EL-SUR

Lunes 15 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Este es su corazón, ¿ya lo vio?

Alan Valdez

Abril 26, 2025

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

Desde agosto del año pasado no salía a la calle en shorts. Es domingo. Traigo unos tenis. Es abril. Una playera de manga corta y son las 8 de la mañana. Parece que estoy listo para empezar a correr. Parece, solamente.
Recuerdo la última vez que corrí. Fue en Aurora, Colorado. Mientras respiraba con apuro, alcanzaba a ver la nieve que nunca termina de irse de las montañas. Después de 20 minutos trotando, me detuve. Fingí que el sol desértico y a la vez frío era lo que me había agotado. Me acerqué a la orilla, vi unos patos de primavera y a unos pescadores. Días más tarde de mi tentativa atlética, recibiría la noticia que me hizo venirme a vivir a esta ciudad del Midwest. Ninguna de las dos cosas está relacionada, y, sin embargo, ambas han modificado mi anatomía.
Aquí en la ciudad de Iowa nunca he corrido. Solo camino por horas en las tardes a lo largo de su río pausado y enfermo. Mis caminatas, a diario, abarcan los mismos lugares, con unas mínimas variaciones provocadas por la agilidad de un árbol o de algún animal que me sugiere una dirección más prolongada.
Camino, no sé si pienso, no sé si me llega una idea astuta para entender el día, solo camino, escucho música, le pongo nombre a una cuenca y después de eso le tomo algunas fotos. Es decir, documento mi paseo para una posteridad anónima, que en cierta forma soy yo mismo.
Rara vez interactúo con otros paseantes. Personas más deportivas que yo, dirigiéndose con una seguridad que solo tienen los que nacieron con la tilde anglosajona encima. Yo, regreso, sí, el saludo amable, pero pocas veces sostengo la mirada. Me interesa más cómo del otro lado del río la hierba crece con menos orden, abierta, sorda a la insistencia de estas ciudades.
Admito que este orden repetido en cada condado me cansa, pero a la vez es el que me permite ir sin estar mirando hacia atrás, aunque sea de noche. Contradicción importante con mi origen, porque me hace pensar en la destreza mexicana para erradicar sus banquetas, pero a la vez esa toma, agresiva o no, del espacio público me hace sentir menos vigilado. Ya no me discuto si el verbo es extrañar o es esperar una imagen específica de México que me explique mejor mi cuerpo en esta geografía. Mi vida ha sido y, seguramente, será un nomadismo tibio porque, aunque sueñe con el amplio y severo claro del bosque, hay cosas que aún exijo de este mundo como si algo me debiera. Me avergüenza decirlo así, suena demasiado utilitario. Quizá mejor decir que no me entrego al lenguaje feral de las ramas y sus sombras porque mi madre entristecería si ya no supiera de mí.
La última parte de mi caminata la abarca mi llegada a Coralville. Antes de atravesar el puente que une a la ciudad de Iowa con la villa de los arrecifes, me detengo a leer una piedra con una placa.
El mineral me explica que, en 1866, tras encontrar fósiles de coral en la piedra caliza del río Iowa, los habitantes decidieron nombrar Coralville al asentamiento. Hace aproximadamente 375 millones de años esta región formaba parte de un mar poco profundo. Los fósiles todavía se encuentran incrustados en el terreno.
Muchas veces me he acercado a las orillas y escarbo para ver si puedo guardarme algún rastro de ese mar desconocido en las bolsas. Acabo sacudiéndome las manos vacías, casi como un aplauso para el espectáculo maravilloso que es no entender realmente que este mundo siempre ha estado formado por otros mundos.
Yo aún no entiendo el que me tocó.
Cruzo la calle, en la esquina hay gente bien vestida que se dirige a la iglesia. La resurrección de Cristo en inglés y en latín.
Es domingo, camino en pantalones cortos y narro mi vida en español. Es la única lengua que me sé. O debería decir, es la única lengua que no reniega de mí. De Cristo, por otro lado, no digo ni celebro, pero me aprendí el Credo cuando tenía 8 años.
Dejo, por fin, las casas y los edificios departamentales. Ahora sí, como los otros días, voy al lado del cauce. Gente igual de laica que yo, también va con sus perros. Desaparecen en la siguiente curva, pero me quedo con la certeza de que es verdad que todas las cosas se parecen a su dueño.
Cuando vivía en Acapulco llegué a ir al Centro de Convenciones a correr. Veía a dueños con sus perros trotando por la orilla de la tarde. Esquivaban mangos aplastados en su propia caída. A veces los perros no podían continuar dóciles y deportivos como sus dueños y se entregaban al banquete de pulpa amarilla esparcida sobre las aceras.
Los amos jalaban de la correa. Los perros masticaban cáscaras reventadas. Y otras personas más adelante recogían los mangos en bolsas de plástico. Se daban el lujo, no solo de levantar los menos magullados del suelo, sino de zarandear el árbol hasta que las ramas, seducidas al punto antes del doblez, entregaban todos los frutos.
