EL-SUR

Sábado 04 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Estaremos donde se prendan las hogueras

Alan Valdez

Diciembre 27, 2025

Ayer, al salir por la mañana, había un poco de niebla en las calles. Caminaba atento, esperando ver niños saltarines con juguetes nuevos. El sol apenas se reflejaba en los cristales empañados de las casas. Hacía frío, pero no demasiado. Después de varias cuadras, la niebla acentuó aún más la ausencia de gente en los vecindarios.
Pensé que tal vez las familias estarían estrenando bicicletas y balones en el parque, así que me dirigí hacia la zona cercana al río y los árboles. Al cruzar el puente, vi a un pescador en su lancha. Fumaba y bebía algo de un termo. Imaginé, por un instante, que le gritaba “¡Feliz Navidad!”, y él me respondía desde el centro del río. Luego acercaba su lancha a la orilla y me ofrecía un poco de su bebida y de su cigarro.
El puente terminó, y el pescador desapareció del paisaje. La estela de su lancha provocó algunas olas que se encimaban sobre placas de hielo. En ellas, un grupo de gansos deslizaba sus cuerpos grises. Graznaban y abrían las alas al encontrar el agua. Los observé un rato y traté de tomar una fotografía de su nado. La foto era fea. Quería usarla para adornar un mensaje de Navidad a un amigo. Insistí un poco más en mi sesión de fotos: algunos árboles, unos montículos de nieve rodeados por piedras, pero la luz del sol no había cambiado de intensidad, haciendo que la mañana tuviera el mismo color que una bolsa de plástico llena de frutas.
Mi amigo me había enviado una foto de su árbol de Navidad, decorado con esmero. Su mensaje también incluía una pregunta sobre mi celebración. Yo no había puesto árbol. En realidad, mi forma de pasar las fiestas no incluía luces ni adornos. No supe bien cómo responder sin aguar su entusiasmo, así que le mandé una canción: Christmas Time Is Here. Es de un especial navideño de Charlie Brown, con música de Vince Guaraldi. Me pareció suficiente. Seguí caminando sin cambiarla.
La música armonizaba todo en un mismo temperamento. No me sentía inclinado a recordar navidades en otras ciudades. Sin embargo, mientras la canción se repetía, la búsqueda cobró sentido. Un padre y su hijo jugaban con un guante de beisbol y una pelota en una explanada del parque. Seguí su juego: el niño aún no era lo suficientemente grande para el casco que vestía, así que cada tanto lo ajustaba. El padre era gentil en el lanzamiento. La madre, desde lejos, aplaudía.
Mi caminata se prolongó un rato más, hasta que llegué al lado del parque que se conectaba con otra colonia. En esa esquina había una liebre muerta. Su cuerpo, a medio enterrar entre la nieve, parecía un dibujo. En su ojo se reflejaba un poco de la luz pálida. Sus orejas, rígidas y alargadas, semejaban dos cuchillos de madera. Le tomé fotografías. Me entretuve bastante tiempo siguiendo el trazo de su cuerpo frío. Pero cuando una señora con su perro se aproximó por la misma vereda, un tipo de pudor, como el que siente un niño al ser descubierto en la habitación equivocada, me obligó a pararme.
Guardé el celular rápidamente. Fingí que recogía algo. La señora intentó jalar a su perro, que quería husmear al conejo. La fuerza del animal tironeaba con brusquedad de los brazos rígidos de su dueña. Escuchaba el nombre, “Bobby, Bobby”, una y otra vez, hasta que la correa se ajustó al cuello del perro. La señora consiguió contenerlo. Después, ambos se alejaron.
Los veía irse en tregua. Cuando desaparecieron por completo de mi vista, continué. En algunos tramos de la banqueta aún podía ver sus huellas: un par de patas y un par de botas, hasta que se desviaban. Pensé, por un momento, en cómo sería la casa a la que llegaban. Si habría niños. Si la señora contaría que su perro casi le arrancó un pedazo a una liebre muerta que encontró en el camino.
Al atravesar la colonia, encontré una casa con un Santa Claus de dos metros y un reno sonriente que parecía a punto de reventar. Las imágenes de Bobby queriendo destrozar al conejo se superponían con el rojo inflado de Papá Noel. Dentro de la casa, algunas personas estaban sentadas en la sala. Desde afuera se los veía estáticos, como parte de un diorama. No sé muy bien por qué, o quizá es evidente, pero todo ese conjunto me hizo acordarme de una litografía que había visto hace unos días que ilustraba un texto sobre el origen de la Navidad. En la imagen, un hombre cargaba en los hombros a un jabalí recién cazado. Llevaba una túnica sucia, los ojos al frente, y detrás de él venía un grupo de figuras con coronas y ramas secas en las manos, como en una procesión.
Saqué mi celular otra vez. Quería tomarle una fotografía a los inflables. Me sentí descubierto, creí que la familia saldría con sus pijamas navideñas a preguntarme por qué no me movía de su patio. Así que las fotos que tomé, intentos borrosos, quedaron como restos apurados del color del reno y su amo.
En medio de una caminata que ya sentía demasiado larga, no estaba seguro de si seguir o no. Todo estaba cerrado, y el día no terminaba de acomodar bien sus colores sobre la ciudad. Estaba por regresar, pero entró una llamada de mi hermano.
—¿Qué te trajo el Niño Dios? ¿Qué cenaron anoche? ¿Bailaron o no?
