictos supera muchas veces la capacidad de reflexión, y en el que las posiciones tienden a endurecerse con rapidez. En ese contexto, cualquier voz que rompa la inercia del enfrentamiento y que siembre una semilla de cuestionamiento respecto del actuar de las máximas potencias, resulta disruptiva.
Para México, este tipo de posicionamientos no son ajenos. Nuestra política exterior, con sus matices y adaptaciones, ha insistido históricamente en la no intervención y en la solución pacífica de las controversias. No es solo una tradición diplomática: es una forma de entender el lugar que el país ocupa en el mundo, ya lo dijo nuestro Benemérito de las Américas: “entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.
Sostener esa postura en el escenario actual no es sencillo. Implica navegar entre presiones, intereses cruzados y expectativas internacionales cada vez más exigentes. Y, sin embargo, mantener el énfasis en el diálogo sigue siendo una decisión política relevante. Una que no siempre genera titulares internacionales, pero que define la forma en la que un país se posiciona frente al conflicto.
Ahora bien, tampoco se trata de idealizar. La política –nacional e internacional– está atravesada por tensiones reales, por decisiones complejas y por dilemas sin soluciones simples. Pero precisamente por eso, la irrupción de voces que no operan bajo esa lógica aporta algo que no siempre está presente: un recordatorio de que no todo puede reducirse al cálculo de los intereses económicos.
La intervención del papa León XIV no redefine equilibrios globales. No está diseñada para eso. Pero sí introduce una pregunta necesaria: ¿hasta qué punto hemos normalizado lo que debería seguir siendo inaceptable? No se nos puede olvidar que cuando la guerra deja de escandalizar, cuando se convierte en una variable más dentro de la ecuación política, toda la construcción de paz que hemos logrado durante décadas, se pierde.
Al final, quizá la relevancia de estas declaraciones está en su impacto mediatico, adicional a su persistencia. En la decisión de sostener una voz que no se adapta a la lógica dominante, que no negocia su punto de partida y que, justamente por eso, obliga a replantear la conversación.
En tiempos donde casi todo parece susceptible de negociación, es muy bueno escuchar voces que nos exigen el análisis racional, y también el de conciencia. Espero que esto sea parte continua de un Papa que ya está rompiendo moldes, diplomacias, reglas de protocolo y simplemente que nos haga recordar lo que de pronto ya olvidamos: la paz debe ser nuestra consigna en el mundo.
Nos leemos el siguiente martes.

@EsthelaDamian