Cuando acababa mi ejercicio, cruzaba la Costera exactamente por la entrada de Plaza Francia. La calle se emancipaba de su ruido tránsito y el oleaje comenzaba su seseo. Había hombres recogiendo camastros y sombrillas. Dorados por el sol de años, con playera o sin playera, se apuraban mientras bebían una caguama y bromeaban de cualquier cosa. Yo, ante la orilla, me quitaba los zapatos, metía mis calcetas adentro del calzado y comenzaba a caminar. Llegando justo al amontonamiento de rocas que dividen la playa entre el Calinda y el Fiesta Americana, me sentaba a molestar a los cangrejos, aventándoles las cáscaras de los mangos que me había guardado en el short.
La arena, aún caliente por horas de sol, y la gente en traje de baño recoge sus cosas. Vendedores de pulseras resignados ya solo iban en tenis y pantalón de mezclilla con la mercancía agarrada bajo el brazo. Solo una vez tuve una de esas pulseras que dicen el nombre. Alguna vez nadando se me perdió en una brazada.
La última vez que nadé fue hace 2 años. Estaba con mi amigo Will en la costa del lago Michigan. Aún no sabía que iba a vivir en Estado Unidos. Era mi cumpleaños. Ese día le dije a Will que quería mudarme a su país. Will me contestó que él ya lo sabía. Sentí vergüenza. Le hablé de mi vergüenza. Respondió usando varias veces las palabras frontera, mundo y agua. Supe por qué somos amigos. Regresamos a la orilla. Cada quién tomó una cerveza. La metimos en nuestra bolsa. Regresamos de nuevo al oleaje manso, mansito del lago. Bebimos al mismo ritmo que el agua del lago iba y venía. Hicimos una broma sobre estarnos bautizando de alguna manera. Nos reímos. Luego sumergimos la cabeza en el agua fría de Michigan hasta que el cabello se nos alisó por completo.
Al salir del lago, le pedimos a una bañista que nos tomara una foto. Ese día Will y yo nos volvimos realmente amigos. Ninguno de los dos lo supo por completo en ese momento, pero ahora lo sabemos. Nos escribimos cada dos semanas. Así nos mantenemos fieles a lo que nos dijimos en el lago. Ahora la foto está encima de una de las repisas de mi librero, aquí en la ciudad de Iowa. Ahora Will tiene una hija. Cuando me ha mandado fotos de su hija no sé realmente qué decir. ¿Qué se puede decir sobre la vida nueva?
Es domingo de resurrección. Es abril. No recuerdo si realmente en mi casa alguna vez dejamos de comer carne en Semana Santa. Pero lo que nunca se me olvida lo seria que mi abuela se puso la primera vez que no quise persignarme. Me cuestionó, pero nunca más después de eso. Yo aprendí a no insistir en mi gesto y ella aprendió a quererme por segunda vez en su vida.
Ahora, en la orilla del río Iowa, son las 9 de la mañana. Los shorts se me caen. Las agujetas se me desatan. En lo que acomodo mis prendas veo a dos soldados venir trotando hacia mí. Termino, con apuro, de abrochar mis agujetas. No sé cómo responder. Los soldados, trotan, sudados de la frente, con una mochila hecha con el mismo estampado que su uniforme. Usan lentes oscuros. Por mientras, yo continúo abrochándome el cordón de mis shorts pensando en qué bolsa dejé mi visa y pasaporte.
Son igual a los soldados de las películas. Jóvenes, académicos y hermosos. Y me siento amedrentado, pero cuando pasan junto a mí, algo entre decepción y un no sé qué, se me aparece. Ni me miran. Siguen. Yo sigo su trotar exhausto de mochila pesada. Su equipaje trae números pegados en la tela. Primero no lo entiendo, pero cuando más adelante me voy topando con el número 13, con el 76, con el 54, me doy cuenta que ellos van en entrenamiento.
Después de varios metros, se van apareciendo unos más cansados que otros. Caras adiestradas por el rigor militar de su mañana. Yo, en cambio, los miro. No son más viejos que yo. Apenas de la misma edad universitaria que mis alumnos. Y algo del orden y de las armas se me aclara con severidad.
Los soldados se siguen sumando a su maratón, dispersos por los costados del río Iowa. Yo me desvío. Los miro una vez más, hasta que un grupo de universitarios, ebrios y amanecidos, me distrae. Paso de la tela verdosa y camuflajeada de los uniformes militares a las ropas de civil de los alumnos de la universidad.
Tomo una fotografía del río. Los gritos de los estudiantes dejan de repetirme sus intenciones nocturnas. En una misma fila que se recorre a lo largo de esta mañana, estudiantes como soldados van, van en paralelo al río Iowa menos pausado, pero aún enfermo.
Salgo de nuevo a las calles. Gente en ropa formal atraviesa las calles en la esquina de otra iglesia. Yo, en shorts, espero a que me den el cruce sin saber bien qué hacer. O saco o meto las manos en mis bolsas.
Antes de cruzar, una ardilla salta por las ramas de dos fresnos que se han extendido por lo ancho de la calle. El animal baja por el costado del árbol. Su pelaje brilla café como el día. Y luego, como el día, desaparece.
Del otro lado de la calle, en la banqueta, me encuentro un tríptico que pregunta: ¿Has sentido el corazón de Jesús?, ¿ya lo has visto?
Doblo la hoja.
La guardo en la bolsa de mi short.
De regreso a mi casa uso el pedazo de papel como separador.
El tríptico me sirve para marcar las páginas del libro de Reinaldo Arenas. Detengo mi lectura en la página que inicia con Tal vez el acontecimiento más extraordinario que haya disfrutado durante mi infancia fue el que venía del cielo.
Afuera, aunque no es Sábado de Gloria, empieza un aguacero.
Hace dos años, cuando murió mi abuela, después de tratar de persignarme, solo guardé los dedos en cruz en mi bolsillo.