EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Ese pobre llamado Jesús

Jesús Mendoza Zaragoza

Diciembre 26, 2007

 

Navidad se ha convertido en una especie de palabra mágica que ejerce un encantamiento anual sobre pueblos enteros, creando un
artificioso aire de felicidad hasta que despertamos del sueño acicateados por la realidad cotidiana de injusticia y de sufrimiento.
Eso es lo que nos queda como consecuencia del imperio del consumismo. Navidad ha sido convertida en una burbuja de jabón
que se rompe y se queda convertida en nada.
El acontecimiento fundante de las fiestas navideñas, el nacimiento de Jesús, no tienen nada que ver con este ambiente de ficción
que empalaga, aturde y desgasta. El Nuevo Testamento da cuenta de un hecho sucedido en Galilea, una región marginal de Israel.
Ese hecho tiene que ver con la esperanza milenaria de un pueblo que inició su historia con una cruel experiencia de esclavitud.
Una experiencia religiosa abre a este pueblo un horizonte nuevo para mirar su historia en clave liberadora. Dios se hace cargo de
un pueblo escogido para desencadenar un proyecto universal de liberación. Es así como se abre paso un tiempo mesiánico. Israel
vivió esperando la llegada del Mesías que daría cumplimiento a las promesas de liberación.
La llegada de Jesús tiene que ver con esa esperanza acumulada en Israel por muchos siglos y con las ansias de liberación de
quienes sufren la opresión en las más variadas formas. El Mesías es la misma mano de Dios que entra a la historia humana para
transformarla desde dentro. De allí en anuncio de la Buena Noticia a los pobres y la inauguración del año de la Gracia. Este es el
corazón mismo del Evangelio de Jesús, del mensaje que proclama la paz para todos.
Ciertamente la llegada del Mesías tiene que ver con la radical miseria humana que incapacita para la fraternidad y para la justicia.
El ser humano, abandonado a su vulnerabilidad no soporta su historia y ni siquiera se soporta a sí mismo. Necesita ser redimido
y capacitado para construir una historia distinta, plena de sentido y de justicia. Por eso, la llegada del Mesías tiene que ver con la
suerte de los pobres, los desprotegidos y los abandonados. Sí, con esos rostros cotidianos que nos son tan familiares y a los
cuales ya nos acostumbramos con un aire de resignación.
El Mesías viene a “anunciar el Evangelio a los pobres”, que se convertirá en una tarea dolorosa y apasionada. León Felipe, ese
poeta de la libertad reconocía así la tarea del Mesías, cuando decía: “¡Cristo! / Viniste a glorificar las lágrimas… / no a
enjugarlas… / Viniste a abrir las heridas… / no a cerrarlas… / Viniste a encender hogueras… / no a apagarlas… / Viniste a decir:
/ ¡Que corran el llanto / la sangre / y el fuego… / como el agua!”. Estas palabras tienen un fundamento real en la figura y en las
palabras del mismo Jesús, quien dijo “Yo he venido a prender fuego en el mundo; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo!
Tengo que pasar por una terrible prueba, y ¡cómo sufro hasta que se lleve a cabo!
¿Creen ustedes que he venido a traer paz a la tierra? Les digo que no, sino división” (Lucas 12, 49-51). A eso vino el Mesías: a
establecer una convivencia humana distinta, muy distante de la dulzona armonía superficial de la que el consumismo nos ofrece.
El consumismo, hijo del capital acumulado en pocas manos, ha logrado adormecer la conciencia de los pueblos y, en particular,
de los creyentes, nos ha hecho devotos de esa solidaridad light de los teletones como una de las mejores expresiones humanas y
nos ha hecho aceptable un mundo injusto y aberrante como el que tenemos en las manos. La verdadera justicia que Dios ofrece
se arraiga en cada corazón y en cada conciencia que se abre a la solidaridad genuina que se plasmó en el pesebre de Belén. El
Hijo de Dios se hizo humano, es más, se hizo pobre. Y esa pobreza tan concreta y tan real es altamente relevante y para nada
circunstancial. Significa que el Mesías se hizo pobre de manera solidaria para abrazar a todos los pobres de la tierra inspirando
en ellos un dinamismo liberador con el poder de su mensaje y de su presencia. Quiere decir, en primer lugar, que el Mesías tiene
en sus manos un proyecto libertario que quiere compartir a todos aquellos que buscan la justicia y que aceptan su estilo, su
propuesta de vida y de esfuerzo. Pedro Casaldáliga, el obispo poeta brasileño de origen catalán se refiere a Jesús diciendo: “Mi
fuerza y mi fracaso eres Tú. / Mi herencia y mi pobreza. / Tú mi justicia, Jesús. / Mi guerra y mi paz. / ¡Mi libre libertad! / Mi
muerte y mi vida, Tú. / Palabra de mis gritos, / silencio de mi espera, / testigo de mis sueños, / ¡cruz de mi cruz! / Causa de mi
amargura, / perdón de mi egoísmo, / crimen de mi proceso, / juez de mi pobre llanto, / razón de mi esperanza, ¡Tú!”.
Que el Hijo de Dios se haya hecho pobre significa, también, que hay que bajarse al mundo de los pobres y excluidos para poder
luchar junto con ellos por su liberación y por un mundo más justo. Es el sendero de la pobreza elegida para sí mismo como una
expresión hondamente solidaria la que nos hace más competentes para mantener actitudes y procesos realmente solidarios con
gran poder de cambio. Luchar por los pobres desde fuera, desde el poder, desde la riqueza, desde la fama, lleva el riesgo de
terminar en la cínica instrumentalización de los pobres para proyectos y fines tan ilegítimos como inmorales.
Navidad es el tiempo más oportuno para considerar nuestra manera y nuestro estilo de trabajar a favor de un proyecto de
inclusión de los pobres. “Optar por los pobres –decía el mismo Casaldáliga– significa siempre volverse hacia, entregarse,
comprometerse. Cuando se opta por los pobres se opta contra las causas, las estructuras, los sistemas que hacen pobres a los
pobres y les impiden vivir con dignidad esa condición humana, histórica, de hijos e hijas de Dios, hermanos y hermanas”. “En el
vientre de María / Dios se hizo hombre. / Y en el taller de José / Dios se hizo también clase”, añadiría el mismo poeta catalán.
Necesitamos desentrañar el contenido original de la Navidad arrancando la envoltura consumista –y, capitalista– que se le ha
puesto. La Navidad contiene la memoria histórica de un proyecto hecho a la medida de los pobres en donde ellos son los
primeros y los más importantes. Navidad es la fiesta de los pobres, muchas veces secuestrada por los ricos. Navidad es un
reclamo a la insolidaridad y una llamada a la solidaridad humana como la del niño pobre de Belén. Navidad es el punto de partida
para la puesta en marcha de una lucha liberadora que pasará por la Cruz y cristalizará en la victoria de la Resurrección. Después
de todo, Navidad es una oportunidad para reencontrarnos con lo más humano del hombre mismo: la solidaridad.