EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Entre la ley y la justicia

Jesús Mendoza Zaragoza

Agosto 07, 2006

Más allá del estilo y de los métodos de Andrés Manuel López Obrador, hay que reconocerle un carisma personal y una fuerza que atrae a multitudes. Pueden discutirse sus estrategias de lucha, se puede o no estar de acuerdo con ellas pero lo que no se puede discutir es que mantiene un alto poder de convocatoria que ha construido en su ya larga historia de luchador social y de gobernante. Lo ha demostrado en días pasados al reunir a cientos de miles de personas en el Zócalo de la ciudad de México y al mantener tomadas plazas y avenidas para sustentar políticamente sus demandas.
Ya muchos han exhibido su poco aprecio por las leyes o su interpretación muy particular de las mismas cuando no las reconoce como justas o cuando, sencillamente, no le convienen. Le han restregado en la cara este hecho como una debilidad mayor para alguien que pretende gobernar a un país desde las instituciones del Estado mexicano que se sustentan necesariamente en leyes.
Aquí la cuestión es, ¿por qué, a pesar de todo, de sus errores y de sus fobias, López Obrador mantiene su influencia en franjas amplias de la sociedad mexicana? Este atractivo que el pejelagarto ejerce no es gratuito; la gente tiene razones poderosas para integrarse al movimiento de resistencia civil que él ha convocado y que está conduciendo hacia donde no sabemos.
En estos tiempos de polarización política, en los que todas las cosas se ven en términos de blanco y negro con un peligroso sentido maniqueo, es necesario discernir con cuidado los valores que transmiten las diversas posiciones políticas. Tomando distancia de los apasionamientos normales en coyunturas como la que estamos viviendo, tenemos que ser honestos con la realidad y dejar que se manifieste como es. ¿Por qué este personaje público tiene en sus manos la voluntad de varios millones de mexicanos que están dispuestos a ir con él hasta donde sea?
Recogiendo los datos más significativos de las elecciones del 2 de julio, pudimos percatarnos que el norte se pintó de azul y el sur de amarillo. Estamos ante dos Méxicos, el del norte y el del sur. El norte con su desarrollo y el sur con su subdesarrollo. Puede que esta descripción resulte chocante y simplista pero lo que queda de manifiesto es el diverso comportamiento electoral entre los estados del norte y los del sur, que tiene que ver con los diversos niveles de injusticia social y de pobreza en ambas regiones.
López Obrador ha tomado en sus manos la bandera de la justicia social, tan relegada en todos los gobiernos pasados, que no han sabido o no han podido acortar el abismo entre la riqueza insultante y la miseria deprimente de las mayorías. Si lo ha hecho bien o lo ha hecho mal, es otra cosa. Pero su discurso y algunos de sus programas de gobierno mantienen un claro sentido social, emitiendo un mensaje a los desheredados del país. La gente, los pobres tienen hambre y sed de justicia, que no ha tenido eco en las políticas públicas y en el comportamiento global de los gobiernos. El abandono del campo, los sueldos o bonos inmensos de los políticos en la administración pública, los salarios supermínimos de los trabajadores, el escándalo del Fobaproa, entre otros, siguen siendo espinas clavadas en el mundo de los pobres.
Esta bandera de la justicia social, de mayor equidad y de un acotamiento a los privilegios, ha resonado en la sensibilidad y en la conciencia de mucha gente, que se siente interpretada por el señor Andrés Manuel y tiene el miedo de que tengamos otros seis años perdidos en la búsqueda de condiciones de vida sustantivamente mejores para los más pobres. En estas condiciones, la gente le perdona a López Obrador que infrinja leyes, porque le importa más la justicia. Y más aún, cuando se reconocen los manejos torcidos que se suelen hacer de las leyes y, aún más, la parcialidad de éstas cuando se trata de quienes tienen dinero para salir airosos en medio de las deficiencias legales.
Podemos no estar de acuerdo con la posición ambigua del señor López Obrador con respecto al respeto a la legalidad o con sus estrategias erradas para defender lo que él considera justo o con su tendencia a la confrontación, pero lo que en estos momentos está pesando es que ha sabido arraigar en la conciencia de muchos mexicanos la posibilidad de una sociedad más justa y más equitativa que otras figuras y otras fuerzas políticas no han podido hacer.
En el fondo del movimiento de resistencia civil que se ha estado manifestando en el escenario público está el hambre y la sed de justicia que muchos mexicanos experimentan de manera intensa. Detrás del asunto electoral o postelectoral está una demanda social que rebasa al PRD y a la coalición Por el Bien de Todos; está un movimiento ciudadano que ya se dio cuenta de que las elecciones del 2 de julio eran una oportunidad para dar un paso decisivo hacia mejores condiciones de vida para todos. Los millones que votaron por el señor López Obrador, votaron por la superación de la extrema pobreza y por mejores oportunidades para los desamparados de México. Esto es lo que cuenta, es lo que hay que ponderar. Hay que escuchar la voz de muchos mexicanos que quieren ser escuchados; que cuando gritan “voto por voto, casilla por casilla” en realidad están pidiendo pan y justicia.
Ese es el grito que permanece, el grito por la justicia inaplazable; y gobierne quien gobierne debe ser escuchado y atendido. Y la ley, y el derecho deben ponerse al servicio de la justicia. La justicia le da a la ley su sentido y su auténtica interpretación y aplicación. Si bien es moralmente obligatorio respetar y cumplir las leyes, no lo es menos el que estas se orienten efectivamente hacia el logro de una mayor justicia social.