EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Entre tolerancia e intolerancia

Jesús Mendoza Zaragoza

Noviembre 12, 2007

 

Tras la celebración del Año de las Naciones Unidas para la Tolerancia en 1995, la ONU declaró el 16 de noviembre como Día
Internacional para la Tolerancia, ocasión dispuesta para sensibilizar y promover iniciativas orientadas a construir actitudes y
relaciones de respeto hacia quienes son distintos o piensan distinto.
En el ámbito de la construcción de la democracia, se ha colocado a la tolerancia como uno de sus ejes constitutivos. La sociedad
moderna o es tolerante o no será, se dice. Hay que reconocer y celebrar el hecho de que se haya abierto paso hacia un clima de
tolerancia y de respeto a la pluralidad de pensamiento y de opciones. Sin duda, el respeto a lo diferente es un bien que incluye a
todos y facilita la convivencia.
Pero el asunto no es tan sencillo como pareciera. El respeto a las diferencias implica el respeto a la conciencia, que muchas veces
no es considerado. ¿Qué implica el verdadero respeto? Respeto significa saber escuchar, pero la escucha no niega la conciencia.
El verdadero respeto reconoce la conciencia del otro. Con otras palabras, respetar las opiniones de los demás no implica
aceptarlas; respetar la individualidad del otro no significa callar absolutamente, como si la propia conciencia pudiese ser callada.
En estos términos se suele señalar como intolerante a quien no está de acuerdo a partir de sus convicciones, que pueden ser
filosóficas, políticas o religiosas. O se suele llamar intolerante a quien pretende buscar y encontrar la verdad y la confiesa y la
propone aunque sea en términos provisionales. Y, así, resulta que el tolerante moderno llega a ser un verdadero intolerante. La
angostura y la pobreza de su concepto de la tolerancia le impiden a menudo ser flexible en el diálogo y comprensivo con el
parecer de los demás.
La tolerancia, en toda la amplitud de su significado, sigue siendo un desafío permanente en cuanto que se trata de un valor
incluyente y no excluyente, abierto y no cerrado, constructivo y no destructivo. La tolerancia no se mueve en los terrenos de la
descalificación ni del insulto visceral, ni puede ser construida a partir de fobias y de frustraciones ni, mucho menos, a partir de
una visión relativista que niega la posibilidad de tener acceso a la verdad.
Hay que señalar que, en muchas ocasiones cuando se habla de tolerancia se hace en términos restringidos a una visión light de la
vida, carente de hondura y de consistencia. Se trata de una tolerancia acomodada a la medida del relativismo cultural y moral que
rehúye los compromisos firmes y duraderos por afirmar que todo punto de vista es igualmente válido. Esta versión de la
tolerancia tiene detrás una actitud escéptica que niega la posibilidad de alcanzar la verdad, a la vez que exalta una actitud
subjetivista que recluye al ser humano en su solitaria soledad. Esta versión de la tolerancia se desliza muy fácilmente hacia los
terrenos de la intolerancia de una versión distinta que sea incluyente y abierta.
Esa actitud filosófica que tiende a evaporar el espesor de la persona humana para convertirla en un manojo de sentimientos y de
emociones se rehúsa a encontrar un referente objetivo para la propia existencia, para explicar la historia y para construir una
sociedad basada en la libertad y –de manera simultánea– en la justicia. La persona queda reducida a una libertad que se
despliega sin ninguna brújula que la oriente. Cada quien construye, define y decide sus valores sin referencias objetivas ni
universales. Cada quien se sumerge en su opinión que sustituye la búsqueda de la verdad a la que se renuncia y se desconoce
con un sentimiento de alergia.
La definición y el ejercicio de la tolerancia, implica la afirmación de la posibilidad de la verdad objetiva. Si bien la tolerancia
conlleva el respeto a la manera de pensar de los otros, implica también la disposición de escuchar y de expresar con toda libertad
la propia verdad. La verdad existe, nunca se impone sino que se propone para que sea reconocida. La verdad es un bien, es el
bien intelectual al que se puede acceder progresivamente y al que no es lícito renunciar. Renunciar a la verdad como referente
objetivo, abre las puertas para cerrarse al diálogo y para imponer la propia versión de las cosas.
En fin, en una sociedad plural tiene que auspiciarse el desarrollo de las libertades, siendo la libertad de conciencia –racional,
religiosa y/o ética– el eje que articula las demás libertades. El legítimo pluralismo es el que respeta la libertad de conciencia de
cada uno. Es, precisamente, en el encuentro de quienes son diferentes donde se estructura la tolerancia como actitud. Actitud de
respeto e, incluso, de reverencia al reconocer al otro en su legítimo derecho de ser y pensar distinto. La tolerancia no es una
concesión al otro, no es aguantar al otro para garantizar un mínimo de convivencia. Va siempre más allá. Intenta reconocerle
valor básico del otro en cuanto persona y sus valores para acogerlos y asumirlos al tiempo que se ofrecen los propios. Implica,
pues, creer en el diálogo, en el que nadie es poseedor de la verdad sino un simple buscador.
Es necesario abrir nuevas perspectivas en la vía de la tolerancia. Hay hartazgo del lenguaje descalificador y excluyente en la vida
pública. La intolerancia, hija de los prejuicios, las frustraciones y las fobias es siempre estéril. Los debates intolerantes hechos de
injurias, improperios y ofensas no acarrean ningún beneficio social, al contrario, hacen más difícil el desarrollo de la trama social
en la que todos tienen que estar incluidos.