EL-SUR

Jueves 25 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Equipo universitario de remo

Alan Valdez

Septiembre 27, 2025

I

La neblina está esparcida por todo el río. Es tan espesa que no hay sensación de movimiento. No hay arriba ni abajo, sino un hueco amplio y sin aroma. Arriba, el sol pretende iniciarse, pero no puede.
Escucho la respiración de un corredor detrás mío. No lo veo, pero el sonido de sus suelas con su prisa de plástico, hacen crujir hojas. Después, desaparece o más bien se calla. No traje mis audífonos, así que me entrego a una meditación falsa sobre los animales que rondan los prados y, de vez en cuando, sus ligeras huellas de lodo saltan sobre las ramas.
La mañana sigue avanzando al igual que otros corredores que me rebasan anónimos. Por el río el equipo de remo es guiado por una entrenadora que señala velocidad y pausa a los navegadores. Escucho los remos diestros en el abrir y cerrar del agua.
–¡Equipo, atentos! ¡Mantengan el ritmo, no se adelanten! ¡Coordinen brazos y piernas en cada palada! ¡Más fuerza! ¡Vamos, mantengan la línea, mantenga la línea!
La voz del megáfono se aleja. Hago ejercicios de estiramiento. Toco las puntas de mis pies, respiro. El sol hace lo mismo porque su luz crece hasta dirigir la forma de algunos árboles hacia su altura verdadera.
Nuevos corredores pasan, son menos anónimos. Me miran y nos decimos hola, o buenos días. Llegando a los campos de beisbol, un grupo de venados pasta cerca de unos columpios. La neblina aún es espesa. Así que sus cornamentas parecen dirigirse como humo. Seseo de calcio sigiloso que sube y sube, desprendido de la cabeza de animal y sin poder detenerse. Tomo una fotografía. Me acerco un poco más. Tomo otra fotografía. Pero ya en la tercera, y al haber interrumpido su desayuno, lo único que obtengo es una foto vacía de unos columpios matutinos.
Los venados corren, se meten entre la neblina y el bosque, haciendo que las ramas truenen en la huida de su pequeña manada. Me asomo por la hendidura que han abierto para dirigirse. Ahí adentro la neblina aún reina sobre el día. Un blanco apenas interrumpido por el cruce de unas hojas y ramas. Me dan ganas de ingresar a su paseo sin bordes. Pienso en las consecuencias de ese viaje. Son pocas mis objeciones hasta que el saludo de dos transeúntes, una madre y su carriola y otra señora, me retroceden de nuevo al camino asfaltado de los corredores.
Me voy acercando a ellas. Hablan del trofeo de uno de sus hijos y la flojera del otro. Cuando el bebé y yo cruzamos miradas, deja de chupar su sonaja, manotea y la fruta de plástico cae al suelo. La madre la recoge y rápido le pasa una toallita húmeda. El bebé persigue las manos de su madre que limpia su cascabelito. La señora es metódica, no le deja hendiduras sin pulir a la pequeña fruta. El bebé se desespera y avisa estirando ambas manos. La otra señora no deja de hablar de su hijo desocupado. La madre ahora saca otro producto de la pañalera. El bebé se estira aún más. La fruta no puede ser más brillante. El hijo ya no puede ser más flojo. El bebé crece. La señora no deja de limpiar. El hijo es desempleado. La madre, la madre y las toallitas.
El bebé tiene los brazos tan estirados que ha crecido un poco.
La madre por fin le entrega la sonaja. La sonaja festeja alardeando con la música de sus semillas. No he avanzado muchos metros cuando escucho el llanto del bebé. No volteo. Y me vuelvo a distraer en la imagen de los venados deshaciendo sus cuernos en neblina y luego incorporándose al bosque hasta quedarse callados.
Las imágenes de los venados se empiezan a intercalar con otro tipo de deseos, y esos deseos se diluyen, sin prestigio ya, entre un aviso y otro de las cosas que tengo que hacer este día. Me reprocho. Quiero dejar de hacer el repaso de todos mis pendientes. Reviso una vez más las bolsas de mi short. Me cercioro de todos sus recovecos. Pero no. He dejado los audífonos quién sabe dónde allá en mi casa. Me envuelvo ahora en una indagación vaga sobre las cosas que hice esta mañana antes de ponerme los tenis y el short para hacer ejercicio. ¿Por qué no los puse donde siempre? ¿Por qué soy tan distraído? Bueno, es que ayer tenía que acabar de mandar ese otro trabajo. Pero ¿por qué no los guardé ahí junto al reloj y la cartera? Bueno, pero ¿por qué no me los puse desde antes de salir? Bueno, ya había salido tarde y confiaba en que estarían en la bolsa del short. Bueno, pero cambié de short esta mañana. Bueno, ahí está el problema. Ya debería ir a lavar la ropa, pero no puedo, tengo que esperar al viernes. Pero el viernes no porque…
Me salgo del camino de asfalto y parado sobre el césped, inquieto, decido volver a estirarme, cerrar los ojos y hacer una lista de todos los sonidos que están sucediendo.
Otro corredor. Una bicicleta. Su campana. Un gorrión molinero. Otro corredor. Un saltapared. Un tordo sargento. Otra bicicleta. Otro corredor. Un mirlo. Otro mirlo. Otro corredor. La puerta del refrigerador. Otro corredor. Otro mirlo. El agua hirviendo. Otra bicicleta. Un automóvil. Un gorrión. Un gorrión. Un corredor. ¡Vamos, mantengan la línea, mantenga la línea! El microondas. La máquina de afeitar. La puerta de la escuela. Otro corredor. Otra puerta. Para el día de hoy, estos son los objetivos. El tapón de un marcador cayéndose al suelo. ¡No se adelanten! Hablar de la rutina diaria. La pantalla del proyector atorada. Usar el verbo reflexivo. Hablar de la rutina diaria. Me levanté. Me lavé la cara. ¡Coordinen brazos y piernas en cada palada! Me cepillé los dientes. ¡No se adelanten, no se adelanten! ¿Me puse el mismo short que ayer, entonces, dónde chingados están los audífonos? ¡No se adelanten, no se adelanten! Me quedo en silencio. Me quedo en silencio. Me quiero quedar en silencio. Una sonaja.

