EL-SUR

Viernes 19 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Esopo, la cierva y las uvas

Alan Valdez

Enero 17, 2026

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

I

Desde hace dos semanas me ronda una paradoja de George Steiner que explora en su ensayo Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento. El siempre preocupado por la traducción y por Europa dice, más o menos, que no hay forma de dejar de pensar, el pensamiento ocurre como la respiración, sin pedir permiso. Uno no lo convoca, simplemente aparece. Pero, al mismo tiempo, pensar también es algo que se puede contener, torcer, demorar, como cuando uno aguanta el aire por segundos, o por unos minutos, si es que se tienen buenos conocimientos oceánicos.
El pensamiento no se deja gobernar. Siempre está siendo interceptado, provocado, desviado hacia otras rutas, hacia imágenes que no pedimos. Incluso cuando creemos haberlo fijado, ya está en otra parte. Steiner concede, sin embargo, que existen de vez en cuando momentos raros de concentración casi absoluta. Habla de los contemplativos y los matemáticos, de los grandes maestros de la meditación, de los prodigios del recogimiento total. Pero deja claro que son instantes extremos, inaccesibles para la mayoría y, además, breves. Según él, ocurren, si acaso, en las cumbres de la excelencia humana.
Cuando termino de leer ese párrafo, descarto de inmediato una de mis resoluciones de Año Nuevo. Entre los clásicos de siempre, un plato más verde, menos avaricia, más ejercicio, había añadido uno nuevo: meditar.

II

Una de mis maneras preferidas de escribir es caminando. Digo “escribir” y enseguida me corrijo, porque no me refiero a la escritura como palabra tras palabra sobre la página. Me refiero a ese momento en el que mi pensamiento y mi cuerpo logran el acuerdo para que el exterior me ocurra.
Yo escribo porque camino y camino porque escribo, no importa demasiado de quién es la iniciativa. En ambos movimientos algo se traza, algo se desplaza sobre una superficie, algo deja una marca en el espacio.
Rousseau pensaba la escritura como un movimiento del cuerpo antes que como un sistema de signos. Nietzsche, recordando a los peripatéticos, hacía del caminar una condición del pensamiento y decía que sólo creía en las ideas que llegaban con los pies. Walter Benjamin, por su parte, convirtió el paseo en un método. Caminó el París de inicios del siglo XX como si fuera un archivo, leyó la ciudad en fragmentos, en pasajes, en vitrinas, en restos. Y para los nómadas, mucho antes que para nosotros, el camino no era un trayecto, sino un texto, se leía en las piedras movidas, en los cambios del suelo húmedo y seco, en la forma en que el viento doblaba la hierba. No había una separación entre leer el mundo y modificarlo. Caminar era entender y dejar rastro al mismo tiempo.
El testimonio más antiguo de la existencia humana no es una palabra, ni un dibujo, ni una herramienta, sino el vestigio de un paseo. Hace casi cuatro millones de años, un Australopithecus afarensis caminaba con su cría por lo que hoy llamamos Laetoli, en Tanzania, y ese trayecto quedó fijado en el barro volcánico, convertido en piedra.
El año pasado, en enero, me suscribí a una aplicación que registra la cantidad de kilómetros y el tiempo que pasé al aire libre. Anduve lo suficiente como para atravesar todo el país, de Acapulco hasta Chihuahua. O, más específicamente, como si mis pies hubieran tocado el agua de la bahía de Acapulco y luego se hubieran sacudido la arena en el pasamanos del puente Benito Juárez que cruza hacia El Paso.
Este año, ¿qué naturaleza me ocurrirá?

III

Recuerdo cuando entendí que mi abuela ya no volvería a cocinar. Hablábamos por teléfono y no me reconocía. Durante varios minutos, la voz del otro lado intentaba recomponer mi identidad a partir de preguntas imprecisas. No fue sino hasta que le pedí la receta de los frijoles que pudo reconocerme. La cebolla, el ajo, la cantidad de agua, el tiempo en la olla. Algo se ordenó ahí. Desde entonces, he tratado de emular ese sabor, con resultados bastante modestos.
No se trataba sólo de que mi abuela ya no pudiera cocinar, sino de que una forma de su presencia, un idioma específico del gusto familiar, donde alimento y lengua eran inseparables, estaba dejando de existir.
Mi abuela tuvo un puesto de comida en el mercado de Acapulco. Su caldo de tortuga y sus patitas de puerco, me cuenta mi padre, eran muy populares entre varios trabajadores y albañiles que acudían en sus descansos a comer a su fonda. Yo nunca podré cocinar así. No lo digo con resignación, es reconocer que el complejo sistema de interacciones entre humanos, plantas y animales de los que mi abuela formó parte, es irreproducible.
Durante unos años dejé de comer carne roja por completo. No lo hice movido por una convicción ética, aunque aprendí dos cosas: a sazonar siguiendo otras lógicas, las de ciertas cocinas del sur de Asia, y que comer no es sólo ingerir sino un hecho cultural y, por lo mismo, la comida nunca es una práctica neutra.
Quien pensó esto de manera clara y radical fue Lev Tolstói. Se volvió vegetariano en la década de 1880, ya de adulto, y siguió siéndolo hasta que murió, en 1910. Lo hizo como parte de una transformación espiritual que lo llevó a chocar con la Iglesia, el Estado y los valores de su clase. Era aristócrata, dueño de tierras, parte del mundo que luego decidió rechazar. Para él, comer carne significaba participar en una forma de violencia que también estaba en la guerra, en la propiedad, en la autoridad. Por eso, su vegetarianismo no fue una simple renuncia, sino una manera de oponerse a esa lógica desde el cuerpo.
En El camino de la vida, una compilación póstuma de aforismos, citas y reflexiones éticas, Tolstói escribe: “se piensa que es posible organizar la vida de los otros únicamente mediante la violencia, pero la violencia no organiza, desorganiza la vida de las personas”.
Debo dejar de comer al mismo tiempo que miro las noticias.

