EL-SUR

Viernes 14 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Esto no es una adivinanza, y menos una crítica al sistema de reconocimiento

Gibrán Ramírez Reyes

Agosto 08, 2018

I

En una academia de la lengua –de ésas que son como la Real Academia Española–, no me acuerdo cuál, de cuál país siquiera, había un señor que no heredó, sino que por mérito propio alcanzó un asiento. Ese asiento, como cortesía, tendría el mismo número que el que había tenido el del padre del padre de su padre. Algo así. Debe sentirse lindo llegar a ser tan brillante como los brillantes ancestros de uno, estar a su altura y felizmente, casi por casualidad, caer en el mismo sitio. Es para pagárselo a la vida. Y qué mejor –qué más generoso– que utilizar esa posición, apenas un reflejo de la voz que uno ha alcanzado en el mundo cultural por sus finas cabeza y pluma –conste que aquí no hay asomo de ironía, porque el tipo era uno de los mejores articulistas de su país– para señalar los males de la sociedad con imparcialidad total. Uno de ellos, por ejemplo, el patrimonialismo en la administración pública; el patrimonialismo de la élite inmoral y premoderna –casi de los tiempos en que había reyes. Por ejemplo, que los maestros hereden plazas a sus hijos. Porque está claro que otra cosa sería si los mismos hijos consiguieran por mérito esas plazas y una vez que las hubieren obtenido se diera como cortesía el hecho de que fueran las mismas que las de sus padres. ¿O es que ésas no están numeradas? ¿Cómo? Pero ustedes entienden.
No es nada de condenarse. Menos cuando el mérito es incontestable. Recuerdo otro caso similar, donde fue el hijo el que alcanzó el talento y el mérito del padre –y también su silla en el Colegio de la Nación. Y de nuevo lo digo sin ironía, porque creo que era autor de una de las mayores novelas recientes del país. Era, además, otro que aprovechaba la fuerza de su propia voz para hablar en contra de instituciones coloniales, como la opresión a los indios. Era incluso un activista, gente de bien, enemigo de las oligarquías. Obviamente nadie tuvo nunca queja de él.

II

Igualmente feliz es cuando uno alcanza la jerarquía de sus maestros, cuando consigue estar a la altura de su linaje intelectual. Eso casi no pasaba en el Colegio de la Nación, el lugar de los sabios, pero a veces pasaba también, porque cuando uno es buen alumno, aunque no logre imitar el talento de sus mentores, algo les aprende. Es un aprendizaje que puede transitar fronteras, de la literatura a la historia, por poner un caso. Es un contagio inevitable y es natural, porque los maestros sabios tienen amigos, sabios también, que se agrupan, en una revista digamos, y se nutren entre ellos –se nutren de sabiduría, no de poder, y eso está también claro. Esa feliz coincidencia es una de las que podría presumir el gran historiador nacional –un liberal en toda regla, enemigo de los anacronismos institucionales–, gloria de su estirpe intelectual, apenas manchado por profesores envidiosos que han osado criticarle desde revistas extranjeras. Fuera de eso no pasa nada, porque el mérito habla por sí mismo.

III

En una Facultad de la Universidad Nacional de cuyo nombre no quiero acordarme, quizá más bien una escuela, unos muchachos le preguntaban a uno de los profesores de su confianza con quién debían cursar la materia Tendencias Actuales de la Disciplina en Cuestión. El profesor, que no sabía con quién mandarlos porque los únicos que conocía estaban muertos o en proceso de morir –era una escuela con una planta docente muy avejentada, o experimentada, si prefieren–, les recomendó que se inscribiesen con una joven promesa de la academia. Un hombre que se había hecho acreedor a la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos y que contaba con cien publicaciones en las mejores revistas indizadas que nadie leía nunca. Y ellos se inscribieron. Furiosos, reclamaron a final del semestre al ex profesor de sus confianzas que los hubiera mandado con él. En un curso de 32 sesiones, Don Distinción faltó a 10, a 15 si contamos las cinco conferencias a las que los acarreó con el doble objetivo de informarlos de los temas de actualidad y quedar bien con las autoridades académicas que organizaban eventos sin interés; o bien, con los ponentes que iban a las conferencias a leer como pericos textos plenos de citas textuales, fritos y refritos, sin interés tampoco, para recolectar su constancia (porque las constancias son importantes para recibir ascensos en el Sistema Nacional de Investigaciones, en la misma UN, o incluso para ganar Distinciones Universidad Nacional). Tantas energías gastaba Don Distinción en publicar y asistir a congresos, que, quizá, no le quedaba alguna para hablar coherentemente, aunque sea, o preparar alguna clase alguna vez. El ex profesor de la confianza de los alumnos sigue disculpándose cada vez que los ve, aunque se sigue preguntando también por qué los alumnos de hoy no reconocen los extraños meandros de la meritocracia. Será que todo lo quieren fácil.

IV

Unos decían que algo andaba mal con el sistema de reconocimiento de esos lugares. Que nadie podía saber quién era bueno en qué, ni aquilatar el mérito entre otros factores, como las ganas de quedar bien o el respeto a la alcurnia. Que lo único que se reconocía, sin lugar a duda, era, y a kilómetros, la gordura del bolsillo de una élite cultural bastante mediocre y dócil en cada uno de tales sitios. La verdad es que, aunque estos ultras –que los hay en todos lados– tuvieran razón, y no pura envidia, como pasa siempre, casi nadie lo decía en voz alta. Los intelectuales públicos no se metían con esos temas. Nadie quería apedrear a los mandarines, seguramente por respeto a su autoridad intelectual, y las raras veces que ocurría, no se usaban nombres propios cuando se hablaba del problema. O podría ser otra cosa: que incluso los articulistas críticos, aunque supieran que los mecanismos de estructuración del sistema de reconocimiento lo hacían casi imposible, guardaban anhelantes el deseo de ser, en algún momento de la vida, parte de una academia de la lengua, de un Colegio de la Nación, de tener una Distinción Universidad Nacional, o de perdida llegar al nivel tres del Sistema Nacional de Investigaciones. De manera tal que habría sido una imprudencia imperdonable mencionar, en un diario o una revista, a algunos de los personajes en cuestión. Y, si eso fuera, sería difícil incluso pensar en cambiar nada.