EL-SUR

Martes 07 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Raymundo Riva Palacio

Febrero 25, 2004

 

  Un acto de provocación  

El lunes a las 2 de la mañana un grupo de 30 encapuchados al mando de Jorge Martínez Valero, el líder del Consejo General de Huelga (CGH) quien por sus actos vandálicos durante la prolongada huelga en la UNAM a principios de la década fue expulsado de la institución y sobre el cual había dos denuncias penales, tomaron la Rectoría de la máxima casa de estudios en forma violenta. Agarraron a todos desprevenidos, salvo a algunos medios de comunicación que, seguramente alertados de la acción, estuvieron a tiempo para registrar en la madrugada la acción de los jóvenes. Protestaban la detención de un profesor del plantel sur del Colegio de Ciencias y Humanidades, Guillermo Pardo, acusado en 1999 del robo de papeletas de la institución. El incidente de hace cinco años es menor, pero la respuesta juvenil fue desproporcionada, y se encuentra rodeada de una serie de actos que, cuando menos, se prestan a la suspicacia.

Pardo, efectivamente, fue acusado por la UNAM de ese robo, cuyo monto mercantil ascendía a sólo 400 pesos. Durante la prolongada huelga en la UNAM, el entonces rector Francisco Barnés aprobó que para distensionar la solución al conflicto se retiraran todas las denuncias que había hecho la institución, entre las que se incluía las del profesor Pardo, cuyo caso, para la Universidad, estaba judicial y políticamente resuelto. Sin embargo, el jueves pasado hacia las cinco y media de la tarde, agentes de la PGR arrestaron a Pardo aduciendo que un juez había girado la orden de aprehensión por aquellos delitos que se creían saldados. Nadie de la PGR informó a las autoridades universitarias que se iba a proceder con la detención, ni tampoco las razones por las cuáles se había activado una denuncia que creían en reserva. Rápidamente, los portales más beligerantes subieron en internet que Pardo era un prisionero político, y reportaron que junto con la toma de la Rectoría, se habían realizado mítines en los reclusorios Sur y Oriente de la ciudad de México y se habían bloqueado avenidas. Cierto, los encapuchados bloquearon por más de media hora la avenida Insurgentes, el eje vial que cruza la capital, sin que las seis patrullas del gobierno capitalino hicieran nada por evitarlo; sobre los mítines, no se registró ninguno.

El profesor salió libre la tarde del mismo lunes después de pagar una fianza. Horas antes, tan repentinamente como llegaron, los encapuchados abandonaron la Torre de Rectoría, que fue recuperada sin problema por las autoridades. Pero el problema, lejos de ser zanjado, realmente parece comenzar. Las preguntas, también abundan. Por un delito de 400 pesos, resuelto hace más de tres años, la UNAM pudo haber entrado en una nueva crisis. ¿Por qué la PGR actuó de la forma como lo hizo? ¿Por qué el gobierno del Distrito Federal se deslindó rápidamente, con el pretexto de que la UNAM es jurisdicción federal, pero tampoco desbloqueó el nudo en Insurgentes? ¿Por qué fueron avisados los medios de la toma, para que tomaran imágenes desde la misma madrugada? La pregunta más intrigante, que se hacen las propias autoridades universitarias, es quién les está enviando un mensaje; quién desea crear intranquilidad en la UNAM. El asunto no debe observarse como un acto de paranoia, sino motivar una reflexión sobre el propósito de que una acción violenta de esta naturaleza, aprovechando la extraña coyuntura que abrieron las autoridades federales, puede causar en el entorno de la política nacional.

Los orígenes del CGH, más allá de todos los estudiantes que pudieron haber estado honesta y legítimamente comprometidos con su protesta, no están del todo claros. Varios de sus líderes han sido cuestionados a lo largo del tiempo, así como también las razones de su disidencia. Alejandro Echavarría, el principal dirigente conocido como El Mosh, fue identificado por fuentes del gobierno del presidente Ernesto Zedillo como un sujeto que respondía, entre otros, a la Secretaría de Gobernación. Mario Benítez, a quien llamaban El Gato, fue otro de los líderes del CGH, y en la parte álgida de la huelga fue uno de los principales dirigentes que arremetieron contra estudiantes y trabajadores de la Preparatoria 3. El incidente es memorable, pues Benítez fue detenido por la policía y subido a un camión de granaderos, según consta en las fotografías y las grabaciones de las cadenas de televisión. Lo relevante es que, sin haber documentación gráfica o testigos, Benítez dijo haber escapado del camión de granaderos y enfiló al Canal 40 para que lo entrevistaran. Sobre el otro dirigente, Martínez Valero, existe desde hace tiempo una información confusa donde lo ubican en su etapa previa a dirigente estudiantil como empleado en uno de los reclusorios. De los tres, Martínez Valero era el menos protagonista pero, al mismo tiempo, cuando uno lo escuchaba hablar, parecía un cuadro formado con disciplina militar. Pudo ser sólo su vocabulario, pero la forma como se manejaba siempre evocaba a similares que habían pertenecido a grupos armados.

El CGH, como antes todos los movimientos estudiantiles, estuvo infiltrado por el gobierno, en particular por las secretarías de Gobernación y de la Defensa. Esta no es un revelación; es un dato. Otro es lo inexplicable que Martínez Valero pudiera caminar libremente sin que las autoridades federales hubieran actuado en su contra por las denuncias penales por actos violentos. En este contexto, extraña sobremanera el ex director de Pemex, Jorge Díaz Serrano, quien en una declaración de poco valor civil afirmó el lunes que fue a la cárcel por acatar una orden de López Portillo, muerto hace unos días. El dato relevante, para este efecto, es una acusación contra el entonces director de Responsabilidades de la Contraloría, Enrique del Val, de quien dice archivó sus pruebas de descargo para perjudicarlo. Del Val es hoy secretario general de la UNAM. ¿Por qué estos datos pueden meterse en un escenario de inestabilidad? Estos no tendrían sentido, en una hipótesis de trabajo, sin el arresto de Miguel Nazar Haro, el ex director de la Federal de Seguridad, acusado de torturas y desapariciones forzadas. Siguiendo esta línea de pensamiento, si las estructuras de los cuerpos de seguridad se mantienen sin ser tocadas, si Díaz Serrano pertenece a esa generación que abrevó de las cañerías del viejo sistema político, ¿no podría ser, lo que se incuba en la UNAM, otro inicio de desestabilización política en el país? México parece un carrusel sin eje, lleno de vacíos, sin liderazgos y de violencia creciente. En las últimas semanas varios han sido los actos de desafío al gobierno de Vicente Fox, como si después de tomarle la medida, quisieran pasar otras fuerzas a la ofensiva. El gobierno no ha mostrado energía y lo han pisado constantemente. Pero no puede seguir siendo pusilánime, tibio de temple e indeciso de acciones. Las pruebas a las que ha sido sometido las ha reprobado siempre. En el caso de la UNAM tiene una nueva oportunidad para enseñarle a todos que, pelele, este gobierno no es.

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