IV

He leído las noticias, pero no diría que tengo una idea clara de cómo debo asumir lo que acabo de leer. Después me pongo a ver videos. Paso varios minutos saturándome con la promesa en una esquina del ojo, de que, en cualquier segundo, este, definitivamente este video donde explican qué pasaría si alguien usara gorra durante seis años, será el último. Apenas podría dar cuenta de lo que vi.
Me quedo mirando al techo. Se me ha ido una hora de mi vida y no sé bien en qué.
Tengo trabajo, pero agarro de nuevo mi celular porque me llega la urgencia de que tengo que revisar algo en la aplicación del banco. Uso el índice como si le estuviera acariciando la nuca a un animal muy liso.
Pasa otra hora y no he hecho nada, ni siquiera lo del banco. Tampoco contesté los mensajes de feliz año nuevo que me mandaron hace dos semanas. No estoy descansando, pero tampoco estoy trabajando, estoy en un punto muerto. Mis pendientes siguen ahí, intactos. No es exactamente cansancio. Es más bien la sensación de no poder moverme hacia ningún lado. Reacciono a eso no poniéndome a trabajar, sino revisando el celular otra vez.
Vuelvo a leer las noticias. Hay una palabra que no entiendo, la busco. En la búsqueda aparece otra palabra que tampoco entiendo, luego una fecha que da contexto, luego algo que ocurrió hace más de un siglo, pero que explica por qué este continente está conflictuado con este otro territorio, aunque ese territorio antes no se llamaba así.
Pasa otra hora y otra más. Se hace de noche. Mi celular se descarga, lo conecto, y ahora estoy de nuevo acariciando al animal de lomo liso, pero con el cable estirado desde la pared hasta el sillón. Empiezo a decirme que ya es hora de dormir, que mañana ahora sí trabajo, que mañana nada me va a distraer, que todo era mejor cuando no había celulares con internet, que quizá debería no tener celular, que podría ver un video más para quedarme dormido. Me marca mi madre. Le contesto. Le digo que estuve ocupado todo el día escribiendo.
Verifico que la alarma esté encendida. Dejo el celular lejos de la cama para no volver a agarrarlo. Pero recuerdo que el pago tiene que hacerse hoy, antes de las 11:59. Faltan veinte minutos. Aún puedo.
Termino viendo el video de alguien que colecciona artículos de la Segunda Guerra Mundial. Abre una lata de ración militar de sopa de pollo de hace setenta años. El video termina cuando enseña el fondo de la lata y una cuchara sobre la mesa.
Pongo mi celular bajo la almohada. Miro una vez más el techo. Pienso que sería buena idea dejar de ver el teléfono justo antes de irme a acostar. Recuerdo que vi un video de un soldado que enseña ejercicios que utilizan los marinos para dormirse muy rápido.
Recuerdo también la pregunta que se hace Marina Garcés, filósofa española, Si lo sabemos potencialmente todo, pero no podemos nada, ¿de qué sirve este conocimiento?

V

La mañana siguiente de la fiesta de Año Nuevo, mi familia y yo salimos a caminar por un parque. Hacía frío. Algunas personas pasaban a nuestro lado deseándonos feliz año, y nosotros les respondíamos con las manos cubiertas en guantes de lana.
Caminaba con mi madre, y a veces me intercalaba con mi hermano. Conversábamos sobre las fiestas de los últimos años, sobre la familia que siempre está lejos y sobre lo distinto que se ve el agua de este río en comparación con el agua del río donde crecimos.
En una parte del trayecto tuvimos que pasar por un túnel. El túnel tenía eco y todos empezamos a hacer ruidos de animales: gatos, lobos, aplausos, silbidos.
La fauna completa.
La fauna completa de una fábula.
Después del túnel encontramos un hilito de agua.
Y cerca, un ciervo con dos hijitos.
Mi madre, mi hermano y yo los miramos, y ellos nos miraron de regreso, con sigilo, esperando brincar de vuelta a la maleza, y luego desapareciendo con el café de su pelaje en el pastizal pardo del primero de enero.
De regalo de Navidad, mi sobrino me regaló un pequeño libro. Dijo:
–Te va a gustar mucho. Se trata de todo lo que hacen muchos animales.
Tiene razón.
En las fábulas de Esopo les pasan muchas cosas a muchos animales