La conversación nos llevó a los últimos regalos que creímos haber recibido de Santa Claus. Nos deseamos feliz Navidad otra vez. Que ojalá habláramos en Año Nuevo. Después de colgar, me quedé pensando en la última vez que escribí una carta navideña. Recordé una mañana: mi padre y mi madre bebiendo café junto a mi tía, y encima de ellos un reloj de cuerda. Afuera, otros niños corrían con sus cosas nuevas. Me recordé jugando con las manos, haciendo sonidos con la boca como si fueran explosiones, inventando palabras y motivos para mis muñecos, pequeñas guerras adornadas con capas, llevándolos de un lado al otro del aire, mientras mi familia hablaba en los sillones, mirándonos a mí y a mis hermanos jugar sin poder interrumpirnos.
Pude haber continuado en esa Navidad de inicios del 2000 si no hubiera sido porque Bobby y su dueña anunciaron su regreso. De lejos el perro no parecía nada tosco, hasta daban ganas de acariciarlo, pero después del encuentro anterior decidí cambiarme de banqueta.
De este lado, una familia con un bebé bajaba de un auto. Se acomodaban frente a una casa, buscaban las llaves, hablaban entre ellos. El bebé estaba completamente envuelto, apenas visible entre capas de tela. Solo se le alcanzaba a ver la cara: dos centros rojos, simétricos, en lugar de mejillas.
Recordé otra de las ilustraciones sobre los orígenes de la Navidad. Una litografía del siglo V mostraba una representación temprana de María, José y el niño. Decía que, mucho antes de que la Navidad se estableciera como una festividad cristiana, en algunas comunidades del norte de Europa era común entregar objetos durante el invierno. Se daban a quienes acababan de llegar: recién nacidos, forasteros, huéspedes, o personas que regresaban tras una larga ausencia.
La familia entró a la casa. El sol seguía cerrado en sí mismo, y yo quise llegar hasta el otro puente. Ahí, desde hace semanas, en la parte más ancha del río, donde el cauce se ensancha antes de encontrarse con el lago, una garza ha estado posándose sobre la misma piedra. Se queda ahí, sola, alejada de las otras aves, como si se mirara adentro del agua. Duplicada.
Antes de entrar a la vereda que me llevaba al puente podía observar más casas, en todas ellas, la escena era la misma. Familias con niños moviéndose de un lado a otro adentro de sus salas. En México no es común tener vista al interior de las casas; la arquitectura está hecha para mantener a los curiosos afuera. Aquí no diría que fuera una invitación directa, pero los ventanales amplios y aluzados, además de dejar pasar la luz, me buscaban los ojos cada vez que pasaba. Cuando por fin terminé el tramo de casas, otro animal me detuvo. Esta vez era un mapache. Estaba tendido junto a la orilla de la calle, seguramente atropellado. El hocico parecía húmedo todavía, pero ya no había movimiento. La lengua asomaba entre los colmillos. Me sentí un intruso al detenerme frente a su cuerpo rígido, como si no debiera prestarle más atención que la que el paso permite. Pero no pude evitarlo. Quería ver con precisión por dónde estaba la herida que lo había fulminado.
Comencé a grabar. Me sentía vigilado, la sensación niña de estar haciendo algo que no debo se instaló de nuevo en mí, pero como esta vez no se acercaba nadie, pude terminar mi registro sin ninguna prisa. Por un momento reflexioné sobre esta afición a tomarle fotos a los animales muertos que me encuentro, pero me detuve después de un rato cuando llegué al lugar desde donde se puede divisar a la garza coronando el centro del río con una sola pata sobre el agua.
El sol estaba aún más sitiado por las nubes de invierno. Su luz no llegaba del todo al suelo, como esas lluvias inmaduras que se deshacen antes de tocar la tierra. El aire se volvió aún más callado. Dejé de escuchar autos. Varias parvadas de gansos se alejaron rápido hacia el oeste. La garza, en cambio, no parecía decidir nada. Seguía ahí, inmóvil en el centro del río.
Quise acercarme.
Bajé por unas piedras hasta alcanzar el punto exacto donde la nieve, el agua y la tierra se encontraban en disgusto. Deseaba tener su misma quietud. La garza se rodeaba de nieve, hasta que una ventisca la hizo crecer como el humo.
Recordé entonces otra mañana de Navidad.
Estábamos en casa de mi abuela. Los tíos matarían un cerdo para celebrar la reunión de todos los hermanos. El cuchillo brillaba en la punta como un sol de mediodía recién afilado. Mandaron a todos los niños a jugar a la galera, pero no se dieron cuenta que desde uno de los huecos de las tablas se alcanzaba a ver la mitad de la carnicería. El animal gritó justo cuando el sol iluminó el centro de su corazón robusto. Y después prendieron fuego y sobre ese fuego dispusieron un enorme cazo de bronce.
En la última ilustración del texto sobre el origen de la Navidad, un grabado anónimo del siglo XVI, aparecían personas con máscaras de animales celebrando un festín, inclinadas hacia el fuego. La nota al pie decía: festín apotropaico. El adjetivo proviene del griego apotrépein, “ahuyentar” o “desviar”, y designa prácticas rituales destinadas a alejar un mal, en este caso la muerte asociada al invierno.
Nosotros, por mientras, comenzamos a jugar un juego, el juego de los animales. Un primo era un león, una prima era una cebra, otra más un águila, otro una rana, otra un cocodrilo y la prima más grande, una garza.
Parada en una sola pierna sobre una paca de pastura, la garza inauguraba la era de los saltos. Niños de un lado a otro, imitando el esfuerzo animal, mientras se destazaba un cerdo.