II

Mientras corro, mi respiración me abarca, no sé muy bien cómo, desde las puntas de mis pies hasta la nariz. Otros corredores pasan y cuando nos miramos y me sonríen o me hacen un gesto de saludo, siento que he atendido una sociedad con sus propios acuerdos y sanciones. Y yo estoy a punto de averiguar una de sus multas. Lo sé, porque mi respiración está por distorsionarse hacia el jadeo.
Hace unos minutos comencé a correr. Yo no soy un corredor habitual. La ligereza entre un paso y otro me seduce, pero cada minuto que pasa, esa ligereza entiende menos cómo alejarse de su propio rastro. Respiro, me estoy concentrando solo en mi respiración. Hacerlo por la nariz, no por la boca. Un poco de sudor me ha entrado al ojo. La sal se me ha quedado entre el plástico y la pupila. Me desacomodo el lente tratando de disipar el ardor de la gota salada bajo mi párpado. Ahora corro, respiro por la boca y llevo un ojo cerrado. No me quiero detener, al menos debo cruzar el parque. Una bicicleta me toca su campana. No me quiero detener, al menos quiero llegar hasta el puente. Otra bicicleta suena su campana. No me quiero detener. El ojo deja de arderme. Ya no siento ninguna basura en el ojo. El día ahora es una imagen partida por la mañana ya sin neblina y mi ojo izquierdo que traduce con vergüenza.

III

Despojado de la sociedad de los corredores vuelvo a caminar. Adherido a una versión incompleta de todos los que pasan, intuyo con dificultad si los otros caminantes me están dando el saludo o se espantan algunos de los bichos que persiguen el aire. Mi caminata ambicionaba un recorrido más largo, pero como el ojo bueno está haciendo también el trabajo del falso, me doy la vuelta.
Hago el inventario de la caja de lentes de contacto. Llegando a la casa puedo reponer el que se me ha caído y tengo para el resto del año. La inspección también abarca otras cosas en el cajón de los productos de aseo. Hace falta pasta de dientes. Tengo que comprar también más jabón para el baño. Quizá convenga ya cambiar la cortina de la regadera. Este fin de semana no he limpiado, quizá debería, aunque sea… O mejor me espero, aunque ya han pasado… Pero mejor debería lavar la ropa que ya esta semana me he puesto dos veces la misma playera. Bueno, pero los pantalones leí que no hay que lavarlos tan seguido. Pero ¿cuánto tiempo es no tan seguido? Pero, igual debería comprar unos pantalones nuevos, ¿o mejor me espero a Navidad? Pero en Navidad luego las cosas están más caras. ¿Cuándo se supone que salgo de vacaciones? ¿Por qué estoy pensando en las vacaciones si no he acabado de mandar ese otro trabajo? ¿Por qué no me puedo sentar y mandar ya de una vez ese pinche trabajo? Se supone que me salí para distraerme de ese pendiente. ¿Por qué no me puedo… ¿Por qué no he empezado a…

IV

Llegando a mi casa lo primero que hago es cambiarme los ojos. Luego, me baño, me seco, me visto y me peino. Pongo agua a hervir y me preparo un té. Salgo. Hay gente protestando afuera de una clínica de planificación familiar. Unos tienen pancartas con la palabra Dios escrita. Otros tienen chalecos de colores. Solo uno de ellos toca una flauta y no alcanzo a distinguir la melodía. Atravieso esa banqueta y me apresuro al salón a dar mi clase de español. Aún varias cuadras más adelante, el sonido de la flauta es distinguible, pero yo no sé qué significa lo que canta.
En el salón, practicamos los pronombres reflexivos. Levantan la mano y yo contesto. Señalo y me contestan. La clase termina sin alguna emoción en particular. Al guardar mis cosas, encuentro mis audífonos en una de las bolsas de la mochila.
En el supermercado hay una madre con una carriola. Mientras yo escojo unas uvas, escucho cómo el bebé menea su sonaja. Me pregunto si será el mismo bebé de hace unas horas, pero cuando la mujer voltea y se acerca a acariciar al niño, me doy cuenta que se trata de dos personas diferentes.
En la fila, el bebé y su mamá esperan detrás de mí. El bebé juega con su sonaja. Es un pajarito verde con azul de plástico. Antes de salir de la tienda escucho al bebé llorar, pero no volteo.
Me pongo, por fin, los audífonos.
Cruzo una calle, en una esquina hay una persona con megáfono repartiendo unas hojas. Se ve muy interesada en explicarme lo que dice su folleto. Yo veo cómo su boca se abre y se cierra, pero no percibo alguna palabra. Abre el folleto, usa su índice para enseñarme una ilustración. Yo sigo aparentando una sonrisa. Ella sigue mostrándome más imágenes y hablando, y yo sigo sonriendo, sin escuchar una sola palabra de lo que dice. Mueve una última vez la boca y yo solo le digo I´m sorry I don´t speak english. Sigo caminando. Un grupo de personas comienza a caminar atrás de mí y entre mis audiófonos se filtran unas frases.
–¡Equipo, atentos! ¡Coordinen brazos y piernas en cada palada! ¡Vamos, mantengan la línea, mantenga la línea, por favor!