EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Escuchando una lección desde Colombia

Jesús Mendoza Zaragoza

Septiembre 11, 2017

“Escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes. En ellos se aprenden verdaderas lecciones de vida y de humanidad, de dignidad”. Con estas palabras, Francisco indicaba a las élites colombianas una nueva actitud para devolver la paz a ese país desangrado por una guerra de cinco décadas, el que está dando penosos y decisivos pasos para salir de la vorágine de la guerra civil.
En su discurso, dirigido el pasado jueves 7 de septiembre en la Plaza de Armas de la Casa de Nariño (Bogotá) a las autoridades civiles, al cuerpo diplomático y a representantes de la sociedad civil de Colombia, el Papa ofrece algunas pautas de un alto significado ético para respaldar el proceso de paz en ese sufrido país. Vale la pena hurgar en este discurso para encontrar algunos elementos que podrían valer para el caso mexicano. Tenemos una guerra también, diferente a la colombiana pero con algunas semejanzas. Tenemos una guerra no convencional que no declina, con una alta cifra de muertos, desaparecidos y desplazados, con víctimas sin fin en aumento. Bien vale la pena considerar algunas de las indicaciones de Francisco que podrían servir para nuestro caso.
Colombia está dando pasos muy difíciles para terminar una guerra, y lo está haciendo después de cinco décadas de desgarramiento social y político. En México, la confrontación entre el gobierno federal y las mafias de la delincuencia organizada no da señales que hagan pensar en un escenario de disminución de la violencia y de la inseguridad, con su secuela de víctimas. Ni el gobierno ha sido lúcido ni la sociedad ha sido contundente. La inercia política de corrupción, impunidad y abusos y la indolencia social no son suficientes para visualizar un futuro diferente a nuestro presente tan lastimado y decepcionante.
Francisco insiste en que en la ruta hacia la paz hay que poner en el centro a la persona humana, su altísima dignidad y el respeto al bien común. Estos son principios básicos que deberían permear la acción política, la vida social y la práctica económica. Es necesario humanizar todo. Humanizar nuestras relaciones interpersonales y comunitarias, humanizar la política y la economía. Hay que pensar en las miles de historias de sufrimiento, cada una de ellas con rostros muy concretos de hombres y de mujeres heridos por la violencia que no tiene límites. Hay que reconocer a los otros, hay que sanar sus heridas, hay que construir puentes y fortalecer los lazos entre unos y otros. La fría política adoradora del poder que padecemos y las cifras frías de la economía de mercado que excluye a las mayorías de oportunidades de la vida digna siguen haciendo daños irreparables.
Una mirada a la persona humana, como el valor supremo que tenemos en nuestra cotidianidad, abriría las puertas para pensar y activar pensamientos, sentimientos y decisiones más humanas y humanizadoras. Somos personas, no cifras, ni estadísticas; somos personas y no objetos ni clientes ni consumidores; somos personas y no víctimas ni victimarios; somos personas y no amos ni súbditos; antes somos personas y no rivales ni enemigos. No se vale ni la manipulación ni la instrumentalización para cualquier objetivo o para cualquier interés. Somos seres humanos. Esto se nos ha olvidado y mientras no lo recordemos y reafirmemos no podremos salir de la vorágine de la violencia despiadada que padecemos. Esta mirada humana y humanizadora tiene un gran potencial, capaz de dar un vuelco a la política y a la economía que se nos han impuesto, que son los grandes factores de la violencia que padecemos.
Francisco alude, también, al sentido de la ley, que tiene como horizonte la justicia. Habla de la ley que es aprobada por todos, que rige la convivencia pacífica. Y señala que se necesitan leyes justas que garanticen la armonía y ayuden a superar los conflictos. Y recalca que “las leyes (que) no nacen de la exigencia pragmática de ordenar la sociedad sino del deseo de resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia”. Y remata diciendo que “la inequidad es la raíz de los males sociales”. Eso es justo lo que necesitan entender las élites políticas en México, que utilizan las leyes para controlar y despojar a los pueblos de sus bienes y no como herramientas para la justicia y la equidad. Las llamadas reformas estructurales aprobadas en México no han hecho otra cosa sino ahondar la exclusión y la violencia. Pareciera que el gobierno se empeña en crear y aplicar leyes generadoras de crisis y desigualdades, que favorecen a las élites económicas y políticas y de las cuales el pueblo tiene que estarse defendiendo.
Otra insistencia que se escuchó en varios de los discursos de Francisco en Colombia es que para conseguir la paz “todos somos necesarios” y nadie tiene que ser excluido ni marginado. La sociedad no se hace sólo con algunos de “pura sangre” y por lo tanto hay que advertir que es indispensable incorporar a quienes son excluidos y marginados sistemáticamente. En Colombia han tenido el coraje para escuchar hasta a víctimas y a victimarios, a organizaciones clandestinas y a ciudadanos de a pie. En México necesitamos un diálogo nacional para escucharnos todos, en el que compartamos las experiencias, los caminos y las utopías relacionadas con la paz que queremos y necesitamos. Los políticos no tienen derecho a decidir ellos solos y, menos, cuando lo hacen de espaldas al pueblo y a sus legítimos intereses. De ahí la indicación decisiva de Francisco: “Escuchen a los pobres, a los que sufren”. En México, los pobres no son escuchados. Y no lo son sistemáticamente. El método de las élites es decidir sin escuchar. Decidir sin el pueblo; es más, decidir contra el pueblo.
¿Tendremos el coraje para ir al fondo cuando decimos que queremos la paz? ¿O seguiremos “nadando de muertito”? Se requiere honestidad ante la realidad y superar todas las simulaciones que se hacen para afrontar la violencia. Poner en el centro a la persona humana a la hora de reconstruir a la nación, poner las leyes al servicio de la justicia y la igualdad social, y escuchar a todos, sobre todo a los hasta ahora marginados o excluidos, son algunos de los principios éticos indispensables para la paz. ¿Podríamos aprender esta lección que Francisco propone a la Colombia herida pero esperanzada? ¿Cuánto tiempo más tenemos que esperar para caer en la cuenta de las condiciones que se requieren para dar pasos decididos hacia la paz y no conformarnos con simulaciones? ¿Cuánto tiempo más vamos a esperar para reconocer nuestra dolorosa verdad y para hacernos responsable de ella?